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A siete años de haber llegado al poder, Morena enfrenta una paradoja que suele acompañar a los movimientos que triunfan antes de madurar: gobierna el país sin haber terminado de gobernarse a sí mismo. La división interna, el encono público y la indisciplina política que hoy afloran no son anomalías coyunturales, sino síntomas estructurales de un partido que nació como vehículo electoral y no como institución consolidada.
Morena fue concebido, ante todo, como un movimiento de ruptura. Su razón de ser no fue la construcción paciente de una organización partidista, sino la agregación de voluntades disímbolas alrededor de un liderazgo carismático y un objetivo común: desplazar al viejo régimen. Esa lógica de “frente amplio contra el sistema” permitió sumar a militantes de izquierda histórica, expriistas, expanistas, liderazgos sociales y oportunistas de ocasión. Funcionó para ganar elecciones; no para ordenar el poder.
El tránsito del movimiento al partido nunca se completó. Morena careció desde su origen de reglas internas sólidas, mecanismos eficaces de resolución de conflictos y una cultura de disciplina partidaria. La toma de decisiones se concentró en liderazgos informales y en la autoridad moral del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, cuyo peso político suplió —pero no sustituyó— la institucionalidad. Mientras el liderazgo unificador estuvo presente, las tensiones se contuvieron. Al retirarse del centro de la escena, las fisuras quedaron expuestas.
Hoy, esas fisuras se expresan en lealtades personalistas más que en adhesiones ideológicas. No se compite por proyectos de país, sino por cercanía con figuras de poder. Existen los simpatizantes que se asumen herederos legítimos del lopezobradorismo; los cuadros que se alinean con la presidencia de Claudia Sheinbaum como nueva cabeza del proyecto; y aquellos que orbitan alrededor de liderazgos emergentes con capital político propio, como Omar García Harfuch. Morena no procesa estas corrientes como pluralidad organizada, sino como bandos en disputa.
El problema no es la diversidad interna —natural en cualquier partido grande—, sino la ausencia de cauces para administrarla. En Morena, la competencia interna suele resolverse por encuestas opacas, acuerdos cupulares o imposiciones disfrazadas de consenso. Esto alimenta agravios, incentiva la indisciplina y normaliza la descalificación pública entre correligionarios. La lealtad al partido queda relegada frente a la lealtad al “jefe” o al grupo que reparte candidaturas.
A ello se suma otro factor clave: el ejercicio del poder. Gobernar desgasta y reparte costos. Morena pasó rápidamente de ser oposición moralmente cohesionada a convertirse en una maquinaria que administra presupuestos, cargos y decisiones impopulares. El acceso al poder atrajo a actores cuyo compromiso con el proyecto es instrumental. Cuando los incentivos cambian, la cohesión se diluye.
Paradójicamente, el discurso de superioridad ética que acompañó al ascenso de Morena hace más visibles sus contradicciones. Las disputas internas, el pragmatismo extremo y los conflictos por candidaturas contrastan con la narrativa fundacional de transformación y regeneración. La incongruencia no solo erosiona la imagen pública del partido; también profundiza las tensiones internas, pues cada grupo se asume como el auténtico depositario de los principios originales.
La división actual no implica necesariamente una ruptura inmediata, pero sí anticipa un proceso de desgaste. Morena enfrenta el reto que otros partidos evitaron o pospusieron: institucionalizarse sin perder identidad. Eso exige reglas claras, liderazgo compartido, formación de cuadros y, sobre todo, la capacidad de subordinar ambiciones personales a un proyecto colectivo. Hasta ahora, la balanza se inclina en sentido contrario.
Si Morena no logra pasar del personalismo a la organización, del movimiento al partido, la indisciplina y el encono dejarán de ser episodios para convertirse en norma. Gobernar con un partido fracturado no es imposible, pero sí riesgoso. La historia política mexicana ofrece suficientes ejemplos de fuerzas que se diluyeron no por la derrota externa, sino por la implosión interna. Morena aún está a tiempo de evitar ese destino, pero el reloj ya está corriendo.