Autorretratos de hielo / Reconquistar España
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónAhora que la realidad digital nos hace vecinos de todo el mundo, he leído la noticia sobre la nueva composición demográfica de España. En un diario de por allá, leído aquí mismo, a 20 grados bajo cero por el lado del sol en la isla de Montreal, parece que la capital de la madre patria (así nos enseñaron a llamarla en las primarias del Golfo de México) ha cambiado el color de sus pronunciaciones.
Según se informa, una de cada siete personas en Callao, Moncloa, Ópera, Móstoles, Leganés, Coslada o Navalcarnero, ya es latinoamericana. En los viajes en metro de cualquier rutina, en las iglesias de rezos apresurados, en el papeleo de las burocracias madrileñas, allí hay ya un venezolano, muchísimos colombianos, ecuatorianos al por mayor, personas nacidas bajo la piel de los léxicos caribeños, y etcétera…
Alguno habrá con raíces en la playa de Miramar, cantando las olas de su acento en el barrio de Malasaña. O paseando sus ocios de trópico por la Puerta del Sol. O rondando, con la memoria de los sudores tampiqueños en el alma, por alguna plaza de toros de ladrillos monumentales. O buscando libros de lector costeño en la cuesta de Moyano. Tiene que haberlo, lo dice la gacetilla española que voy leyendo en la pantalla del primer miércoles de febrero, un hijo extraviado del parque Méndez en bares de nombres inolvidables, La Boca del Lobo, por ejemplo, donde servían cañitas en vasos mínimos (cervezas acompañadas de tapas: tapas por botanas, según se nombran los tentempiés en las cantinas de mi buena memoria).
Si fuese imposible dar con un hijo de la calle Colón por los rumbos de España, yo mismo arraigaría en aquellos andurriales. Sobre todo, me haría vecino de alguna ciudad en Extremadura. Buscaría un edificio bajito, tal vez en Badajoz, o, mejor aún, por los rumbos de Cáceres alquilaría una casa similar a las fachadas sobre la calle Tamaulipas. Allí recordaría, sin odios de cartón ni grandilocuencias indebidas, que de dicha región española salieron muchos de los conquistadores: Pizarro y Cortés, también Pedro de Alvarado, Francisco de Orellana y Pedro de Valdivia. Al declararme migrante nuevo en las geografías peninsulares, a diario confirmaría que los pasados no son negociables, son lo que son, ¡somos lo que somos!, y ni los españoles de hoy nos sojuzgan ni los latinoamericanos deberíamos continuar peleando guerras de independencia. En aceras parecidas a las películas de Almodóvar, aprendería a entrar y salir de mi propia identidad, realizaría viajes circulares de lo indígena a lo judeocristiano, y, entre tantos viceversas, a menudo lamentaría no haber aprendido jamás una gramática indoamericana.
No, nunca nos enseñaron a sentir curiosidad por el huasteco frente al río Pánuco. Es más, muy a menudo ignoramos la vigencia de los quechuismos, los nahuatlismos o los mayismos en las frases castellanas (y de celebrarlos mejor ni hablar). Sin desviar la mirada del reportaje en el diario digital, de nueva cuenta reflexionaré que muchas heridas históricas cicatrizarían en Hispanoamérica si aprendiésemos los rudimentos de alguna lengua nativa, las metáforas del tupí-guaraní, los simbolismos del tzotzil o las coloraturas verbales del aimara.
Y la bendita crónica sobre la comunidad latinoamericana, allá en Madrid, provocará otras disquisiciones. Al recordar las recientes querellas contra Felipe VI, y sólo por llevarles la contraria a los desmemoriados, aquí mismo y ahora mismo soñaría con una red de Museos de la Conquista.
Museólogos y curadores hay en ambos lados del Atlántico, también historiadores y antropólogos. Promovidas por la mismísima casa real, y subvencionadas por los respectivos ministerios de cultura y organismos como la UNESCO, plantearía abrir una primera sala de exposiciones en Cáceres, después en Veracruz, otra en Cartagena de Indias (junto al Museo de San Pedro Claver), y algunas más en Arequipa, Salta o Montevideo. Así como el Museo del Legado, abierto en Alabama en 2018, ilustra la historia de la esclavitud, el cautiverio y la segregación racial en los Estados Unidos, y así como el Museo Judío de Berlín actualiza los estudios de la Shoah, en los Museos de la Conquista cosecharíamos lucideces nuevas. Para decirlo a la manera del keniano Ngugi wa Thiong’o, autor de “Descolonizar la mente”, dichas galerías y pinacotecas trabajarían por la emancipación del espíritu transhispánico.
España sería, por fin, algo más concreto y cercano. Por su parte, Latinoamérica asimilaría, mediante curiosidades alimentadas en los pasillos de dichos museos, su sincretismo religioso, los cruceros verbales que la definen, sus urbanismos heredados, el origen de nuestras cocinas, también los climas que nos singularizan. Ser madrileño equivaldría a ser tampiqueño de otro modo, y ser guatemalteco, nica o paraguayo inspiraría formas impensadas de habitar el pasaporte español. Leer a Gabo nos haría rondar por Cervantes, y descubriríamos a Unamuno en Carlos Fuentes quien, en “El espejo enterrado” (conviene verificarlo…, aquí voy parafraseando de memoria), sostenía que el amor latinoamericano por España está teñido de rechazo debido a la cercanía con el año de 1492. Puede ser que aún necesitemos un par de siglos más, dar tiempo al tiempo, antes de deambular por nuestras realidades históricas sin tantos traspiés identitarios.
Y en el último párrafo de mi pretendida estancia en Extremadura, empadronado en los censos de Cáceres, pasearía por el rumbo de Guadalupe. Para sentirme como en casa en ese municipio inspirador de milagros nacionales, en sus tabernas comería migas extremeñas y me antojaría con la gran variedad de los embutidos ibéricos. Luego, pondría rumbo a Mérida, miraría los acueductos, contemplaría su arquitectura romana, y, entre piedras de ruinas milenarias, pensaría en las otras Méridas: en los Andes venezolanos, también en Filipinas, sobre todo en la península de Yucatán. En esta última palabra, qué duda cabe, sentiría nostalgia por la cocina yucateca, los papadzules y panuchos, la cochinita pibil y la sopa de lima, y en lo más duro del invierno canadiense, ya casi por terminar la lectura de aquel periódico madrileño en estos “Autorretratos”, concluiría que casi cualquier rincón de España permite estar en Tampico a toda hora del desarraigo.