La predicación de Jesús peca de claridad. Su manera de hablar es simple, clara y profunda. Las imágenes que el Señor usó eran simplísimas, tomadas del campo y la vida pastoril. Es sorprendente que hable de sí mismo como pastor, ¡vaya Dios!, no se define como un estratega (yo soy el mejor estratega), o un político hábil (yo soy el mejor político), o un gran conquistador (yo soy el gran conquistador), o un gran filósofo... ¡Nada de eso!, habla de sí mismo como pastor. Y es cierto que los pastores no se encontraban en la cúspide de la pirámide social, tampoco destacaban por sus formas, habilidades, retórica o posesiones.
Otra característica de la predicación de Jesús es que Él mismo ayuda a la comprensión de su mensaje desde los opuestos. Así, en su discurso sobre el Buen Pastor, deja claro cómo es el modo de proceder del bandido y del pastor. Por un lado, el bandido no entra por la puerta del redil, entra por otros lugares. No le interesan las ovejas, no las conoce, las utiliza para su propio beneficio sólo viene a matar, robar y destruir. Por otro lado, el pastor tiene características sorprendentes: entra por la puerta, no anda escondiéndose en lo que hace. Las conoce a cada una y las llama por su nombre, él las guía, sabe conducirlas.
Siempre pasa lo mismo. Basta leer -con el mínimo detenimiento- la Palabra de Dios, para descubrir la profundidad de su mensaje. Y es que, a ningún cuidador de animales, le pasaría por la cabeza dar la vida por éstos. Nadie se imagina a nuestros cuidadores de chivas o vacas o de ovejas, entregándose a la muerte por uno de estos animalitos, no hay comparación entre el valor de estas vidas. Pues, aún mayor es la distancia entre el Señor y nosotros, y pese a llamarnos por nuestro nombre, a caminar delante nuestro, a cuidarnos de todo peligro…
Todos estamos llamados a hacer esta experiencia, en carne propia, del modo en que Jesús es nuestro pastor. Él nos conoce a cada uno de nosotros por nuestro propio nombre. Siempre, sin falta, camina delante de nosotros, nos guía, nos conduce a lugares que nos nutren y alimentan, nos pone al salvo de los extraños, todo lo que realiza lo hace en favor nuestro, para que nosotros tengamos vida abundante. Con Él nada hay que pueda hacernos falta porque repara nuestras fuerzas en fuentes tranquilas. Tampoco hay razón para el temor porque siempre está con nosotros, dándonos seguridad (cfr. Sal 23).