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En el invierno boreal perduran las mangas largas, aunque en la isla de Montreal ya se intuye la nueva estación. La Semana Santa quedó atrás, con sus días de asueto y sus campanadas eclesiásticas. Y buscando buscando buscando, hace meses que el tema de Yeyé me trabaja en la curiosidad, porque nació en China y era traductora y se casó con Christian y ahora viven juntos al amparo de un amor extraordinario, extraordinario por transnacional e irrepetible por inesperado…
Christian era documentalista, y ella lo llevaba y lo traía por las ciudades chinas donde recopilaba material para sus reportajes. Por supuesto, ese no fue mi primer momento chino en el polo Norte. Para entonces ya había conocido a Anita, enfermera cantonesa del Hospital Judío a la que me bastaba regalar café y cuernitos (cachitos en Venezuela, medialunas en Argentina, cruasanes en España, cangrejitos en algunas panaderías centroamericanas) para sentir que el jeringazo quincenal me dolería menos. No se llamaba así, Anita, pero la gente de aquel país infinito nos facilita la tarea de pronunciar sus rostros al cambiarse de nombre. Por lo demás, sus pinchazos representaban un desparpajo amable en el cubículo clínico, y el día que me dieron el alta llevé flores, a ella y a las otras enfermeras de la unidad, Sheila de Jamaica y Elizabeth del Congo: con sus ojos, ahora sí, cerradísimos, Anita se sonrojó al decir que no quería verme nunca más por allí, y sonreímos.
Vuelvo a Yeyé, artista multimedia. Realiza collages de cartón piedra, inventa botargas festivas, se tutea con la fantasía de los carnavales. A menudo hemos tenido grandes conversaciones (grandes al menos para mí), cuando por fin accedo a los fundamentos del arte chino. En el dominio de la plástica, en general el creador oriental busca el mejoramiento del trazo, la perfección sobre lo ya dicho, la culminación de las armonías precedentes. Allá, el artista es un aprendiz perenne: al amparo de un maestro que lo guía durante décadas, solo hasta después de los sesenta años puede sentirse maduro para ensayar su propia obra. Y en el parque Méndez, por cierto, supe de los padres y abuelos de Samuel, dueños de La Famosa en Ciudad Madero; pequineses de pura cepa, quizás era verdad lo que él nos decía en tonos de guasa, que en su casa comían perro un día sí y mañana también, y la chacota era inmensa en aquellas tardes adolescentes, entre sazones con pedigrí y platillos que ladraban de gusto.
Prosigo con este rosario de cuentas orientales. En la escuela secundaria tuve grandes amigas, como Lorena y su hermana Yolanda, y también el menor de la familia, el buen Benito. Diríase que, para los hijos del parque Méndez, llegar a las aulas jesuitas significaba realizar viajes al mar de China. Fui casi un hermano de los ojos amables de Lorena y de las contagiosas carcajadas de Yolanda, y sus apellidos me parecían magias aglutinantes, Pangtay, ¿cómo decirlo?, Chang, una especie de bullicio monosilábico. Las tardes de tareas escolares yo entraba en esa casota como quien se acerca a un mundo extraño; su padre, don Benito, era un hombre bueno que gustaba del tiro con arco y de las bromas amables; a su madre, la señora Yolanda, falleció hace unas semanas, qué tristeza, la recuerdo mexicanísima de sonrisas (lo cual, si se piensa bien, habla de la ubicuidad de las felicidades humanas).
Prosigo en esta misma vena. Alguna vez les escuché a los Pangtay la historia de sus abuelos zarpando en el mismo navío, sin conocerse. Desde Shanghái o Hong Kong, buscaban mundos nuevos lejos de las hambrunas de Oriente, supuse. Al llegar a Tampico, cada uno hizo su vida, y, bella coincidencia, un hijo y una hija de aquellos decimonónicos pasajeros, entiéndase don Benito y doña Yolanda, se conocieron y se enamoraron en el Golfo de México. Pero, regreso a Yeyé, quien también me ha explicado que en un país de mil cuatrocientos millones de habitantes el artista es fundamental. Como es sabido, en dicha nación rigen profundísimos valores sociales: prima el interés común sobre ese porcentaje mínimo de individualidad que pervive en la persona. A pesar de todo, o acaso debido a dicha circunstancia, en una sociedad que casi triplica la población transhispánica, el creador debe correr el riesgo de proponer destinos insólitos, de imaginar obras donde lo colectivo reinvente las pulsiones más íntimas del ser humano, de transformar lo compartido en un exabrupto de intrinsiquezas (primera vez que uso esta palabra, y aún no me arrepiento).
Y porque debo seguir ensartando abalorios de momentos chinos, abro este párrafo con gesto sombrío. La semana pasada, en su chiringuito de la rue Berri, en mi viejo barrio, perdió la vida don Chong. Un acto de violencia, y hubo tristeza en la ciudad nórdica, y durante varias noches seguidas los vecinos se congregaron en esa esquina, armados de veladoras, portando caras largas, entrelazando sus bufandas. Me gustaba agradecerle en mandarín, shie-shie o algo así, y don Chong me corregía, y en los maceteros de la primavera inminente se han dejado cartas, mensajes, listones y ramilletes dirigidos a su viuda. Ironías aparte, la miscelánea de la tragedia se llama Flor Azul (Fleur bleu, en el francés del neón), y hay ya muchísimas flores frente a las vitrinas del nombre que las refleja.
De hecho, fue al pasar por allí cuando empecé a redactar en la mente algo de Anita y Samuel, de los Pangtay y don Chong, de Christian y Yeyé. El arte es el aliento que nos permite estar en mil pasaportes y en todas las lenguas de la tristeza. Es un idioma tan preciso como subjetivo, suele decir ella, y tiempos hubo en que hacer arte era hablar de ciencia, cuando descifrar las leyes del universo significaba también resolver las matemáticas del alma…, pero se acaba el miércoles en el teclado de la urbe cosmopolita, y hasta pronto allá en Tampico.