La entrenadora Mariela Ferrer expuso la situación; solicitan la intervención de la gobernadora Rocío Nahle ante falta de recursos que afecta su preparación rumbo a competencias nacionales e internacionales
Especialistas electorales y académicos advirtieron que la baja participación ciudadana está ligada a la desconfianza en instituciones, falta de perfiles atractivos y necesidad de fortalecer la cultura democrática
Vestigios como la máquina 281 y la memoria de rutas como la de “El Piojito” permiten reconstruir cómo era la vida ferroviaria en la capital veracruzana, clave para el desarrollo de la región
Además presentaron iniciativas para exigir mejoras en el Hospital Rural de Chicontepec, proteger la autonomía indígena y garantizar elecciones justas en comunidades, tras denuncias de exclusión en Altotonga.
La protesta, que permite el paso cada 15 minutos, ha generado congestionamientos y obliga a automovilistas a buscar rutas alternas, mientras autoridades viales implementan operativos para desviar el tráfico
El derrame de hidrocarburo en costas del Golfo de México afecta ecosistemas marinos y terrestres, mientras que autoridades trabajan en la limpieza que avanza al 88%
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Se educa primero en la familia. Luego en el entorno social, en las relaciones cotidianas, en los medios de comunicación, en el uso del tiempo libre y, finalmente, en los diversos tramos de la educación formal. La adolescencia es una etapa decisiva de tránsito, en la que el menor comienza a cuestionar los valores y normas aprendidos en la infancia y comienza a decidir cuáles serán los suyos. Este proceso no es espontáneo ni aislado: requiere un marco educativo sólido, con reglas claras desde la familia, acompañamiento constante y corresponsabilidad entre escuela y hogar. Cuando alguno de estos elementos falla, aparecen conflictos conductuales, pedagógicos, jurídicos, que afectan el desarrollo pleno del adolescente.
Conocí el caso de un docente de ciencias de una secundaria del lugar, con años de experiencia y buen prestigio, quien detectó que cuatro estudiantes no entregaron ninguna de seis actividades realizadas durante el periodo (septiembre a noviembre). Conforme a su función pedagógica y profesional, decide citar a los padres o tutores para informar la situación y buscar soluciones conjuntas. La respuesta fue variada: un tutor agradeció la intervención y prometió estar más al cuidado de su hijo. Dos no acudieron. Y la otra madre se presentó con una actitud abiertamente agresiva, descalificando al docente e impugnando su capacidad profesional.
Su actitud defensiva fue por proteger a su hijo, sin analizar por qué el cambio abrupto de conducta del alumno, quien pasó de participar y cumplir, a mostrarse indiferente y ausente en sus deberes escolares. El maestro, lejos de sancionar sin indagar, expresó una preocupación legítima y planteó una pregunta clave: ¿Qué está ocurriendo con su hijo? ¿Ha notado algún cambio en él? En busca de la intervención oportuna y el diálogo informado.
El episodio revela confusiones frecuentes en las escuelas. La educación básica se rige por normas que reconocen derechos —a una educación de calidad, al trato digno, a la participación de madres y padres—, pero también establecen deberes —asistencia, cumplimiento académico y respeto a la autoridad escolar—. Si la madre descalifica al docente sin entrar al motivo del llamado, vulnera el debido proceso escolar, resta autoridad moral al educador y obstaculiza la función evaluadora que la ley confiere al profesorado. El desacuerdo es legítimo, pero la descalificación sin sustento, no.
La discusión se trasladó a la subdirección, pero los argumentos se amplían y se diluyen: ya no se cuestiona sólo al docente, sino a la institución y a otros profesores, sin datos ni pruebas concretas. Al parecer, la única intención es proteger al hijo, no conocer el hecho y buscar una posible solución. Esta estrategia materna, común en contextos de sobreprotección, limita la autonomía del alumno y su capacidad de asumir consecuencias.
La escuela, por su parte, debe actuar con criterios claros y documentados: notificación de incumplimiento, espacios formales de diálogo, planes de recuperación académica y acompañamiento socioemocional. Estas medidas no solo son buenas prácticas pedagógicas, sino garantías de los derechos de los menores a una educación integral.
Esta anécdota pone en evidencia varios problemas que atraviesan la vida escolar moderna, donde educar no es sólo transmitir conocimientos, sino gestionar relaciones humanas dentro de un marco normativo. La familia y la escuela deben colaborar en un mismo propósito, no confrontarse, porque ambas instancias son corresponsables del desarrollo formativo y cognitivo de los menores. Cuando una de ellas renuncia al diálogo, quien pierde una oportunidad formativa crucial para ser una persona libre, pero responsable, es el alumno.