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Embarqué en la estación de Nepliget, en Budapest, decidido a descubrir los paisajes de la campiña centroeuropea. De aquel viaje por carretera recuerdo dos momentos mayores: el primero, el de hoy mismo y aquí mismo, se relaciona con los cruces de varias fronteras internacionales, a bordo de un viejo autobús de línea balcánica, camino de la ciudad de Atenas (el segundo momento, bueno, ya se dirá la semana próxima)…
Tras asistir a un congreso en el Instituto Cervantes, allá en Hungría, salía de un idioma de difícil comprensión y me dirigía a otros no menos lejanos de pronunciaciones. En un par de horas cruzamos la frontera con Serbia sin problemas, y los dos conductores eran griegos; uno fumaba una pipa de madera reluciente, carey tal vez, y ambos presumían bigotes de fantasía, muy a lo Salvador Dalí, con las puntas el alto y apuntando hacia el cielo de sus rostros. En el asiento contiguo, azares del peregrino, una chica canadiense compartía conmigo la experiencia de regresar al país del que habían huido sus padres y sus abuelos, tras el desolador terremoto que asoló la región en los años sesenta. Nacida en la mismísima isla de Montreal, increíble, ella se dirigía a Skopie, capital de Macedonia, y en el asombro de mis parpadeos pensé en Teresa de Calcuta, también nacida en dicha ciudad de los Balcanes.
Aquella jovencita de nacionalidades cruzadas se llamaba Catherine. Exultante, jubilosa, satisfecha, tal es el nombre que me viene al caletre, Catherine, cuando hicimos parada en una estación de servicio cerca de Belgrado. Más adelante, la segunda frontera sería la de Macedonia, hoy llamada Macedonia del Norte, donde una agente de migración, facciones severas y entrada en carnes, subió al autobús. Chapurreaba un inglés poco menos que rudimentario mientras construía una ordenada pila de pasaportes abiertos, unos sobre otros, dando forma a un pequeño edificio al que se añadían nuevos pisos de papel según avanzaba ella por los asientos de las seis de la mañana. Cada oficio tiene sus gajes y sus secretos, filosofé al contemplar su agilidad para manipular tantos pasaportes, y entonces sucedió, porque el judío errante reconoce las miradas predestinadas a sus inquietudes, o porque hay fatalidades que pertenecen al transpatriado más allá de las barreras lingüísticas, cuando uno de los conductores me gritaba en griego, gesto de fastidio y acento de animadversión.
Era julio o casi un día de agosto, meses ideales para los congresos académicos. Con la mano extendida y la pipa encendida, me ordenó de mala manera bajar del autobús con la bolsa de viaje. Al descender, passport-no-good!, gritaron los otros oficiales macedonios que ahora se acercaban para informarme que los ciudadanos del parque Méndez requeríamos de un visado especial para entrar a Macedonia, ¿acaso no lo sabía? No, no lo sabía, y pedí perdón por mis pecados de trotamundos, y frente a sus manoteos de advertencia, mochila al hombro, vi partir el autobús vacío de mí, con Catherine (sí, se llamaba Catherine) realizando un viaje transgeneracional a sus raíces, y sin poder contemplar otra vez los bigotes de dos timoneles salidos de Las mil y una noches.
Los guardias reían demasiado, a brazo partido o a pierna suelta, según se prefiera entender aquellas carcajadas al iniciar un nuevo párrafo. En silencio, por primera vez me fue revelada la memoria emocional que los latinoamericanos asociamos a los uniformes, pues las insignias y casacas nos producen un miedo atávico, casi ancestral. Desde sus burlas, ellos miraban curiosos el color y la lengua de mi pasaporte, y en el repiquetear de la lengua eslava yo solo podía descifrar una palabra: meksikan o meksinikanish, o algo así. Salida de las películas de Kusturica, la matrona de gesto carcelario estampó un sello que cruzó con su bolígrafo azul (en los jeroglíficos migratorios, aquello significaba expulsión, supuse, y quizás un poco de desprecio). Por lo demás, cuando revivo la memoria de aquel viaje, resulta inevitable resucitar el sentimiento de rechazo que el momento me trajo y que los transterrados conocemos muy bien, a pesar de que puedan pasar años antes de convertirlo en palabras: nuestra mirada se parece a los sinsabores de Ulises, nuestro acento quebrado recuerda las soledades de Robinson Crusoe y nuestra nostalgia está emparentada con la pérdida de algún paraíso terrenal.
Es menester señalar, asimismo, el amanecer en los Balcanes. La mañana parecía querer copiar la bandera de Macedonia, con un sol de rayos intensos sobre un fondo rojísimo. Porque no he visto nunca nada igual, aquella hora tan diáfana quisiera saber palpitar en estas líneas, y, aunque no estaba para misticismos, el embeleso me hizo prometer que regresaría a Skopie (con los visados en regla, por supuesto) para volver a sentir en los ojos esas auroras tan inolvidables… Prosigo: entre las burlas de los oficiales macedonios solicité un baño, nuevas risas, y luego me ordenaron caminar hacia el puesto de Serbia, a la vera de los automóviles. Según entendí, en la otra frontera encontraría transportes a la ciudad de Niš, desde allí podría tomar un autobús a Sofía, en Bulgaria, y luego llegar a Atenas rodeando Macedonia.
En el último párrafo del miércoles, migrar es una experiencia comparable a los interludios, quise decir, a los limbos, esto es, a los puntos intermedios. De hecho, camino a Niš entendí lo siguiente: desterrarse inspira en el ser humano la invención de gentilicios hechos de escalas y no de destinos. En la historia humana, los extraviados hijos de la lengua española representamos un intervalo que se ignora, un intermezzo de lo cansino, quise decir, el entreacto que se tolera sin reconocerlo como uno de los elementos más conmovedores del gran teatro del mundo. Tal fue, pues, la primera de las dos reflexiones nacidas durante mi fallido paso por los Balcanes, a saber, que las y los transterrados vivimos llegando sin llegar a cualquier sitio, y acaso también rezando a dioses por fin ya sin fronteras (nunca mejor dicho)…