Se trata de la creación de un internado sólo para niñas hijas de humildes campesinos de todo el país, a las que consideraba el general las más vulnerables del agro. Y para estar bien informada, platico con la maestra Rosa Elena Hernández Meraza, actual presidenta de la Fundación Palmira, ella, como hija de campesinos guerrerenses, ex alumna del internado, formada maestra ahí mismo y posteriormente la vida la regresa como directora del plantel, me narra la historia y yo a ustedes. El general Cárdenas, pese a todas sus ocupaciones, siempre soñó en proteger y sacar de la pobreza a los niños del campo, en este caso, a las niñas. Así nos adentramos al contexto histórico que vivía México en los años 30, período en que el movimiento cristero fue combatida a fuego y sangre sobre todo por el gobierno de Plutarco Elías Calles, (1924 a 1928), por lo que había que rescatar y restañar esas heridas, sin importar si los campesinos habían sido cristeros o no. “El general Cárdenas desde 1931 poseía una propiedad de 30 hectáreas en Cuernavaca, mismas, me narra la maestra Rosa Elena, que cuando llegó a la presidencia de México en 1934 les fue donando a los sencillos trabajadores de su finca así como a maestros de la primaria que había en el lugar antes del Internado, nunca a funcionarios, para que vivieran en ellos. Dejó para el final una gran fracción que la guardaba para el cumplimiento de su sueño y que Cárdenas donó a Cuernavaca en forma de una escuela para señoritas llamada Normal Rural de Palmira, este último nombre era el de una pequeña hija del general ya fallecida. Las adolescentes de entre 12 y 14 años que iban llegando eran todas de origen campesino oriundas de distintos estados de la república. En 1943 hizo la donación a través de la Beneficencia Pública y en 1944, inicia ya de manera oficial la Escuela Normal Rural Lázaro Cárdenas del Río de Palmira, -nombre éste último de una pequeña hija del general fallecida- y con el nombre de Palmira bautizó a su finca de Cuernavaca. El primer director del internado se apellidaba Calatayud. Y lo que yo puedo decirte de todos esos años de la existencia del internado, es la hermandad, la armonía que había entre todas las alumnas, nos llamábamos Palmireñas, del gusto que nos daba estar ahí y por esa razón todas las egresadas nos seguimos llamando hermanos y nos identificamos como Palmireñas. Si una se enfermaba ahí estábamos las demás, atentas a los cuidados que necesitara. Los maestros ahí vivían. Cada quien tenía su pequeña casa para sus familias en el internado. Eso daba lugar a una gran convivencia entre alumnas y maestros, siempre en un ambiente de respeto y de alegría porque las tardes se convertían en tardes artísticas y deportivas, por lo que la familiaridad entre alumnas y maestros siempre fue muy bella y plena de cordialidad y sobre todo, de respeto”. Así es que cuando Hernández Meraza, llega al internado en el año de 1957, sintió de inmediato el cariño porque “las mayores nos rodeaban de cariño y protección para que no extrañáramos el hogar familiar. A mí,-cuenta-, me trajo al internado mi madre, Carolina Meraza Gordillo, ya que en el pueblo donde vivíamos llamado San Jerónimo de Juárez, de la Costa Grande guerrerense se quedó mi padre al cuidado de la tierra. El general, le donó el terreno del Internado a la Sectretaría de Educación Pública a través de la Beneficencia Pública. Y estudiíe allí del 57 A 1962 que salí ya con mi título de maestra. Al egresar a las alumnas de allí nos designaban a los lugares donde íbamos a desempeñarnos y yo tuve la fortuna de que me designaran para dar clases en una primaria y curiosamente se llamaba, Escuela Lázaro Cárdenas en el pueblo de Ahuatepec. Quisiera explicarte que cuando egresábamos, yo por ejemplo, llevaba en la piel el compromiso de ser maestra con un espíritu de servicio social, ya que sentíamos que nosotras teníamos que seguir el ideal de la educación socialista del general Lázaro Cárdenas. Así es que lo que el pueblo a donde llegáramos requiriera ayudábamos en todo lo que era necesario. Ese compromiso cardenista nos hicieron llevar. Ya para finalizar, llegué como directora de Palmira, en 1984 y dejé la dirección once años después. Donde quiera que la vida me conduzca siempre llevo en mi mente y en mi corazón el orgullo de ser Palmireña y el compromiso de servir donde haga falta.