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Si alguna vez viajas a Madrid, lector ameno, dirige tus pasos a Tirso de Molina. Pásate por la calle de Romanones con sus librerías de viejo, o por los quioscos de la cuesta de Moyano donde podrás cotejar el espesor letrado de la capital. En Tampico dichos establecimientos se fueron extinguiendo, salvo los tenderetes de aquel sordo tan amable, Elvis le decíamos, a quien años más tarde redescubrí en un local a espaldas del Ayuntamiento (¿seguirá vivo el viejo Elvis?..., no lo sé..., mejor entrar en materia).
Caminando la Gran Vía, lector ameno, muy cerca del Museo de las Ilusiones, encontrarás escaparates de títulos añejos y aparadores de obras canónicas. Por los rumbos de Atocha, en pleno centro madrileño, observarás vitrinas de lecturas ya vividas, estanterías mensajeras de otras épocas, anaqueles de suspiros antiguos y entrepaños de fantasías listas para resucitar. Si acaso has nacido en la calle Colón y has tenido que desarraigarte en alguna lengua extranjera de Norteamérica (en la isla bilingüe de Montreal, por ejemplo), será en Madrid donde encontrarás a Joseph Hergesheimer (1880-1954), autor estadounidense de una novela que se te parecerá demasiado, desde el título mismo: “Tampico”.
Así se llama la obra, lo juro: “Tampico”, y tú tampoco podrás creerlo, lector ameno. La maravilla de topar con la edición ha de sugerirte, antes que nada, la posibilidad de proyectar su historia en el espejo de tus propios desarraigos. Descubrirás que dicho relato fue escrito en inglés en 1926, y luego traducido al español por Ediciones de Oriente, en 1929. Hojearás el ejemplar con cuidado para caer en la cuenta de que alguna vez fue un texto intonso, esto es, un volumen de hojas sin separar. Pensarás en su realidad material, y concluirás que los folios así jamás han representado defectos de fabricación sino garantías de novedades, sellos de confianza, certificados de credulidad literaria. A casi todos nos habrá ocurrido un libro intonso, ¿no es cierto?, cuando los pliegues exigen de nuestro concurso y con no poca timidez acudimos al cuchillo o titubeamos con el abrecartas para hacer avanzar los capítulos.
“Tampico”…, y su papel tan amarillento despedirá un olor a décadas lejanas. Las letras de cada página te anunciarán el trabajo de los viejos linotipos, aquellas máquinas impresionantes donde las palabras se convertían en metal y las frases amanecían hechas de plomo, una a una, hasta producir párrafos y peripecias, acápites y aventuras. Cada una de sus hojas, rugosas a causa de la lignina (sustancia emparentada con la vainilla, de allí el inolvidable olor a libro que todos conocemos), te hará creer que manoseas un viejo pergamino. Por ello, cuando “Tampico” llegue a tu mirada, lector ameno, procurarás recorrerlo con respeto poniéndote a salvo de consideraciones intelectualoides y de críticas academicistas. Su ortografía te resultará lejana, un poco arcaica, y en el pronombre de “vosotros” concluirás que la edición estaba destinaba al público peninsular. Valga reseñar, además, la molestia que te producirá leer “Méjico” sin equis, así como el disgusto ante la cosificación de las figuras femeninas en “un mundo totalmente masculino”. Y tendrás que seguir adelante, pues más allá de cualquier ortografía y de cualquier moral al uso, importa informarse de una época que sólo conocemos de oídas, cuando el Golfo de México era una Babel petrolífera y decenas de compañías internacionales se disputaban la explotación del oro negro.
Si alguna vez vienes a Madrid, lector ameno, regatea el precio. Pocos son los que sabrán descifrar el contenido de la portada, y el vendedor percibirá el acento de hijo trasatlántico en tu boca, y no te dejará partir con las manos vacías (corre el riesgo de que “Tampico” anochezca otros diez lustros en sus anaqueles). Más tarde, sentado en una banca del Retiro, celebrarás la extrañeza de pronunciar en España nombres como Cacalilao, Cerro Azul, Zacamixtle, Amatlán, Chorreras, Ébano, Tampico Alto, la isla de Juan A. Ramírez, la laguna de Tamiahua, y un nutrido etcétera de tus geografías más elementales. También, Hergesheimer te hará deambular por la génesis de la colonia Águila, y añorarás la plaza de la Libertad de hace cien años, y contemplarás el Club Colonial, el Country Club o el otrora famosísimo hotel Imperial donde se hospedaba su personaje central, Covett Bradier. Afectado por el paludismo tropical, sabrás que Bradier era un ser nórdico, un alma de comparaciones constantes entre los climas y las palabras: Nueva York nunca será la Huasteca, su español tropezará con el inglés de los negocios turbios, las nieves de Boston son preferibles a los amenazantes mosquitos de la malaria.
No te echaré a perder el clímax de una novela de largos soliloquios. Sólo te diré, lector ameno, que Bradier había regresado a nuestra ciudad para concluir un amor imposible. Y a ti también, no me cabe la menor duda, esta fábula de pozos y humedales te hará presentir “El corazón de las tinieblas” (1899) de Joseph Conrad: seguro que Hergesheimer la había leído, porque en “Tampico” se trasmina el mismo conflicto entre civilización y vandalismo, los mismos vaivenes entre la legalidad y la barbarie. Asimismo, sentirás ganas de volver a mirar aquella película de Yves Montand, también de tema petrolero, “El salario del miedo” (1953).
En el último párrafo del miércoles te atreverás a comentar, lector ameno, que la obra de Joseph Hergesheimer traspapela los gentilicios y entrevera las nacionalidades. En “Tampico” la Plaza de Armas es tan china como veracruzana, haitiana lo mismo que tamaulipeca, y la playa de Miramar continuará recibiendo gentes y navíos venidos de Texas, París, Londres, Massachusetts, Pekín, Guatemala, Holanda, Italia o Japón. Y llegado el momento de regresar a casa, recordarás que un puerto como Tampico alguna vez fue El Dorado, y que aquella edad tan petrolera preparó el alma de sus habitantes, de tus padres y los míos, de mis abuelos y los tuyos, para nunca sucumbir a los destierros, tampoco a los adioses, mucho menos a las distancias…