Se llena de sangre el templo; infernívora muerte en nosferatu. La bala se encarga del peaje: no quiere abrazos hipócritas, no conoce perdones ni conciencia. La bala pica y, como la abeja, cae muerta.
Se cuaja de neuronas el cerebro; se tiñe de detritus y lamento, indiferente a los ripios, a los versos, a los textos pacifistas. Cuando la bala viaja, peón o rey, cobarde o valiente, caen muertos.
Este testimonio no es una excepción: Chiapas se ha convertido en un foco alarmante de violencia organizada. El desplazamiento interno, la militarización caricaturizada tardía, el vacío institucional y la disputa criminal han convertido al Soconusco en una zona gris.
Y esperando que no sea el punto final de nuestras vidas, dejo este punto como un punto y seguido de esperanza. Amén.
La música tropical encendió la Expo Feria Tapachula con la presentación de Junior Klan, que puso a bailar al público y protagonizó momentos emotivos durante la noche
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Pensar al Soconusco desde la periferia es instalarse en un estado de consciencia incierto. Ese territorio de microtragedias —inseguridad, abandono institucional, corrupción y un aumento demográfico sin garantía de insumos para una vida digna— se vuelve una grieta abierta: una frontera del abandono. Es la sangre de los que Galeano llamó “nadie”: invisibles, normados por la violencia, abandonados por una ciudadanía que renuncia al activismo porque la bala que mata tiene más valor que sus vidas. Aún recuerdo con tristeza el día en que Yamel Athié me dijo que un periódico español había hecho referencia peyorativa a la costa chiapaneca llamándola “el estercolero de México”: un adjetivo brutal cuando se trata de la tierra donde naciste.
Vivo en una avenida vieja y alterna, en el centro de Tapachula, Chiapas. Era una zona donde la violencia parecía lejana, remota, producto de los noventa: recuerdo que uno de los muchachos apodados “los Peluche” murió junto a la Quinta Avenida Sur, bajo un almendro, acribillado por un sicario. Tenía quince años, y fue la primera vez que vi un cuerpo tendido, sin vida. Luego vinieron los robos: el niño que entraba a la tienda de don Adrián para robar chicles Motita; el muchacho precoz que hurtaba la revista del Libro Vaquero en el tendajón de doña Vicky; otros jóvenes que recorrían las calles hurtando bicicletas, videocassettes VHS o cadenas de diez quilates, que luego recuperabas con el agiotista por unos pocos pesos. Aun así, podías caminar sin miedo a la Escuela Ramos Millán, al parque Amparo Montes, a la Prepa Uno o a la Canchita de los Niños Héroes; saludabas a quienes, en familia, tomaban el fresco en sus mecedoras tejidas en mimbre, sorbían café negro hecho en colador de manta, se reían, conversaban. Había malandros, sí, pero eran nuestros malandros.
Los cárteles, decíamos, eran cosa del norte: Michoacán, Zacatecas, Culiacán. Aquí, al sur, en Tapachula, apenas se hablaba del narco. Teníamos “mariguanitos”, algunos vuelos lisérgicos con Janis Joplin en las colonias fresas, baterías de María y Juana en el barrio con los MacGyver, algún locochón que era albañil, trovador o chofer. No más. Pero de pronto llegó otra cosa: un amigo tráilero —que luego moriría en una carretera— nos habló del perico, de la “señora blanca” que inhalaban los choferes para soportar las noches eternas. Después aparecieron los hongos, las tachas, la piedra, los ácidos… y hoy, el fentanilo.
La transformación fue rápida. Una mañana nos despertamos con un reportaje radial: en la Clínica Socorro habían asesinado a un joven escolta. No era un crimen común: ocurrió cerca de la iglesia donde me bauticé, la Jesús de la Buena Esperanza, a unos metros de la comandancia estatal, en la Séptima Avenida Sur y Doce Oriente. Era octubre de 2023. Pero el terror nos había arremetido antes: en junio de ese año, el día 27, detonaron una granada en la comandancia por la noche. Eran las diez treinta cuando explotó. Los vecinos temblamos. “¿Qué está pasando?”, nos preguntábamos, pero, como tantas veces en Latinoamérica, normalizamos el horror. El silencio se impuso porque nos enseñaron que no vale la pena gritar cuando hasta las piedras pueden traicionarte. En Tapachula no se puede confiar en nuestro sistema de protección ciudadana, menos si eres pobre.
