Opinión / El polvo de los pies
Quisiera que este artículo fuese algo así como una lección relámpago de santo realismo y, sobre todo, de serenidad.
¿Qué dijo Jesús a sus apóstoles mientras los enviaba a predicar la buena nueva del Reino de Dios? Por lo pronto, no les dijo nada parecido a esto:
Es claro que Jesús pudo haber hablado así a sus discípulos, aunque consta por los evangelios que nunca lo hizo, ni pensó hacerlo. Antes bien, les dijo:
Jesús no engaña ni se engaña. Él sabe que el su mensaje va a chocar con intereses, malas voluntades y todo tipo de incomprensiones… ¡El evangelizador debe de contar desde antes con la posibilidad de que nadie quiere acogerlo ni escucharlo!
Recuerdo que cuando era joven y manifesté en público que quería ingresar al Seminario, alguien –todavía recuerdo quién, pero no lo digo- me preguntó a modo de reproche:
-¿Quieres de veras ayudar a las personas? Entonces hazte médico, entonces hazte psicólogo… ¿Por qué sacerdote?
¿Para qué sacerdote? No supe qué responder y me limité a alejarme de allí. Pero, ¿es que alguien sabe por qué ama a una persona? La ama, y punto.
Sacudíos el polvo de los pies quiere decir: “Habrá quienes no se interesen por la Palabra de la que ustedes son portadores. ¡No importa! Si no los escuchan en un lugar, váyanse a otro. Y, sobre todo, no pierdan la paz por eso, ni se entristezcan”…
Una traducción muy mexicana de este texto de san Francisco sería ésta: “Se hace lo que se puede”. ¡Ah, la despreocupada sensatez de los santos!
Sí, si en algún lugar no nos reciben, nos iremos con nuestra música a otra parte. Pero con música. No desanimados, sino alegres, y muy alegres.













