—El diablo —dijo el pastor— me expresó que el tesoro será de quien lo encuentre cuando él no esté en la cueva. Y cada Viernes Santo, se retira, dejando la puerta abierta para quienes se atrevan a ingresar.
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Los trabajadores de la carretera comenzaron a experimentar fenómenos extraños cerca del cerro / Imagen ilustrativa / Microsoft Designer IA
En las cercanías de Fresnillo, en el estado de Zacatecas, al centro norte de México se erige un conjunto de cerros de regular altura, pero uno de ellos destaca sobre los demás, envuelto en un halo de misterio. Los lugareños lo conocen como el Cerro del Xoconostle, aunque algunos lo llaman también Cerro Gordo. Su vegetación singular y fauna extraña son los primeros indicios de que en ese lugar habita algo sobrenatural.
Cuenta la leyenda que, en tiempos lejanos, durante el siglo XVII, Fresnillo era conocido como el Real de Minas del Fresnillo, un enclave donde la plata fluía más que el agua del arroyo. Los metales preciosos, extraídos de las entrañas de la tierra, eran apilados en lingotes y llevados por carromatos custodiados hasta Zacatecas, donde se depositaban en la Caja Real antes de ser enviados a España. Sin embargo, esta riqueza no solo atraía a comerciantes y mineros; también a bandoleros que acechaban en las sombras, deseosos de obtener lo que no les pertenecía.
Consciente del peligro, los mineros decidieron ocultar sus tesoros en las cuevas del Cerro del Xoconostle. Nadie se aventuraba a acercarse; decían que el diablo habitaba en esas profundidades, protegiendo lo que los hombres habían enterrado. La flora era escasa, dominada por un matorral espinoso y cenizas de un antiguo volcán, creando un ambiente hostil que mantenía alejados a curiosos e intrusos. Así, envolvieron su fortuna con el velo del miedo, creyendo que el temor a lo desconocido sería su mejor guardián.
Con el paso del tiempo, el eco de esos secretos se perdió. Los mineros y mercaderes se desvanecieron, llevando consigo el conocimiento de los lingotes ocultos. El Cerro del Xoconostle quedó sumido en el olvido, hasta que, a mediados del siglo XX, la construcción de la Carretera Panamericana trajo consigo una nueva vida en la región, pero también viejas historias a la superficie.
Los trabajadores de la carretera comenzaron a experimentar fenómenos extraños cerca del cerro. Sus noches eran interrumpidas por ruidos provenientes de las entrañas de la tierra, sonidos que resonaban como ecos de advertencia. A menudo, un espeso humo negro emergía de las grietas, impidiendo que respiraran con facilidad. Intentaron ignorarlo, pero el miedo se apoderó de ellos, muchos enfermaron, y otros abandonaron el lugar, dejando atrás la obra sin culminar.
Fue entonces cuando un humilde pastor, quien cuidaba su rebaño de cabras en las colinas cercanas, decidió compartir su verdad con los obreros. Con voz temblorosa, relató cómo había conocido al diablo en una de esas cuevas, cuando buscaba a una de sus cabras. El curro, como lo llamaban en la zona, le había revelado un secreto: un tesoro escondido, esperando a quien tuviera el valor suficiente para reclamarlo.
Desde ese día, los rumores comenzaron a circular. Cazadores de tesoros de todas partes acudieron al Cerro del Xoconostle cada año, en busca de oro y plata. Pero, a pesar de su número, nadie logró salir victorioso. La ambición y la prisa jugaron en su contra; al llegar a la cueva, sus corazones palpitaban de miedo y emoción a la vez, pero el tiempo era su peor enemigo. Todos regresaban con las manos vacías, atrapados en la telaraña de leyendas que rodeaban el cerro.
Los minutos en los que la cueva se mostraba al mundo eran fugaces, apenas unas horas cada Viernes Santo. Se decía que, a las tres de la tarde, justo en el momento en que Cristo fallecía en la cruz, la entrada se ocultaba nuevamente, resguardando celosamente su contenido. Y así pasaron los años, entre historias susurradas al calor de la fogata y miradas temerosas hacia el Cerro del Xoconostle, cuyas cuevas, aunque vacías, seguían atesorando el eco de un pasado inquietante y promesas de fortuna inalcanzable.
Aún hoy, tras el paso de generaciones, aquellos que conocen la leyenda afirman que el diablo permanece allí, vigilante y paciente, esperando a que alguien rompa el hechizo del silencio y audacia pueda abrir la puerta hacia su tesoro. Mientras tanto, el cerro sigue en pie, guardián de secretos y sueños, recordándonos que a veces, el verdadero tesoro no es hecho de oro ni plata, sino del propio misterio que rodea nuestras vidas.