Cuando la libertad académica se convierte en responsabilidad pública
Cuando observamos los procesos que dependen de la autonomía —la actualización de los planes de estudio, la gestión de recursos, la elección de autoridades o el impulso de proyectos de investigación—, se vuelve evidente su impacto social.
En una idea, la autonomía es, en su sentido más profundo, la garantía de que ninguna voz será silenciada y de que las ideas pueden discutirse con libertad, madurez y rigor.
Es decir, solo se justifica cuando se convierte en un instrumento para cumplir su misión social: formar ciudadanos críticos, generar conocimiento que transforme realidades y aportar soluciones a los retos del país.
Defenderla no implica repetir su importancia, sino construir prácticas que la hagan operante, responsable y transparente. Solo así este principio seguirá siendo no solo una garantía institucional, sino un compromiso vivo con la sociedad a la que se debe la universidad.
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