En el ocaso de la cuaresma somos invitados a reconocernos en los amigos de Betania. En esta escena, una de las hermanas llora inconsolablemente, la otra cuestiona a Jesús reclamando su tardanza. Y el otro, el amigo de Jesús que se ha muerto, y que según se sabe, no pidió ser resucitado a su muerte. Y un Jesús que deja mucho que desear (aparentemente), como amigo, pues pudiendo evitar la muerte de su amigo no lo hace, y pudiendo ir a toda prisa, encima retrasa su llegada. ¿Qué clase de amigo es este? Las hermanas, contrastantes, tampoco le piden a Jesús que le dé la vida al hermano muerto. Una escena un poco caótica por todos lados y con actitudes humanas, demasiado humanas.
Yahvé es el Dios de la vida. Esa es su acción por excelencia: hacer de la nada, crear y dar vida. Jesús, que a lo largo de toda la cuaresma nos ha dicho de una y mil maneras que Él es el Mesías, el Salvador del mundo. El que vence a satanás, el que puede saciar nuestra sed, y darnos la vista y con eso llenarnos de valentía y amor por la vida. Ahora se muestra grande, magnífico, como el Señor que da la vida sin importar que no se lo hayamos pedido, sin importar los reclamos y el tiempo de putrefacción, ¡ni la muerte es un obstáculo para Él!
La voluntad del Padre es que sus hijos vivan, que gocen con la vida que Él nos ha dado, por esta razón la llegada del Reino es la oportunidad de vivir al máximo. La cuaresma es la oportunidad de ir al sepulcro y ser testigos de la vida que el Señor obra en cada uno. ¡Hay vida en nuestras muertes más malolientes! Para que la pascua sea también nuestro paso, hemos dejarnos sacar del sepulcro, hemos de dejar que Él cambie nuestro luto en danza y despertar, por fin, diferentes a la Vida.
Jesús siempre es disruptivo, su comportamiento nunca es el esperado, siempre sorprende. Hoy no es la excepción. Cuando se entera de la enfermedad de su amigo, lo vive con paz, sabiendo que todo es ocasión para que resplandezca la obra de Dios. Luego desafía a los adversarios, pues en lugar de andarse con cuidado y evitar ir a donde lo querían apedrear no se echa atrás, sino que va. Jesús no es una piedra, vive sus sentimientos y sabe expresarlos de manera saludable. Sabe sintonizar con el dolor humano y se deja tocar por este. Ante la tumba no reza desde la desesperación de quien se sabe derrotado, ¡ante la tumba hace una oración de acción de gracias!, muestra su confianza plena en el Padre Dios.