Tramoya | Inagotable amor
Una tarde lluviosa me encontraba en un restaurante con Adriana, su semblante se hallaba inquieto y desencajado, preso de una aparente depresión. –Nunca he llevado una buena relación con mi padre-, me dijo.
Mi mirada se extravió en el gran ventanal que mostraba la calle, donde la gente apresuraba el paso escondiéndose de las gruesas gotas que empezaban a sobrevenir por las inclemencias del tiempo.
El recuerdo de mi infancia llegó sin notarlo, en los momentos en que mi mamá asistía por mí al colegio. La esperaba junto a varios compañeros, sentados en una banquita de cemento que era resguardada de los rayos de sol por un gran árbol que parecía tener siglos.
Desde esa banca observaba cómo las diferentes mamás recibían a sus hijos con una sonrisa, al tiempo que los abrazaban afectuosamente.
Ahora puedo decirle a Adriana que las experiencias nos fortalecen, que no sabemos por qué vivimos determinados hechos, pero que, en cierto tiempo, cuando todo se cree perdido, las ecuaciones se conjugan y aparecen las respuestas de los porqués de la vida.
Somos respuestas para nosotros mismo y cuando Dios lo considera también para los demás.
Ahora fui yo quien emocionado por el detalle amoroso no pudo expresar las palabras adecuadas, palabras que cuando existe amor como el que una madre percibe por su hijo no importan.
















