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Nos enseñaron que el himno tenía más estrofas que las cantadas durante los lunes de las asambleas obligatorias, en las escuelas de todo país. Disolviendo coros y suprimiendo estribillos, por economías en el tiempo y la memoria aprendimos apenas unas cuantas, y más tarde descubriríamos que dicho cántico databa de la primera mitad del siglo XIX. González Bocanegra fue autor de una lírica a todas luces militar, y Jaime Nunó compuso la música, y además nos enseñaron que después de la Marsellesa, “allons enfants de la patrie”, nada tan hermoso como el mexicano se había escrito en el mapamundi de los himnos nacionales.
En la poesía griega, a tales cantos triunfales se les llamaba “epinicios”. Con este mismo airecillo etimológico, y si la memoria no se me despeña, la voz “eslogan” tiene raíces en el gaélico-escocés: literal, significa “canto de guerra”. Palabras más palabras menos, y dicho sea como de paso, aquí hay espacio para filosofar el sustrato patriótico presente en cada publicidad que hoy nos sale al paso. Al parecer, las mercadotecnias descubrieron hace mucho la eficacia de confundir el consumo con la identidad y de traslapar nuestro poder adquisitivo a la idea de ciudadanía.
Aunque, mejor volver a los decasílabos del “mexicanos al grito de guerra”. Mi hermano mayor, sabihondo y memorioso, era capaz de recitar las estrofas más impensadas, versos sorprendentes por olvidados, sobre todo al inicio de los tristes partidos de la selección de futbol (la esperanza verde nunca triunfó): él se lanzaba a tararear el “antes patria que inermes tus hijos, bajo el yugo su cuello dobleguen”, y lo demás que casi nadie conoce y que mi papá celebraba con una sonrisa orgullosísima. Ahora bien, para las y los hijos de la calle Colón errantes en las ciudades boreales, los himnos ajenos representarán siempre un motivo de curiosidad, ¿o me equivoco? Recién llegado al destierro, por ejemplo, trabajé un par de años con amigos del Ecuador, y en varias ocasiones pregunté por la letra del “salve patria, mil veces, ¡oh patria!”, y cuánto me gustaba escuchar a quiteños y cuencanas jugar con su canto nacional durante las horas de oficina, oírlos trastocar la solemnidad de aquellos versos. Por lo demás, permítaseme creer que al juguetear con los símbolos identitarios reclamamos nuestro derecho al idioma heredado. En nuestras granujerías verbales nos sospechamos creativos…, ¿y qué es la poesía sino ese lugar intocado donde la palabra será siempre una niña sin tiempo? Por cierto, no podía ser de otra manera, los migrantes ecuatorianos en la isla de Montreal me han repetido hasta la saciedad que el suyo también era lo mejor que se había escrito después de la Marsellesa, y “le jour de gloire est arrivé”.
Ricardo y Andrea, oriundos de Montevideo, me han compartido el “orientales la patria o la tumba, ¡libertad o con gloria morir!”. Así comienza su himno, aunque, para lo que ocupa ilustrar en el último miércoles de mayo (la urbe nórdica vive aspavientos de otoño, y llueve, y somos mangas de invierno), lo que rescaté de la letra uruguaya es la confirmación de su molde lírico en las demás arengas nacionalistas de nuestra región cultural. De regreso a las etimologías, “arenga”, de origen godo, entiéndase germánico, exhorta a reunir ejércitos, es un llamado a los héroes y las proezas, y Andrea y Ricardo ilustran, asimismo, que después de la Marsellesa sólo lo uruguayo es bello, che.
“Aux armes, citoyens. Formez vos bataillons” (perdón, resulta tan pegadizo el tarareo francés). Lo mismo me sucede con los amigos nicaragüenses, y ni qué decir de la gente chilena que puebla mi historia de tampiqueño expulsado; ellas y ellos también aportan su granito de epopeyas en cánticos y proclamas, a estas alturas, muy transhispánicas: “… o la tumba serás de los libres, o el asilo contra la opresión”. Como puede leerse, jamás se ha dejado en paz el espíritu bélico, acaso por las continuas amenazas extranjeras desde los albores de nuestras independencias. A la sazón, “libre al viento tu hermosa bandera, a vencer o a morir llamará”, entonan las y los guatemaltecos, mano en el corazón y ojos mirando al cielo. Al buen entendedor pocas palabras, “marchons, marchons”, y, como cualquiera de nosotros, ellos presumen incluso que el “Guatemala Feliz” es mucho más bello que la Marsellesa, y qué decir del himno cubano, tan épico como el que más: “al combate corred bayameses, que la patria os contempla orgullosa”.
Antes de concluir el mes de mayo, sirva de algo comentar la forma en que descubrí el himno bilingüe canadiense. La composición tiene dos caras, según me lo enseñaban mis hijas al regreso de sus escuelas primarias: primero nació la versión francesa, allá por 1880, y una década después vino la inglesa. Aunque la música del “Oh Canada…, Ô Canada”…, es invariable en ambas composiciones, al comparar línea por línea uno entiende que tanto la lírica del texto francés como la del canto inglés privilegian el mismo matiz guerrero común al resto del continente, muy a pesar de no compartir sus contenidos en una traducción, digamos, literal.
Somos tan parecidos en esto de hacer patria llamando a la guerra. Al decirlo así, efervesce en el alma migrante un pacifismo integrador (dice la Academia de la Lengua que el verbo “efervescer” no existe; allá ellos). Los transterrados caemos en la cuenta, entonces y ahora, de un anhelo por demás singular, a saber, que los cánticos nacionales sean algún día lugares abiertos, líricas a la espera de su recreación en nuestros labios. Un poco como el himno español que, al carecer de letra, se abre a todas las palabras: es todos los acentos peninsulares porque no es ninguno de ellos. Acaso sólo así, en el silencio de los himnos venideros, cabrán las nacionalidades cruzadas y los cosmopolitismos de nuevo cuño, y habitaremos idiomas adoptivos con acentos de doble fondo, y seremos gramáticas superpuestas donde las aceras natales y las calles del exilio han de intercambiar sus semánticas. En fin…