El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) emitió una alerta el sábado 22 de junio de 2025 a raíz de los ataques de Estados Unidos a infraestructura nuclear de Irán sobre posibles ciberataques dirigidos a infraestructura crítica en territorio estadounidense.
Desde una perspectiva de seguridad global, este episodio subraya tres tendencias preocupantes:
1. La normalización de la acción preventiva militar como herramienta legítima de política exterior.
2. La debilitación de los acuerdos multilaterales de no proliferación, como el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA).
3. La reconfiguración del papel de EE.UU. como actor que combina poder militar con diplomacia de alto riesgo, en contextos donde la institucionalidad internacional está ausente o neutralizada.
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Tan solo el año pasado se registró absorción neta negativa, es decir, se desocupó más espacio del que se ocupó, indicó Elizabeth Zamora, directora de Nuevos Desarrollos Industriales de Meor.
La construcción de las viviendas a base de llantas y materiales inflamables provocó que la propagación del fuego fuera muy rápida, indicó la Dirección de Bomberos de Tijuana.
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El 13 de junio Israel inició sus ataques contra instalaciones militares y nucleares iraníes, así como contra altos mandos de las fuerzas armadas de Teherán y contra científicos nucleares. El objetivo era reducir la capacidad nuclear iraní. En respuesta, Irán lanzó ataques con misiles sobre el territorio israelí, en los que han muerto una veintena de personas y decenas han resultado heridas.
Desde marzo de 2025, se intensificaron los enfrentamientos indirectos entre Israel y fuerzas proiraníes en Siria, Líbano, Irak y Yemen. La elección del presidente Donald Trump en EE.UU. generó un cambio geoestratégico, con un discurso permisivo hacia acciones israelíes preventivas, debilitando las presiones multilaterales sobre Tel Aviv. Informes del OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) de abril 2025 alertaron que Irán había acumulado suficiente uranio enriquecido al 60 % para armar una bomba en menos de 3 meses si optaba por enriquecer al 90 %.
El 23 de junio de 2025 se genera un ataque Irán contra la Base Aérea Al Udeid en Qatar, aunque interceptado sin víctimas, tiene efectos colaterales que pueden trascender Oriente Medio. La base militar de Al Udeid, en Doha, es la mayor base aérea estadounidense en Oriente Próximo. Tiene capacidad para más de 10.000 personas y sirve como cuartel general avanzado del CENTCOM, el Comando Central de Estados Unidos, un comando del Pentágono responsable de las operaciones militares en una amplia área geográfica que va de Oriente Próximo a regiones del sur de Asia, pasando por Asia Central (El País, 23 junio 2025).
Estados Unidos tiene instalaciones militares en al menos 19 emplazamientos en la región, ocho de ellos consideradas permanentes: Arabia Saudita, Bahréin, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Israel, Jordania, Kuwait, Qatar y Siria. Irán mantiene un avanzado programa nuclear con potencial de desarrollo armamentista. Fueron seis misiles lanzados por Irán a Qatar, si bien no dejan de ser peligrosos, no tienen nada que ver con el bombardeo masivo de misiles y drones que Irán probablemente aún tiene capacidades para lanzar.
La alerta del DHS adquiere un nuevo significado tras el ataque con misiles de corto alcance por parte de Irán a la base de Al Udeid en Qatar el 23 de junio. A continuación, se analiza la relación directa e indirecta entre ambos eventos y sus implicaciones en la frontera México–Estados Unidos bajo la nueva administración republicana.
El DHS alertó el sábado 22 de junio sobre intentos de penetración en redes federales, sistemas de control logístico de transporte y plataformas de datos aduanales, atribuidos a actores afiliados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y a proxies cibernéticos como APT39 o MuddyWater. Aunque el ataque físico en Qatar ocurrió después, la cronología sugiere una operación híbrida premeditada, donde:
El Gobierno de Irán es un régimen autoritario, que ha desarrollado en secreto partes de su programa nuclear —tal y como lo han verificado los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica— y que reprime a su población, especialmente a las mujeres. Es probable que una amplia mayoría de la población iraní deteste al régimen. Este contexto es una de las principales vulnerabilidades del régimen iraní. Además, Irán ha promovido a grupos terroristas como Hezbola, Hamás y grupos huties y chíitas en Irak y Siria.
