Análisisjueves, 1 de enero de 2026
Perspectiva de Mujer / Luces que apagan vidas
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Las fiestas decembrinas suelen representarse como un tiempo de encuentro, esperanza y renovación colectiva; sin embargo, en el centro de esta narrativa festiva persiste una práctica que resulta cada vez más incompatible con los desafíos éticos, ambientales y sociales de nuestro tiempo: el uso indiscriminado de la pirotecnia. Lejos de constituir un gesto inocente de celebración, la quema de cuetes exige una revisión crítica sustentada en evidencia científica y en una reflexión profunda sobre el cuidado de la vida en todas sus manifestaciones.
Desde una perspectiva ambiental, diversos estudios han documentado que la pirotecnia libera partículas contaminantes, metales pesados y residuos químicos que deterioran la calidad del aire y del suelo. Investigaciones compiladas en revistas especializadas en impactos ambientales advierten que estos eventos, aunque breves, contribuyen de manera significativa a la contaminación atmosférica, agravando una crisis ecológica que demanda acciones urgentes y coherentes. Resulta contradictorio promover discursos de sustentabilidad mientras se toleran prácticas que intensifican el daño ambiental en nombre de la tradición.
No obstante, uno de los efectos más invisibilizados de la pirotecnia es el profundo sufrimiento que provoca en las mascotas. La evidencia científica es contundente. Estudios publicados en Scientific Reports y en bases de datos como PubMed demuestran que los ruidos intensos, impredecibles y de alta frecuencia generados por los fuegos artificiales desencadenan en perros y gatos respuestas agudas de miedo y estrés. Investigaciones como “Fear expressions of dogs during New Year fireworks” documentan conductas claras de angustia: temblores, hiperventilación, intentos de escape, vocalizaciones excesivas y desorientación. Estos comportamientos no son anecdóticos; constituyen respuestas fisiológicas y psicológicas medibles ante una amenaza percibida.
Asimismo, encuestas amplias realizadas por universidades europeas, como la Universidad de Utrecht, revelan que una proporción significativa de animales de compañía presenta ansiedad severa durante temporadas de pirotecnia, con efectos que en algunos casos se prolongan más allá del evento, generando patrones persistentes de miedo. Desde el ámbito veterinario, organizaciones como la Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals (RSPCA) y el Colegio Oficial de Veterinarios de Barcelona han advertido que la exposición reiterada a fuegos artificiales puede ocasionar daños auditivos, episodios de pánico extremo e incluso respuestas comparables al estrés postraumático. Ignorar esta evidencia implica normalizar una forma de violencia que afecta a seres sintientes absolutamente dependientes del cuidado humano.
A esta problemática se suma una dimensión social no menos relevante: la vulneración del derecho al descanso y a la convivencia respetuosa. La quema de cuetes hasta altas horas de la noche afecta de manera directa a niñas, niños, personas adultas mayores, personas enfermas y trabajadores que requieren condiciones mínimas de tranquilidad. La vida comunitaria se sostiene en acuerdos implícitos de respeto mutuo; romperlos en nombre de la celebración evidencia una preocupante falta de sensibilidad social y de responsabilidad colectiva.
Replantear el uso de la pirotecnia no significa renunciar a la celebración, sino resignificarla desde una ética del cuidado. Diversas organizaciones de bienestar animal, como FOUR PAWS International, insisten en la necesidad de transitar hacia formas de festejo que no generen daño ni sufrimiento. Celebrar con conciencia implica reconocer que las tradiciones no son inmutables y que pueden transformarse cuando la evidencia científica y la justicia social así lo exigen.
Evitar la pirotecnia durante las fiestas decembrinas es, en última instancia, un acto de coherencia ética y de responsabilidad social. Supone asumir que nuestras prácticas culturales tienen consecuencias reales sobre el medio ambiente, sobre los animales y sobre la convivencia humana. En tiempos de crisis ecológica y de creciente conciencia sobre los derechos de los seres sintientes, la verdadera celebración no se mide por el estruendo que producimos, sino por la capacidad de cuidar la vida y el bienestar común.