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Dudaré al pensar en Todos están muertos, interpretada por Angélica Aragón. No recordaré bien la trama, la vi hace años, aunque sentiré unos deseos inmensos de revivir la historia de aquella abuela mexicana transterrada en España, su enfermedad terminal, el aferrarse a las jerigonzas nacionales, su confianza absoluta en los chilaquiles y las enchiladas, la fiesta de los muertos como envoltura de una identidad a prueba de distancias. En mis rituales del año viejo(esto lo he hablado ya en otros diciembres), suelo sentarme a mirar filmes donde se perciba la trans-acentuación de nuestra lengua, quise decir, donde los dejes andinos revivan en Centroamérica, o donde lo rioplatense se pronuncie mediterráneo, o donde lo andaluz describa con fidelidad la forma de vivir atardeceres en el Golfo de México.
Dudaré... O quizás Finlandia, esa otra película de vaivenes entre lo mexicano y lo español. En la última noche del año en la isla de Montreal, la buscaré en las plataformas internacionales para resucitar la eterna contraposición de lo europeo frente a lo latinoamericano, o entre lo apolíneo y lo dionisíaco (entre lo que se juzga bárbaro frente a lo que se jacta de civilizado, eso fue lo que quise decir aquí). Confirmaré que nada ha cambiado, son ya muchos los siglos de mundos que se pretenden refinados y que nos siguen mirando con guantes en los ojos y cubrebocas en el alma. “Los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural”, y citaré a Gabo en su discurso del Nobel. Tenía razón, porque Finlandia elabora, si mal no recuerdo, los escrúpulos de una diseñadora española al viajar por las calles de la cultura muxe en busca de tejidos oaxaqueños, de modelos indígenas, de mexicanísimos percales.
Desearé encontrarla sin gastar muchos minutos, a veces media hora a salto de mata en el televisor. Entonces lo recordaré: el filme abre con un temblor de tierra, equipos de rescate y perros buscadores, sirenas y llorosos hospitales, ah, sí, y el fotograma con las facciones insólitas de una víctima masculina bajo los escombros, vestida de tehuana. Me gustarán los saltos espaciotemporales de Finlandia (los flashbacks, según el caló cinéfilo), el entrar y salir del tiempo mexicano en la ciudad española, el vaivén de los bosques finlandeses durante los senderos de Oaxaca, y viceversa.
Redescubriré la historia de la comunidad muxe, ese tercer sexo que ha creado su propia mitología para definirse. Han desarrollado tejidos para eternizarse, parábolas textiles para vencer la discriminación y la homofobia. Con los ojos renovados de asombro, barruntaré una buena definición de cultura gracias a la solidaridad de los personajes: cultura son las voces y las imágenes y las tradiciones y las fábulas y las alegorías, también las urdimbres y los estambres, que inventamos para triunfar sobre la soledad. De repente, desearé saber ilustrar que cultura es, asimismo, lo que ocurre en silencio cuando explicamos lo que cultura es…, y apelaré al punto y aparte para no filosofar más donde no se debe.
Me acordaré del rol social atribuido a dicha comunidad homosexual, y al escribirlo así, homosexual, el terminajo me resultará insuficiente. La definición de comunidad no-binaria tampoco me parecerá lo ideal, y retornaré al inicio del párrafo para repetir que las tareas tradicionales de los muxes (o mushes, si aplicamos al gentilicio una ortografía fonética) son estas: cuidar de los hijos, los propios y los ajenos; velar por los ancianos moribundos, otra vez, los suyos y los no tanto; sobre todo, servir de costureras en aniversarios y fiestas patronales. Alfayates con oficio de arcoíris, ante mis ojos tejerán prendas asombrosas, trajes de tehuana, flores irrepetibles, popelinas y huipiles de zurcidos universales, mientras Martha / Andrea Guasch, la exploradora española, va encontrando en el acento oaxaqueño una voz que la pronuncia de otro modo, por fin.
Aquella comunidad muxe servirá de epicentro emocional al sismo de la primera escena. Entre el principio y el fin de una cinta circular, noventa y siete minutos bastan para protestar contra el despojo de la fantasía textil por parte de marcas internacionales, y, asimismo, para insinuar el rentable desprecio europeo de las imaginerías amerindias. Entretenido en los últimos suspiros del año viejo, entraré en el nuevo lustro admirando la fotografía de Finlandia, el acercamiento a los rostros, los tejidos del celuloide, las secuencias de bosques nevados y los senderos de piedra; asimismo, memorizaré tanto el nombre de Horacio Alcalá, cineasta, como el año del rodaje, 2021…, ¡en plena pandemia! Frente a las fachadas luminosas de los pueblos oaxaqueños, percibiré idiomas indígenas, ¿zapoteco?, ¿mixteco?, ¿mixe?, y sentiré la misma tristeza lingüística de siempre, a saber, no haber aprendido jamás algo del náhuatl, sí un poco del rarámuri, aunque nada que no quepa en un puño verbal. En contraparte, reconoceré el alemán y el francés en algunas frases, y celebraré los tornaviajes del español mexicano a las dicciones peninsulares, y enlazaré las conversaciones de Chamberí con el bullicio de Tehuantepec, y además presentiré que los trenes de Chamartín llevan a Juchitán.
Cautivado, retendré paisajes, el adolescente violentado, las comidas, los canarios, la madre intransigente, las falsas cartas de amor, los altares. Ya casi para terminar, descifraré la intención del realizador. Al presentar a los muxes desde sus agujas maravillosas, quiso contrarrestar la inercia de nuestros prejuicios: ¿qué despreciamos y a quién admiramos?, ¿el vestido o el individuo?, ¿el género de sus telares o el género de sus amores?, ¿no son acaso una y la misma cosa el arte y la persona, el artista y el sentimiento? Y me sentiré feliz de haber caído en la trampa mientras comprendo que los muxes son refractarios a una idea preconcebida del exilio. Ellos son inciliados, ¿cómo decirlo?, impatriados en el último rincón de México donde han aprendido a gritar, dentro y fuera de la cinta, que en el subsuelo de cualquier acto creativo peregrinamos todos en busca de aceptación…, y amaneceré en enero…, y feliz Año Nuevo.