En estos días, exactamente el 19 de julio se cumplirán 200 años del fusilamiento de Agustín de Iturbide en el municipio de Padilla, Tamaulipas.
Hace diez años Luis Reed afirmaba: “Iturbide cometió el crimen de ser grande” y seis balas de un pelotón de fusilamiento terminaron con su vida.
El objetivo de Agustín de Iturbide al regresar al país era ofrecer sus servicios a las autoridades mexicanas ante el peligro de una invasión por parte de la Santa Alianza (Gran Bretaña, Francia y España), la cual pretendía reconquistar México.
A bordo del bergantín inglés Spring y acompañado por su esposa embarazada, sus dos hijos menores, un sobrino y el teniente polaco Beneski, Iturbide regresó a su patria el 14 de julio de 1824.
Sorprendido, Iturbide convenció a De la Garza de suspender la ejecución y viajar a la localidad de Padilla para dialogar con los legisladores locales.
Iturbide escribió el mismo día de su muerte una exposición al Congreso en la que preguntaba cuál crimen o delito había cometido para hacerse acreedor a tan inhumano decreto y luego enumeró sus servicios prestados al país e inquiría por cuál de ellos se le condenaba.
Tras orar unos cuantos segundos, Iturbide se paró frente al pelotón, el comandante dio la orden de fuego y seis balas segaron la vida de quien en 1821 había redactado el Plan de Iguala para declarar la independencia de nuestro país.
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El caso fue confirmado tras análisis de larvas tomadas en un canino con heridas; se solicitó a productores y dueños de animales revisar heridas y reportar anomalías.
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La figura de quien consumara nuestra independencia y encabezara el primer imperio mexicano ha sido tratada frecuentemente entre sesgos, contradicciones, polémicas y panfletos que parecieran tener la intención de oscurecer el propósito que debe acompañar a todo intento de historiar, es decir, apegarse a la verdad.
Esa inquietud sobre Agustín de Iturbide acompañó a mi grupo de tercero o cuarto de primaria en la escuela del Padre José Borja, cuando con el libro de historia de Guillermo Sherwell, alumno de Enrique Rébsamen, el maestro Enrique Ruelas Candelas nos hablaba de México y su larga cadena de avatares.
Lorenzo de Zavala, José María Bocanegra, Carlos María de Bustamante, Lucas Alamán, Ezequiel A. Chávez, primero, y Carlos Pereyra, Sabas Camacho, Luis Reed, Alfonso Trueba y “México a Través de los Siglos” después, nos tendieron versiones disímbolas y muchas veces contrarias sobre el consumador de nuestra Independencia.
Nos preguntábamos también en aquel tiempo por qué se borraba la séptima estrofa de Francisco G. Bocanegra referida a Iturbide en el Himno Nacional (De Iturbide la sacra bandera/¡Mexicanos! valientes seguid) y el Teatro Iturbide había cambiado su nombre, gracias al gobernador José María Truchuelo, a Teatro de la República y por qué el nombre de Iturbide se había borrado prácticamente de toda la historia nacional, dejando sólo lo que lo denostaba, concentrado en el panfleto del ecuatoriano Vicente Rocafuerte que sin firma publicó en Estados Unidos. Y quien después, como presidente de Ecuador esgrimiría: “En la efervescencia de las pasiones y de los partidos, solo el terror puede reducirlos al orden y conservar la primera de todas las leyes, que es la tranquilidad pública. La única suerte que tengo es que me tiemblen”.
A 200 años del fusilamiento de Agustín de Iturbide en Padilla tras su arribo a Soto la Marina, Tamaulipas, vale intentar quitar pantallas y sombras sobre la verdad que podemos alcanzar y reescribir con objetividad la verdad sobre quien supo en su momento concitar voluntad, amalgamar anhelos, integrar ejércitos, convencer a propios y extraños de la oportunidad única de alcanzar la independencia nacional bajo los principios, entonces inseparables, de unidad, libertad y religión.
De acuerdo con Reed, cinco días antes de su asesinato, Agustín de Iturbide arribó al puerto de Soto la Marina, Tamaulipas, proveniente de Europa tras un exilio de poco más de un año, en Italia e Inglaterra, “ignorando por completo el parricida decreto” que los legisladores mexicanos habían promulgado con el fin de evitar que el consumador de la Independencia retornara a territorio nacional.
