Hablemos de tecnología / Tempus fugit
El multitasking, tan celebrado, es otro espejismo. Casi 80% de las personas admite hacer varias cosas al mismo tiempo, aunque los estudios muestran que esta práctica reduce la productividad hasta en 40% y aumenta los errores.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEstamos a 5 días, 120 horas si así lo quiere ver, de terminar un año 2025 lleno de aprendizajes, y quizá, solo la plataforma para un 2026 que promete revolucionar la historia, somos viajeros en el tiempo, pero en ocasiones solo parece que corremos sin freno, ¿hacia dónde? Eso solo el tiempo lo dirá.
Estimado lector, si alguna vez ha sentido que los días se le van sin darse cuenta, que el calendario avanza más rápido que sus propias decisiones y que la vida parece vivirse en modo acelerado, no está solo. Algo extraño ocurre con el tiempo: lo contamos, lo medimos, lo llenamos de tareas, pero rara vez lo habitamos. Decimos tempus fugit como quien acepta una verdad inevitable, aunque en el fondo sospechamos que no es el tiempo el que huye, sino nosotros los que corremos sin mirar atrás.
Vivimos ocupados. No necesariamente productivos, no siempre satisfechos, pero sí ocupados. La agenda llena se volvió una insignia de estatus y la frase “no tengo tiempo” funciona hoy como sinónimo de importancia. Un estudio citado por la Universidad de Harvard señala que muchas personas presumen su saturación laboral como si fuera una conquista personal. Estar siempre a prisa se interpreta como éxito.
Hoy los datos son contundentes. Siete de cada diez personas afirman que su vida es mucho más acelerada que la de sus padres, y trabajamos alrededor de 200 horas más al año que en 1970. La tecnología que prometía liberarnos terminó por saturar cada rincón del día. El correo electrónico, los mensajes instantáneos y el trabajo remoto borraron la frontera entre la oficina y el hogar.
Hoy, el trabajo cabe en el bolsillo y vibra incluso a la hora de la cena. Los mexicanos en promedio desbloqueamos el celular unas 150 veces al día, y cada año pasamos casi 25 minutos más al día en redes sociales o en ocio digital, parece poco, pero si lo analiza es alarmante.
Amigo lector, quizá usted también ha experimentado esa paradoja: hacer más cosas y sentir que no alcanza para nada. La Organización Mundial de la Salud ha llamado al estrés la epidemia del siglo XXI. Nueve de cada diez personas lo han sufrido en el último año y casi la mitad lo padece de forma constante. El cuerpo humano no fue diseñado para vivir siempre en alerta, pero lo obligamos a hacerlo como si la prisa fuera una condición natural. El estrés, que en su origen era un mecanismo de supervivencia, hoy se activa en el tráfico, en la fila del banco o al ver un correo sin responder. La adrenalina corre, el corazón se acelera, pero no hay de dónde huir ni contra qué luchar. Ese desgaste silencioso pasa factura. Estudios médicos indican que quienes viven sometidos a estrés crónico tienen hasta 40% más riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, además de problemas metabólicos e inmunológicos.
Lo más inquietante es que la prisa no solo enferma, también deshumaniza. Experimentos clásicos en psicología social han demostrado que las personas apuradas son menos empáticas, menos dispuestas a ayudar a otros. No es que seamos peores personas, es que la velocidad anestesia nuestra capacidad de mirar al otro. Vivir corriendo nos vuelve irritables, desconfiados y pobres en paciencia, justo en una época que presume conexión permanente.
En esta carrera absurda confundimos movimiento con avance. La “pseudoproductividad” domina nuestras jornadas: muchas reuniones, muchos correos, muchas notificaciones, pocos resultados significativos. Investigaciones de la Universidad de Stanford revelan que trabajar más de 50 horas semanales reduce drásticamente el rendimiento y que, después de las 55 horas, cada hora extra ya no aporta nada. Aun así, insistimos en estirar el día como si el cansancio fuera un defecto personal.
Estimado lector, quizá lo más trágico es que todo esto ocurre mientras sentimos que el tiempo nunca alcanza. Los economistas llaman a esto “pobreza del tiempo”: no faltar de dinero, sino de horas propias. Paradójicamente, a mayores ingresos suele aumentar la sensación de escasez temporal. Ganamos más, pero vivimos menos. Compramos comodidad, pero perdemos presencia.
Bajar el ritmo suena casi subversivo en una cultura que idolatra la velocidad. Sin embargo, la ciencia sugiere otra lógica. A principios del siglo XX, la ley de Yerkes-Dodson mostró que el rendimiento humano mejora solo hasta cierto punto de presión; después, el exceso nos bloquea.
Usted no necesita mudarse al campo ni renunciar a sus responsabilidades. Se trata de recuperar el botón de pausa en un mundo que solo conoce el acelerador. Tal vez la gran paradoja de nuestro tiempo sea esta: creemos que corriendo llegaremos más lejos, cuando en realidad solo nos cansamos antes. Vivimos peleando por minutos que se evaporan, pagando con estrés y ansiedad una ganancia mínima. Al final, tempus fugit no debería ser una condena, sino una invitación a preguntarnos cómo estamos viviendo ese tiempo que pasa. Porque quizá no podamos detener el reloj, pero sí decidir cómo habitamos cada hora. Y en ese gesto, sencillo pero profundo, tal vez descubramos que el tiempo no huye tanto como creíamos, solo esperaba que usted se detuviera un momento a mirarlo de frente.
Un hombre que se permite malgastar una hora de su tiempo no ha descubierto el valor de la vida
- Charles Darwin
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