Confianza
La historia cuenta como antes la palabra valía al grado de respaldarla sin ninguna firma, el solo hecho de comprometerse con algo ya sellaba un trato y si no se cumplía era una deshonra brutal para el que se retractaba.
Llega un momento en la vida que ya se debe de tomar en serio “que” hay que firmar, porque no tenemos la vida comprada, hoy estamos, mañana quien sabe.
Los testamentos son indispensables, y bien razonados, es el regalo de certeza más importante que se deja después de la muerte.
Por otro lado ¿Qué valor le damos a ciertas firmas? Hoy nos podemos comprometer a algo o con alguien, pero esos ¡Para toda la vida! en ocasiones requieren cancelación.
La ligereza de una de partes en la seriedad ante grandes compromisos hace que se compliquen y se queden complicados “para toda la vida” o que finalmente se rompan en el lastre de graves consecuencias, para una o las dos partes.
El valor de la palabra está débil y como tantos no la cumplen, ya no es mal visto que no se tenga ese valor como el respaldo. Entonces ¿Para qué se promete, se jura?
¿Y que nos queda ante una sociedad en la que ya no se puede confiar en nadie, ni en el más cercano? ¡Pues firmar! E investigar la fuerza legal del contrato.
La falta de confianza ha creado contratos y más contratos y ahí vamos por la vida según el pensamiento y el sentimiento del momento confiando y firmando para “Asegurar” una situación. Pero ¿Quién puede asegurar algo?
Conclusión: La firma le gana a la palabra indudablemente. ¿Qué estás por firmar? Piénsalo, razónalo, legalizalo.