No eran los Maras Salvatruchas: a esos los eliminó Mariano Herrán Salvati del Soconusco mucho antes que Bukele en El Salvador. Eran los “gota a gota”, los del Tren de Aragua y uno que otro cártel que buscaba desde Jalisco marcar territorio en la región, zona medular del trasiego de estupefacientes hacia el vecino país del norte tras la caída de los Chapitos. Era un nuevo rostro: más violento, más atrevido, más inhumano.
Después vino la ola: balaceras de madrugada, disparos de día, descuartizados. En una esquina de la Quinta Privada Sur y la Doce Privada Oriente —casi frente a la Escuela Primaria Lázaro Cárdenas— una camioneta blanca y dos hombres en moto abrieron fuego sin piedad. Un hombre —que vivía de vender tortilla de harina— salió de su casa, maldita suerte, justo en medio del tiroteo. Cayó, sangrando, tendido en la calle. Otro joven —del COBACH 08—grababa con su celular la escena. Cuando lo vieron los sicarios, huyó, pero lo interceptaron en la Tercera Avenida Sur, lo tiraron al piso, le arrancaron la mochila y le dispararon en la espalda con una ametralladora. El video se viralizó. Fue una pesadilla para nosotros: llorábamos quedito para no llamar la atención, para no atraer a los asesinos. Ya no éramos vecinos; éramos carne de cañón.
No hubo descanso. No pasó mucho para que encontráramos un cuerpo embolsado en la Cuarta Oriente, entre la Tercera Avenida Sur y la Quinta Privada. Luego, la doctora Dulce Ávila fue asesinada en el hotel Bonsai: su pareja le quitó la vida. La violencia tejía su manto en todas direcciones —sur, oriente, occidente, norte— y nosotros estábamos en medio del fuego y la maldad que no habíamos pedido: el epicentro del infierno.
Estos hechos resuenan con la literatura crónica y testimonial de autores como Balam Rodrigo, cuya obra El libro centroamericano de los muertos retrata la brutal violencia estructural en México, Soconusco y Chiapas; o con la periodista Marcela Turati, que ha documentado la guerra del narco en el México contemporáneo con una mirada íntima y desgarrada. En Chiapas, la realidad se parece tanto a las crónicas del norte que somos una extensión rota del mismo país que otros han perdido por partes. Éramos la última frontera por conquistar. Ya no más: el crimen organizado, por el momento, ha triunfado. Aunque el estado tenga otros datos.
Nuestro rincón del Soconusco sufre el peso de esa impunidad. No es solo la sangre derramada en la calle, sino la indiferencia institucional: cuerpos sin justicia, familias sin consuelo. No hay reparación, solo un ciclo que se repite. Nos sobresalta la desolación cotidiana que se parece tanto a lo narrado por Pilar Calveiro, politóloga argentina que analizó la violencia estatal desde el biopoder y la desaparición: acá también existe una deshumanización sistemática de quienes no importan. Antes eran las muertas de Juárez; ahora son los muertos de Chiapas. Y detrás de las estadísticas hay historias humanas: gente asustada, migrantes vulnerables, defensores amenazados, madres que se preguntan cómo va a volver su hijo a casa.
Hermes entre el cielo y el infierno, sanguijuela de húmedos apegos, va de piel en piel destrozando corazones: ágape de arterias, vísceras y huesos. Va de piel en piel, como meretriz que infecta desde adentro; como la oscuridad de un sol negro; como luciérnaga aplastada por la mano del silencio.
Aquí, en el corazón del Soconusco, la violencia no es un informe técnico: es un latido quebrado, un coro de denuncias que surge en el lamento de los vecinos. No somos solo víctimas: somos testigos. Cada disparo, cada granada, cada lágrima nos recuerda que la periferia no es solo un lugar en el mapa, sino una condición. Nosotros vivimos en esta periferia. Nosotros morimos en esta periferia para convertirnos en estadística y olvido.
Pero no es silencio lo que pedimos: es justicia. Que esta crónica no se quede en el papel, sino que retumbe en la conciencia de quienes tienen el poder de cambiar las cosas. Porque en el Soconusco, como en las crónicas de Turati o en los poemas testimoniales de Balam Rodrigo, las voces cuentan. Y también duelen. Qué lejos quedó La noche de los machetes, de Roberto López Moreno: ahora son las balas las que hablan, gritan, horrorosas voces de muerte. Balabras. Eso son: balabras.