Opinión / El polvo de los pies
Quisiera que este artículo fuese algo así como una lección relámpago de santo realismo y, sobre todo, de serenidad.
¿Qué dijo Jesús a sus apóstoles mientras los enviaba a predicar la buena nueva del Reino de Dios? Por lo pronto, no les dijo nada parecido a esto:
-Muchachos, el mundo está ansioso por escuchar la Palabra de vida. Como la tierra reseca añora el agua, así el mundo los espera, ansioso. Los espera como lluvia. Todo hombre, al menos secretamente, añora a Dios. Así pues, ¡al ataque, mis valientes! ¡A conquistar almas para gloria del Padre! ¡Síganme los buenos!
Es claro que Jesús pudo haber hablado así a sus discípulos, aunque consta por los evangelios que nunca lo hizo, ni pensó hacerlo. Antes bien, les dijo:
-“No lleven para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero… Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos” (Marcos 6, 7-13).
Jesús no engaña ni se engaña. Él sabe que el su mensaje va a chocar con intereses, malas voluntades y todo tipo de incomprensiones… ¡El evangelizador debe de contar desde antes con la posibilidad de que nadie quiere acogerlo ni escucharlo!
Recuerdo que cuando era joven y manifesté en público que quería ingresar al Seminario, alguien –todavía recuerdo quién, pero no lo digo- me preguntó a modo de reproche:
-¿Quieres de veras ayudar a las personas? Entonces hazte médico, entonces hazte psicólogo… ¿Por qué sacerdote?
¿Para qué sacerdote? No supe qué responder y me limité a alejarme de allí. Pero, ¿es que alguien sabe por qué ama a una persona? La ama, y punto.
Sacudíos el polvo de los pies quiere decir: “Habrá quienes no se interesen por la Palabra de la que ustedes son portadores. ¡No importa! Si no los escuchan en un lugar, váyanse a otro. Y, sobre todo, no pierdan la paz por eso, ni se entristezcan”…
Una traducción muy mexicana de este texto de san Francisco sería ésta: “Se hace lo que se puede”. ¡Ah, la despreocupada sensatez de los santos!
Sí, si en algún lugar no nos reciben, nos iremos con nuestra música a otra parte. Pero con música. No desanimados, sino alegres, y muy alegres.












