El alcalde Javier Rivera Bonilla entregó nuevas unidades adquiridas con recursos propios del organismo para mejorar la atención a fugas, drenaje y mantenimiento de la red hidráulica
El alcalde Javier Rivera Bonilla entregó nuevas unidades adquiridas con recursos propios del organismo para mejorar la atención a fugas, drenaje y mantenimiento de la red hidráulica
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En nuestro México, como en el mundo entero, cuando hablamos de desigualdad casi siempre pensamos en lo mismo: dinero, empleo, servicios, educación. Pero hay una nueva forma de desigualdad que poco a poco, en silencio y ante -literalmente- nuestros ojos, crece en silencio y está ya marcando el futuro de niñas y niños: la desigualdad para pensar.
Hoy muchos -y cada vez más- menores de edad pasan buena parte del día frente a una pantalla. Celular, tablet, televisión. A veces por gusto, muchas otras porque no se percibe que haya alternativa: padres que trabajan todo el día, pocos espacios públicos, tecnología barata que entretiene sin pedir nada a cambio. Hasta aquí ninguna noticia que desconozcamos.
Ahora viene el tema central y devastador de este escrito: diversos estudios muestran que los niños de hogares con menos recursos pasan más horas frente a pantallas que los de familias con mayores ingresos. La OCDE y UNICEF lo dicen claro: el problema ya no es el acceso a la tecnología, sino cómo se usa. No es lo mismo aprender que consumir estímulos sin parar.
Mientras tanto, del otro lado de la sociedad ocurre algo que casi no se discute. Las familias con más dinero están quitando pantallas. Regresan a los libros, a la lectura larga, a escuelas donde el celular está prohibido. Incluso muchos empresarios tecnológicos -sí, esos de Silicon Valley, los que diseñan las aplicaciones más adictivas- limitan el uso de dispositivos en sus propias casas. Ellos lo saben: la atención es poder.
Leer un libro completo, concentrarse, entender un texto largo, no es un lujo cultural. Es una habilidad básica para la vida. La Asociación Americana de Psicología y estudios publicados en JAMA Pediatrics advierten que el uso excesivo de pantallas en la infancia se relaciona con problemas de atención, lenguaje y aprendizaje. Dicho simple: tanta pantalla dificulta pensar con calma.
Así se abre una brecha inquietante. Unos niños aprenden a concentrarse y otros aprenden a distraerse. Unos leen, otros solo deslizan el dedo. Unos desarrollan pensamiento crítico, otros viven reaccionando a estímulos rápidos. No porque unos sean más inteligentes que otros, sino porque las condiciones son profundamente desiguales.
Aquí es donde aparece la pregunta incómoda: ¿Deberíamos cambiar la ley y prohibir los celulares en las escuelas? No como castigo, sino como protección. Como una forma de garantizar que, al menos en el aula, todos los niños -no solo los que pueden pagar escuelas privadas- tengan un espacio para concentrarse, leer, escuchar y pensar sin interrupciones.
Varios países ya lo están haciendo. No por nostalgia, sino por evidencia: Francia aprobó en 2018 una prohibición nacional para primaria y secundaria; Israel e Italia han aplicado prohibiciones y regulaciones estrictas en muchos centros educativos; China impulsa campañas y normativas para controlar los teléfonos en los colegios; y en América Latina, países como Chile han establecido políticas que limitan su uso en varios niveles. Otros países a nivel de gobiernos locales, incluyendo partes del Reino Unido, España, Australia, Canadá y varios estados de Estados Unidos han implementado reglas propias para restringir los móviles durante la jornada escolar.
Esto no es solo un debate educativo. Es un debate social y democrático. Una sociedad donde cada vez menos personas pueden leer, comprender y reflexionar es una sociedad más fácil de manipular. Si agregas incentivos monetarios, aún más sencillo. Cuando pensar se vuelve raro, el ruido manda.
Por eso vale la pena preguntarse, sin miedo: ¿Queremos escuelas llenas de pantallas o escuelas que enseñen a pensar? Porque tal vez prohibir el celular no sea retroceder. Tal vez sea el primer paso para cerrar una desigualdad que no se ve, pero que ya nos está alcanzando. Tú, lectora, lector queridos: ¿apoyarías la prohibición de celulares en las escuelas?