Elías, como ya se ve, se lo estaba jugando el todo por el todo. ¿Y si el Señor, para castigar la infidelidad de su pueblo, no enviaba fuego ni nada? No obstante, el profeta avanzó hacia el lugar del holocausto con paso firme.
“-Elijan un novillo –siguió diciendo Elías, pero ahora a los adoradores de Baal- y prepárenlo ustedes primero, porque son más. Luego invoquen a su dios, pero sin encender fuego”.
Los Padres de la Iglesia vieron siempre en este pan algo así como una prefiguración de la Eucaristía. He aquí, por ejemplo, lo que escribió San Ambrosio de Milán (340-397) al comentar el evangelio de Lucas:
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En tiempos de Elías, el profeta, la fe en el Señor se hallaba bastante lánguida en Israel, pues Ajab, el rey, que era un pelele, se había casado con una mujer dominadora y enérgica llamada Jezabel, que además era adoradora de Baal. Esta mujer había hecho venir de su país sacerdotes paganos y construido muchos altares en honor a su dios, a tal punto que Baal se hallaba, por así decirlo, en el top de la popularidad entre los israelitas. Los profetas del Señor habían levantado la voz contra esta situación intolerable, pero no habían conseguido nada; es más, la reina los había mandado a volar a todos –mejor dicho, los había mandado matar-, y únicamente quedaba Elías, quien, en un momento de desesperación extrema, hizo lo siguiente: mandó llamar al pueblo y le dirigió estas palabras:
“He quedado yo solo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Que nos den dos novillos: ustedes elijan uno, que lo descuarticen y lo pongan sobre la leña sin prenderle fuego; yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña sin prenderle fuego. Ustedes invocarán a Baal y yo invocaré al Señor, y el dios que responda enviando fuego, ese es el Dios verdadero (1 Reyes 18, 22-24).
Así lo hicieron éstos. “Agarraron el novillo, lo prepararon y estuvieron invocando a Baal hasta el mediodía. ‘¡Baal, respóndenos!’. Pero no se oía una voz ni una respuesta mientras danzaban alrededor del altar que habían hecho. Hacia el mediodía, Elías empezó a reírse de ellos: ‘¡Griten más fuerte! Baal es un dios, pero estará meditando, o bien ocupado, o estará de viaje. ¡A lo mejor está durmiendo y se despierta!’. Entonces gritaron más fuerte y se hicieron cortadas con sus cuchillos…, pero no se oía ni una voz, ni una palabra, ni una respuesta” (1 Reyes 18, 25-29).
Nada, nada: Baal no respondía. Ahora era el turno de Elías, quien, para hacer todavía más difícil la cosa, mojó la leña con agua una y otra vez. “Llegada la hora de la ofrenda se acercó y oró. ‘¡Señor Dios de Abraham, Isaac e Israel. Que se vea hoy que tú eres el Dios de Israel y yo tu siervo… Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres el Dios verdadero y que eres tú quien les cambiará el corazón’. Entonces el Señor envió un rayo que abrasó la víctima, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua en la zanja. Al verlo, todos cayeron exclamando: ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’. Elías les dijo: ‘Agarren a los profetas de Baal. Que no escape ninguno’. Los agarraron. Elías bajo al torrente Quisón y allí los degolló” (1 Reyes 18, 36-40).
Ahora bien, cuando llegó a oídos de la reina Jezabel la noticia de lo que había pasado, muy molesta, mandó a Elías el siguiente recado: “Que los dioses me castiguen si mañana a esta hora no hago contigo lo mismo que has hecho tú con ellos” (1 Reyes 19, 2). ¿Qué hizo entonces Elías? Emprendió la marcha para salvar su vida, según dice el libro santo: “Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: ‘¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida…!’. Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: ‘¡Levántate y come!’. Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a dormir. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: ‘Levántate y come, que el camino es superior a tus fuerzas. Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte del Señor” (1 Reyes 19, 4-8).
Sí, Elías quiere morir de una vez por todas. Está cansado. No simplemente deprimido, sino desesperado. Pero Dios, que escuchó su oración, no sólo no le quitó la vida, sino que le envió un ángel para que le diera de comer y beber. ¿Qué pan era ese, tan energético y misterioso?
“Cansado el profeta Elías de caminar, ¿no anduvo cuarenta días con la fortaleza que sacó de aquel panecillo? ¡Y aquel alimento se lo dio un ángel! Si, pues, te alimentare a ti Jesús y conservares el alimento recibido, podrás caminar no sólo cuarenta días y cuarenta noches, sino aún me atrevo a decir, apoyado en los ejemplos de la Escritura, cuarenta años, desde la salida de los confines de Egipto hasta llegar a la tierra espaciosa que mana leche y miel” (I, 6, 74), es decir, hasta la vida eterna.
Los domingos, los católicos vamos a Misa, y a veces lo hacemos cansados como Elías; tal vez hasta revoloteen en nuestra cabeza deseos de muerte. No queremos sino una sola cosa: dormir y que nos dejen en paz. Pero no, no sólo estamos cansados: estamos hartos. Entonces alguien en nuestro interior nos susurra estas palabras: “Levántate y come”. “Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida (Juan 6, 50-51). Sí, tal vez haya quien nos odie –como odió a Elías Jezabel-, quien nos persiga; acaso nos sintamos solos y como en un desierto. Entonces es preciso levantarnos y comer. Porque si este pan da vida, entonces es capaz de curarnos también de nuestros deseos de muerte.