Barco de cristal / ¿The Doors, el mejor disco de The Doors?
Y quizá ahí radique su verdadera vigencia en recordarnos que la música, cuando es auténtica, no adormece conciencias, sino que las despierta. Dijera Nietzsche: “Sin música, la vida sería un error”.
Facebook: Juan Carlos Jaimes
X: @jcarlosjaimes
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónA cincuenta y nueve años de su publicación, The Doors (1967) no envejece: se vuelve más incómodo, más profundo, más necesario. Hay discos que acompañan una época y hay otros (muy pocos) que la interpelan. El álbum debut de The Doors pertenece a esta última estirpe: no fue un producto del “verano del amor”, sino su reverso simbólico; no una postal luminosa del hippismo, sino una grieta abierta en su retórica de paz y flores.
Mientras la contracultura de los sesenta parecía embriagarse con la idea de armonía universal, The Doors irrumpió con una propuesta distinta: explorar el lado oscuro del deseo, de la mente, de la libertad misma. No es que Jim Morrison y compañía rechazaran el lema de “paz y amor”, es que se atrevieron a ir más allá, a preguntar qué ocurre cuando ese ideal se confronta con la muerte, el erotismo, el caos, la ruptura de los límites. Desde el primer acorde de “Break On Through”, el mensaje es claro: aquí no se viene a confortar, sino a atravesar.
El disco es una cartografía de extremos. “Backdoor Man” recupera el blues primigenio y lo vuelve amenaza; “Alabama Song” convierte la ironía etílica en una sátira inquietante; “End of the Night” y “The End” nos llevan a territorios donde la canción de rock deja de ser canción y se convierte en rito. Morrison no escribe para agradar sino escribe para incomodar, para seducir y expulsar al mismo tiempo. En sus letras aparecen piras funerarias, finales inevitables, amores ocultos, imágenes que dialogan más con la poesía maldita que con la música de moda.
Pero reducir The Doors a la oscuridad sería injusto. El álbum también contiene una concepción idealizada, casi platónica, del amor. “The Crystal Ship” es una declaración de belleza frágil; “Twentieth Century Fox” y “I Looked at You” muestran una faceta luminosa, juvenil, incluso romántica. Esa tensión entre luz y sombra es, precisamente, lo que hace del disco una obra completa, humana, contradictoria.
Mención aparte merece “Light My Fire”. No solo por su éxito (llegó al número uno en la radio estadounidense), sino por lo que significó para el rock psicodélico y para el rock mundial. El teclado de Ray Manzarek no acompaña, sino guía, hipnotiza, abre espacios sonoros inéditos. La canción es una puerta giratoria entre el jazz, el blues, la psicodelia y la poesía; la introducción de teclado de Manzarek es soberbia, lo que identifica este tema y la hace singular. Sin “Light My Fire”, el rock de finales de los sesenta habría sido otro, probablemente más predecible.
En lo personal, hay un tema que sobresale a pesar de no ser conocido comercialmente: “Take It as It Comes”. Ahí, el teclado de Manzarek vuelve a construir paraísos sonoros que no existían antes, mientras la voz de Morrison poética, seductora, profundamente carismática, nos recuerda que el tiempo, como la libertad, no se domina, se acepta. Fue escuchando este disco, por primera vez, cuando surgió una certeza difícil de explicar pero imposible de borrar: “este es el mejor disco que he escuchado”. Con los años, esa afirmación no se ha debilitado; al contrario, se ha confirmado. Ningún otro álbum ha logrado ocupar ese lugar, ni tampoco las obras discográficas debut de los Beatles, Queen o Pink Floyd consiguieron tener ese impacto inmediato como sí lo hizo The Doors.
“The End” es, quizá, la máxima expresión de lo que puede ser una canción de rock: poesía, trance, viaje interior. No es casual que Oliver Stone haya sabido capturar su dimensión mítica en The Doors (1991), con esa escena en el desierto atravesada por eclipses solares. “The End” no se escucha, se experimenta. Es un umbral.
El impacto del álbum fue inmediato. The Doors llegó al número dos de las listas de popularidad, frenado únicamente por Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles. Dos discos monumentales, dos visiones opuestas. Para muchos fans, ambos representan el punto más alto de sus respectivas discografías. Son, simbólicamente, el sol y la luna; la luz y la oscuridad coexistiendo en el verano de 1967, cuando el movimiento hippie alcanzaba su cúspide.
La portada del álbum refuerza esta lectura. El rostro de Jim Morrison domina la imagen, mientras los otros doors aparecen en un plano secundario, casi como una premonición: Morrison no solo sería el emblema del grupo, sino una figura central del rock mundial, un desafío permanente a la autoridad, un símbolo de libertad radical. Sin embargo, The Doors nunca fue un proyecto individual.
Ray Manzarek construyó un lenguaje propio al fusionar blues, música clásica y psicodelia desde el teclado; Robby Krieger aportó una guitarra de estilo singular, ajena a los clichés del rock de la época; John Densmore llevó la batería a terrenos jazzísticos y experimentales, demostrando una versatilidad que lo coloca, sin exagerar, por encima de bateristas mucho más celebrados, incluso de Ringo Starr. The Doors fue una conjunción irrepetible.
Cincuenta y nueve años después, la pregunta sigue abierta: ¿es The Doors el mejor disco de The Doors? Tal vez la respuesta dependa del oyente. Pero lo que resulta indiscutible es que se trata de uno de los mejores álbumes en la historia del rock, una obra que no se limita a sonar, sino que obliga a pensar, a sentir, a cruzar puertas que muchos prefieren mantener cerradas. No obstante, para nosotros, sí, es el mejor disco en la obra musical de The Doors.