Análisisjueves, 13 de junio de 2019
El león no es como lo pintan
Ningún político es tan bueno como se quiere dar a conocer, pero tampoco tan malo como lo pueden condenar
Gladys Pérez Martínez
Politóloga
Twitter: glapem_
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En la política todo comunica, la vestimenta, el físico, los posicionamientos, los silencios, las ausencias, las faltas de pronunciamiento, todo. Los políticos son figuras que constantemente están tomando decisiones, ya sea de índole personal o pública y al final del día, cualquier decisión tomada puede estar sujeta al escrutinio social y mediático.
Desde aspectos tan burdos como si el político logró formar o no un corazón correctamente con las manos (Peña) o si el pantalón le quedó largo (AMLO), hasta aspectos tan delicados como causar irregularidades al erario por 35 mil millones de pesos (Duarte), los políticos están decidiendo a diario para bien o para mal el rumbo de millones de personas y la forma en la que comunican sus decisiones.
En este sentido, la carga que tienen los políticos al tomar decisiones se ha venido acentuando con el tiempo. Hoy tenemos a un Presidente que viaja en vuelos comerciales, y que todos los días se encuentra a la merced de cualquier transeúnte con smartphone, para ser grabado o fotografiado y que ese material pueda usarse dentro o fuera de contexto y con los fines que cada persona desee.
Lo mismo sucede con la prensa. Si un medio o un periodista tiene cierta inclinación política, estará esperando pacientemente el momento preciso en el que cierto político tome una decisión cuestionable para señalarlo, etiquetarlo y juzgarlo. Sin duda, esto es simplemente parte de ser figuras públicas, es parte de estar bajo los reflectores.
Sin embargo, el criterio del ciudadano para evaluar las decisiones tomadas por los políticos en México, cada vez tiende a ser más rígido y generalista. Frases como “todos los políticos son iguales”, “son una bola de rateros”, “son más de lo mismo”, entre otras, sentencian duramente el trabajo o esfuerzo individual que un político bien encausado pueda estar realizando.
Por un lado, no es bueno satanizar ni generalizar la labor de todos los diputados o políticos, pero por otro tampoco es bueno idealizar y justificar siempre su trabajo. Esto sucede mucho con los fanáticos políticos o simpatizantes de hueso colorado, que tienden a defender constantemente a capa y espada a una causa o a un político como si se tratase de un mesías inmaculado que todo lo que hace, decide y deja de hacer siempre tuviera una justificación razonable, sensata y que procura siempre el bienestar del “pueblo bueno”.
La realidad es que la política es una guerra sin derramamiento de sangre, como lo dijo Mao, y en este contexto turbulento con un sinfín de altas y bajas, de adversidades, de negociaciones, de decisiones importantes y declaraciones donde a diario se ganan y se pierden batallas, es preciso que el ciudadano aprenda a leer a los políticos con distintos lentes y en distintas tonalidades. Ningún político es tan bueno como se quiere dar a conocer, pero tampoco tan malo como lo pueden condenar.
La valoración objetiva de los hechos, las decisiones y los resultados es el mejor rasero para evaluar el desempeño de los políticos. Para ello hay que pasar de la superficialidad de las imágenes a la profundidad de los datos duros, para tener una mejor dimensión real de cada político. Importan los resultados y la rendición de cuentas por encima del juego de las apariencias, la comunicación y la venta de imágenes.