Irán dispone de misiles balísticos de corto alcance (SRBM) —como el Fateh-110 (~300 km) wikipedia.org, el Fateh-313 (300–500 km) wikipedia.org y el Raad-500 (~500 km) wikipedia.org— diseñados para ataque de precisión contra infraestructuras tácticas en su entorno inmediato. La acción iraní demuestra la capacidad de Teherán para proyectar fuerza más allá de su “zona inmediata”, forzando a Estados Unidos a prever escaladas en misiles de rango medio, no sólo en el Golfo Pérsico sino en cualquier teatro donde mantenga bases avanzadas.
Un riesgo del conflicto regional es el cierre unilateral del estrecho de Ormuz por parte de Irán tras la ofensiva estadounidense a sus instalaciones nucleares. Por dicha región pasa una cuarta parte del crudo mundial, según los datos más recientes de la Agencia Internacional de la Energía. Ormuz lleva décadas desempeñando un papel esencial en la distribución de crudo a lo largo y ancho del mundo: prácticamente toda la producción petrolera de Oriente Próximo pasa por allí (El País, 22 junio 2025).
Cabe mencionar que más del 20% de los buques que transportan gas que se mueven por el mundo cruzan Ormuz. Su cierre sería la mayor sacudida desde la invasión rusa de Ucrania, en 2022. Ormuz es la vía de entrada más directa —y en algunos casos única— para la entrada de cereales, azúcar y otros alimentos en muchos países del Golfo (El País, 22 junio 2025).
La escalada bélica entre Israel, Irán y Estados Unidos en junio de 2025 representa un punto de inflexión en la arquitectura de seguridad internacional y en la lógica de disuasión regional en Medio Oriente. Lejos de ser una serie de episodios aislados, esta secuencia revela la convergencia entre estrategias militares preventivas, proyecciones de poder sin mediación multilateral y una nueva forma de diplomacia transaccional, en la que la fuerza precede al diálogo.
La operación israelí del 13 de junio marcó el quiebre definitivo del equilibrio tácito de contención sobre el programa nuclear iraní. Al atacar directamente instalaciones clave, Israel asumió el costo de romper el statu quo regional, argumentando que Irán había alcanzado el umbral técnico para desarrollar un arma nuclear. Esto aceleró el colapso del marco del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA (por sus siglas en ingles) y empujó a Irán a asumir una posición de represalia asimétrica y regionalizada.
El involucramiento directo de Estados Unidos el 22 de junio amplificó la escalada, reposicionando a Washington como actor militar activo en el conflicto y no sólo como garante de Israel. Sin embargo, esta acción tuvo consecuencias geopolíticas de doble filo: por un lado, reafirmó la alianza estratégica con Tel Aviv; por el otro, acentuó la percepción de alineamiento unilateral, debilitando la capacidad de EE.UU. para liderar procesos multilaterales creíbles.
El ataque iraní del 23 de junio contra la base de Al Udeid en Qatar, aunque contenido, demostró la capacidad de Teherán para proyectar fuerza hacia intereses estadounidenses sin cruzar el umbral de una guerra total. Esta respuesta calibrada indica que Irán busca mantener el conflicto dentro de una lógica de disuasión controlada, utilizando la amenaza misilística y la guerra híbrida como herramientas de presión sin descartar canales diplomáticos.
En este contexto, el acuerdo de alto al fuego propuesto por el presidente Trump el 23 de junio, aunque eficaz en la contención inmediata, debe entenderse más como una tregua táctica que como una solución estructural (New York Times, 23 junio 2025). El presidente estadounidense capitalizó políticamente la desescalada y proyecta una imagen de líder resolutivo, pero lo hace desde un paradigma de diplomacia coercitiva, sin atender las raíces profundas del conflicto: la desconfianza estratégica, la carrera armamentista y la fragmentación del orden internacional.
Más allá del éxito momentáneo del cese al fuego, el saldo estratégico deja una región más volátil, un sistema internacional más polarizado y un precedente peligroso: el uso de la fuerza como mecanismo previo a la negociación. El orden multilateral queda erosionado, y actores como China, Rusia y los Estados del Golfo reconfigurarán su papel en función de este nuevo equilibrio impuesto por la acción bélica y la diplomacia ad hoc.
Finalmente, para América Latina —y especialmente para México—, esta secuencia refuerza la necesidad de entender que las guerras regionales ya no son fenómenos lejanos. La interdependencia energética, digital, migratoria y de seguridad convierte a la frontera norte en un espacio de riesgo indirecto pero estratégico, donde el conflicto global se proyecta a través de amenazas híbridas, reasignación de recursos militares y alteraciones en los flujos económicos y humanos.