
He tenido oportunidad de pasar unos días junto a mis hijas en la Ciudad de México, donde realizan sus estudios universitarios. Mañosamente he convertido en una tradición el ir a visitarlas algunos pocos días antes de que comience su periodo vacacional para traerlas conmigo a casa lo más pronto posible. Para pasar en su compañía el mayor tiempo que nos sea dado. Sé que son ya de las últimas ocasiones en que puedo hacerlo y llevar a cabo este ritual de años. Comienzo a resignarme ante ese inexorable hecho. Pronto comenzarán a tomar su camino y tomar sus propias decisiones respecto a su trabajo y sus días vacacionales. Por lo pronto, les sigue gustando venir a su terruño, al Comitán donde vieron la luz del sol por vez primera.
Comienzan su día muy temprano, se marchan a la universidad y regresan cuando ya se encuentra avanzada la noche. Pero ello no obsta para robarles cierto tiempo a su respectivo sueño y charlar con ellas de multivariados temas. Así, de alguna manera, refresco mi memoria universitaria. El ponerme en contacto con esa flama creciente que son los hijos, cerca de su inteligencia fresca, ávida de conocimiento; con ese su ánimo lleno de inquietudes, ese despliegue de energía que poseen, como si de magia por contacto se tratase, rejuvenece los músculos propios y los impulsos que parecían estar sedentes. El intelecto también se vivifica y adquiere nuevos bríos, como para no quedarse rezagado.
Me gusta abordar con ellas el tema de la manera vertiginosa en que el mundo ha cambiado; la manera en que la realidad se ha transformado. Me remonto a contarles cómo era hace 30 años nuestro país, en qué situación se encontraba respecto a los países europeos occidentales y el mismo EU, y aunque saben que soy dado a fantasear y a exagerar la nota, están convencidas de que lo que les platico sobre lo que fueron aquellos tiempos es real y no tan sólo producto de mi fantasía.
Cuando les cuento que a principios de los años noventa seguíamos yendo al cine a ver las pocas películas que llegaban en salas cuya tecnología de audio era muy pobre a comparación de lo que son hoy, y aquellas pantallas que nada tiene que ver con la resolución y nitidez que ahora poseen, que parecerían en la actualidad de la época de las cavernas, veo en su mirada un destello de incomprensión, como si no alcanzaran a asimilar cómo se podía vivir sin los gadgets, sin los avances tecnológicos de hoy en día.
La verdad es que esa sorpresa -trato de no delatarme ante ellas-, es menor a la que a mí me invade cuando las veo navegar en la red buscando en sus profundidades la información que requieren para enriquecer sus estudios; para cumplir con sus tareas; para no perder el hilo conductor que guía esta interminable supercarretera de la información y del conocimiento. O para solucionar asimismo temas de la vida diaria.
En una suerte de actitud anacrónica de mi parte, cuando las escucho comentar entre ellas asuntos que ocurren en otras distantes latitudes sobre temas referentes a sus respectivas disciplinas de estudio -la una estudia Biología y la otra Arquitectura-, sobre los avances más recientes que pueden consultar en la red en las revistas científicas especializadas que editan decenas de instituciones en el mundo, les cuento cómo en el Comitán de mediados de los setentas yo acudía a una vieja enciclopedia que mi padre guardaba celosamente entre los libreros: “El mundo pintoresco”, y me ponía a recorrer -producto de mi propia imaginación, un recorrido fantástico si los hay- los distantes lugares cuya descripción aparecía sobre las hojas de papel amarillento de esos volúmenes, y que obsequiaban a los ojos de aquel curioso niño provinciano las imágenes en sepia con que algún ilustrador había grabado representando a París, Londres, Viena, Nueva Delhi, El Cairo ó Buenos Aires de principios del siglo XX.
Fue tal el escaso alcance que tuvimos de la realidad mundial en aquel entonces; apenas llegaba la señal difusa de la televisión estatal, los periódicos nacionales llegaban dos días después y la radio nos tenía circunscritos a una reducida oferta de estaciones en que nos enterábamos tan sólo de los decesos o de los anuncios de los pocos comercios que en aquel entonces había, en medio de la música “romántica” que salía de aquellas viejas consolas y de los discos de acetato de 45 revoluciones. He de decir que en la actualidad nos es dada la dicha, para quienes seguimos viviendo bajo la influencia de la radio como medio preferido para acompañar nuestro ocio tanto como nuestras labores diarias, de captar cualquier estación radiofónica del mundo y decidir disfrutar la música y los temas de nuestra preferencia, gracias a la web.
Pero hoy en día ocurre en contraste que si se detuvo el mundo y la rutina diaria -y me refiero al desarrollo de casi todo, trabajo incluido- porque nos quedamos sin el servicio de energía eléctrica o sin el servicio de internet, la mayoría de los individuos “analógicos” que aún quedamos podemos sobrevivir al apocalipsis ó apagón digital.
De la misma manera en que podemos seguir creyendo esos trasnochados seres analógicos que aún somos algunos, en que pese a tanto avance, algo ha fallado dentro del corazón del hombre puesto que los viajes intergalácticos y los recorridos siderales no han de ninguna manera resuelto el problema del hombre y su esencia. Así pues, cada vez nos asomamos menos al interior del individuo y seguimos desconociendo sobradamente nuestros más profundos tesoros interiores. Una suerte de huida de nuestra propia grandeza; como perder de vista los litorales propios, las desconocidas profundidades en que tenemos sumergida nuestra esencia, para buscar ansiosos los más lejanos mares y muy remotos parajes.
Por eso cuando charlamos con mis hijas, conociéndolas, aprendiendo de ellas, de su insondable pericia para afrontar este mundo tecnologizado -mecanizado se decía en los ochentas-, su mamá y yo cuidamos también que permanezcan incólumes y firmes los más acendrados rasgos humanos que poseen. No las hemos dejamos cegar por las intensas luces de lo fatuo sino que procuramos sigan cultivando su interior como una delicada planta que debe regarse a diario, y cuidarse, para que a su vez sean una frondosa sombra que den cobijo y sombra a quienes les corresponda dárselo. Que permanezca en ellas aquella antigua esperanza nuestra de mantener la tea de la bondad y la sabiduría humanas encendida, luminosa.