En la vida pública como privada se tiene muy claro que lo que se mide es lo que existe y lo que realmente importa y se gestiona, sin embargo, nos hemos puesto a analizar si esto que se mide realmente está midiendo lo que importa: bienestar, sostenibilidad, resiliencia, justicia socioambiental. Muchos de los indicadores actuales miden lo “fácil” no necesariamente lo importante.
Entre estos se vé un reduccionismo cuantitativo, es decir, fenómenos complejos se reducen a cifras, datos, por ej. las variables sociales, ambientales y culturales se reducen a promedios que ocultan realidades de desigualdad, impactos ambientales acumulativos y sinérgicos y sus efectos a largo plazo; actualmente se hace énfasis en los resultados a corto plazo, sobre todo en la vida pública, los indicadores se miden a lo que duran los gobiernos, de modo que pareciera que nunca maduran porque lo más que permanecen son 6 años y volvemos a empezar, gran parte de lo importante requiere de evaluaciones de largo plazo, de continuidad y monitoreo, tal como lo son la restauración ambiental, la prevención y gestión de riesgos y el desarrollo territorial, por mencionar algunos; hay una separación entre indicadores y bienestar real ya que los indicadores socioeconómicos tradicionales no miden la salud de los sistemas ambientales, la resiliencia y vulnerabilidad de los territorios y no necesariamente reflejan mejoras en la calidad de vida de las personas; a estos indicadores les falta un enfoque territorial y contextual, ya que se aplican los mismos indicadores en realidades muy distintas en sus dinámicas y complejidades, sin considerar los aspectos puntuales como las capacidades y competencias locales, las realidades y dinámicas socioambientales y socioculturales; los impactos ambientales y sociales difícilmente se miden o solamente se consideran externalidades y lamentablemente en la vida pública, los indicadores son utilizados mayormente para cumplir requisitos administrativos y votos, que para aprender, corregir y mejorar la toma de decisiones y la creación de políticas públicas.
Necesitamos pasar de medir rendimiento y resultados a medir impactos reales, es decir, no solo medir cuánto se hizo sino qué transformaciones sociales, ambientales y económicas se hicieron; necesitamos incluir indicadores cualitativos y mixtos; necesitamos si o si, adoptar una visión de largo plazo que permita evaluar resiliencia y riesgos para anticiparnos a las consecuencias futuras y no solo documentar registros pasados; necesitamos considerar las realidades territoriales y los procesos de gobernanza, transparencia, participación comunitaria y ciudadana; necesitamos alinear los indicadores con los objetivos de bienestar y sostenibilidad. El reto no es técnico, es administrativo y político: medir lo que importa aunque sea más complejo o incómodo, pero solo así podremos transformar las realidades temporales en realidades más justas y sostenibles.