El comandante militar de la región Felipe de la Garza, a quien Iturbide había perdonado insurrección no mucho tiempo atrás, fue el encargado de custodiarlo e informarle su situación jurídica, es decir, le comunicó que, de acuerdo con un decreto del Congreso, debía ser pasado por las armas inmediatamente.
El decreto del 28 de abril de 1824 impulsado por el Poder Legislativo y avalado por el Ejecutivo, declaraba traidor y fuera de la Ley a Iturbide, siempre que se presentara bajo cualquier título en algún punto del territorio mexicano; también fue declarado enemigo público del Estado. De la Garza hizo notar a sus soldados que Iturbide no estaba en condición de sufrir la pena decretada por una ley que ignoraba, pero el Congreso, sordo a cualquier argumentación, condenó a muerte a don Agustín.
Especialistas sostuvieron entonces y sostienen hoy en día que el decreto de condena no resiste el menor análisis jurídico, dado que se condicionó la conducta de traición al hecho de que Iturbide se presentase en el país, hecho que de ninguna manera y bajo ningún régimen constitucional puede estimarse por como un acto constitutivo de un delito.
El día 18 el Congreso de Tamaulipas, tras ser informado por De la Garza sobre el arribo de Iturbide, se reunió en sesión extraordinaria y concluyó que debía aplicarse de inmediato el decreto de proscripción, violando así los derechos de cualquier reo para poder ser escuchado y defendido en juicio.
Silvia Martínez del Campo Rangel detalla que se realizó una sesión extraordinaria el día 18 de julio y luego se efectuaron otras tres el día 19, “en ninguna de las cuales se quiso oír a Agustín de Iturbide, lo que hubiera podido salvar un poco el honor de un Congreso que no tuvo ni siquiera el valor de escucharlo en juicio, para deliberar y llegar a una sentencia justa”.
Es consideración aceptada por historiadores que el temor a la popularidad de Iturbide y a la simpatía que gozaba entre la población mexicana, provocó que no quisieran escucharlo y lo condenaran “a toda prisa” a la pena de muerte para ese mismo 19 de julio de 1824. “El decreto estaba hecho para evitar que Iturbide regresara y que sus partidarios revirtieran el régimen republicano, los propios diputados declararon que fue un decreto hecho estúpidamente y sólo para amedrentar. Sin embargo, los legisladores tamaulipecos, por miedo a un levantamiento popular que liberara a Iturbide y que lo pudiera llevar de Tamaulipas a la Ciudad de México, aceleraron su asesinato”, señala Enrique Sada Sandoval.
La carta escrita por Iturbide decía: “Mi muerte es ya inevitable, y sería en vano ya manifestar las sanas intenciones que me condujeron a prestar mis pequeños servicios. Nunca he sido traidor. Con asombro he sabido que vuestra soberanía me ha proscrito y declarado fuera de la ley circulando el decreto para los efectos consiguientes. Tal resolución me hace recorrer cuidadosamente mi conducta. No encuentro, señores, cuál o cuáles son los crímenes por los que el soberano Congreso me ha condenado”.
A las tres de la tarde del 19 de julio se leyó la sentencia condenatoria aprobada por la mayoría y que establecía: “Reunidos los S.S. diputados en el salón de sesiones, para dar cumplidamente de lleno, al espíritu de la ley de proscripción contra el ex-emperador Don Agustín de Iturbide, por traidor a su patria, se decreta, sin comisión, la pena de muerte. Que se haga efectiva esta suprema ley, dentro de tres horas. Padilla en la Plaza Principal. Dios y Constitución”.
Minutos antes de las 18:00 horas, Iturbide fue conducido a la plaza principal de Padilla y, al llegar al sitio de la ejecución, entregó al sacerdote que lo acompañaba el reloj y el rosario que portaba y luego repartió unas monedas de oro entre los soldados que iban a fusilarlo. Luego se dirigió a las personas que se habían congregado en la plaza y les recomendó mantenerse unidos como mexicanos, amar a la patria, seguir los lineamientos de la religión católica y obedecer los mandatos de las autoridades:
“¡Mexicanos!, en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso, porque muero entre vosotros: muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha: no soy traidor, no”, exclamó antes de morir.
Tras la muerte de Iturbide, y luego de que la noticia llegara a la capital del país, provocó el luto nacional tanto en la clase política como en la población en general, pues él era considerado no sólo el libertador, sino también era conocido como el Padre de la Patria y autor de la bandera nacional.