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Análisismiércoles, 7 de agosto de 2024

Artilugios / Luis de Baviera Escucha Lohengrin, de Luis Cernuda.

Ya podemos hablar del poema que nos ocupa.

...desde 1932 –cuando el fervor republicano en España estaba en su punto más alto–, la figura del monarca le había interesado (a Cernuda).

La primera estrofa está plagada de minuciosos acordes que nos describen al recóndito rey oculto en su palco, escuchando la música. No puedo menos que decirlas.

Sólo dos tonos rompen la penumbra:

destellar de algún oro y estridencia granate.

Al fondo luce la caverna mágica

donde unas criaturas, ¿de qué naturaleza?, pasan

melodiosas, manando de sus voces música

que, con fuente escondida, lenta fluye

o, crespa luego, su caudal agita

estremeciendo el aire fulvo de la cueva

y con iris perlado riela en notas.

Los ojos entornados escuchan, beben la melodía

como una tierra seca absorbe el don del agua…

El poeta es un ser solitario, es un ser que crea para sí mismo... a veces. Y esto es lo que nos da Cernuda, atisbos a esa soledad benéfica y que lo guarda. Un verso más:

Donde la soledad y el sueño le ciñen su única corona

La soledad, el sueño. Constantes en la vida de Luis Cernuda y que hace aparecer aquí en este poema dedicado a uno de los últimos monarcas de opereta, gracias a quien conocemos a Wagner en toda su justeza. Gracias a quien encontramos la luz por todos sus entornos.

Tres solitarios, Wagner, Luis II, Cernuda, los tres nos ofrecen un sentimiento voraz donde la rutina se ha aposentado, donde el insomnio los rige, donde la soledad, el sueño, serán el último, el final, del reino.

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