Contexto / Las sociedades estúpidas
La estupidez, según la Real academia de la lengua es “la torpeza notable para comprender las cosas”.
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Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónConcluida la Semana Santa, el calendario marca el regreso a la rutina y a ese aturdimiento que impone el mundo actual. Si bien esos días son más de fuga que de reflexión, más de distracción que de recogimiento, en el más puro sentido cristiano, se pierde la oportunidad de reflexionar sobre uno mismo o la sociedad. Pero si algo me queda de ese paréntesis, que ya poco tiene de religioso para la mayoría, es una pregunta incómoda: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo mientras intentamos reflexionar sobre nosotros mismos y las mentiras en que se construye la vida individual y la colectiva?
La tragedia contemporánea no ocurre únicamente en los escenarios visibles de la guerra, el hambre o la migración forzada. Ocurre también en la forma en que las sociedades aceptan, reproducen y hasta celebran la mentira como principio de organización política. Vivimos en una época en la que la falsedad no es un accidente del discurso público, sino su materia prima. Los gobernantes no solo mienten: construyen realidades paralelas que millones están dispuestos a aceptar sin resistencia.
Como advirtió Hannah Arendt, “la mentira organizada tiende a destruir la capacidad de pensar”, porque no solo oculta la verdad, sino que debilita el criterio mismo para reconocerla. Cuando eso ocurre, la sociedad deja de ser crítica y se vuelve funcional a cualquier narrativa, por absurda que sea. La mentira deja de escandalizar; se vuelve paisaje.
Pero esa maquinaria no opera sola. Requiere de un terreno fértil: el individualismo exacerbado que ha ido desintegrando el tejido social, sea por egoísmo o por los apoyos sociales que fragmentan y corrompen y provocan que cada quien viva encerrado en su propia supervivencia, en su pequeña esfera de intereses, incapaz de ver al otro como parte de un destino común. La solidaridad, que alguna vez fue el cemento de las comunidades, hoy parece una reliquia moral. En su lugar, prospera la indiferencia.
Esta fragmentación no es inocente. Una sociedad dividida, ensimismada y desconectada es más fácil de manipular. Guy Debord lo describió con precisión al señalar que “todo lo que antes se vivía directamente, se ha alejado en una representación”. En ese escenario, la política se convierte en una puesta en escena permanente, una narrativa cuidadosamente diseñada para emocionar, distraer o polarizar.
Así, la democracia —al menos en su versión contemporánea— se esta convirtiendo en un teatro de simulaciones. Se vota, sí, pero muchas veces sobre ficciones. Se debate, pero sobre premisas falsas. Se elige, pero dentro de marcos narrativos diseñados para limitar la comprensión. La manipulación no es burda; es sofisticada, emocional, incluso estética.
Y aquí es donde aparece la estupidez social, no como insulto, sino como diagnóstico. No es la falta de inteligencia individual lo que define a estas sociedades, sino la renuncia colectiva a ejercerla. Es la comodidad de creer lo que conviene, de aceptar explicaciones simples para problemas complejos, de aferrarse a promesas de futuros mejores que nunca llegan.
Una sociedad describe no solo conductas individuales, sino dinámicas colectivas: sociedades que se perjudican a sí mismas al validar discursos que las empobrecen, las dividen o las someten, aunque se disfracen de bienestar en lo inmediato. Las sociedades estúpidas no son aquellas que desconocen, sino aquellas que prefieren no saber. Que sospechan de la verdad porque incomoda, pero abrazan la mentira porque tranquiliza. Que critican en privado, pero legitiman en público. Que se indignan en redes, pero se paralizan en la acción colectiva.
Después de la Semana Santa, la pregunta no debería ser qué tanto hemos cambiado como individuos, sino qué tanto estamos dispuestos a cuestionar el orden social que habitamos. Porque ninguna redención personal tiene sentido si se construye sobre una realidad colectiva basada en la falsedad, la desigualdad y la indiferencia.
Tal vez el verdadero acto de reflexión no consista en mirar hacia adentro, sino en atreverse a mirar de frente una sociedad que se descompone desde sus propias certezas. Y reconocer, sin evasivas, que la mentira no solo gobierna desde arriba: también sobrevive porque encuentra eco abajo.