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Culturasábado, 14 de julio de 2018

A su manera

Manantial

Mayta

Maullaba triste el gato que era de color gris. Esa mañana tenía el pelo raro, como seco, como sin vida, como si ni ganas tuvieran sus manitas, de limpiarse la cara y los bigotes, de asearse, se acercaba a la silla mecedora –ahora vacía-.

Misma mecedora donde su amo se pasaba largas horas del día leyendo, mirando la tele, acariciándolo, dándole de comer, platicándole, quedarse dormido escuchando en su viejo tocadiscos su cinta favorita: “A mi manera”.

Esta mañana estaba el animalito solo, echado a un lado de la silla, como si lo esperara. Se asomaban los primeros rayos de luz hacia la mecedora, buscando como siempre calentarlo, solo que a partir de esa mañana ya no estaría don José recibiéndolos.

De creer desde niño en el concepto de la familia, unida, inseparable, del concepto de escuela, de devoción, te titulas, trabajas, te casas y es para siempre, se le transformó en la visión de lo diferente. De que se pueden ver las cosas de otra forma.

-¿Y tú?- le decía José a la chica cuando hablaban de su futuro.

-¿Yo? Yo voy a continuar tío, ahora tú, luego otro, esto así es. Tú regrésate como lo quieres a tu patria, allá donde están tus raíces, llévate a la abuela que bien te quiere-. Fumaba Alicia e invitaba a José.

-Sí, quiero regresar, veré qué hay por allá–. Y cumplió. La despedida entre ellos fue simple, un “después nos vemos, me llamas”. Y adiós.

Entonces voló a México. Primero fue desempolvar la casa de sus padres, lo que se quedó por muchos años olvidado - al menos los últimos seis años - con la ayuda de la abuela guardaron en cajas y más cajas los recuerdos de lo que fue su familia.

-¿Trabajarás ya, hijo?- preguntó una tarde de hace casi cincuenta años la abuela.

-Sí, yo espero que pronto, para distraerme- contestó el entonces joven José. No hubo problema para encontrarle qué hacer, su apellido pesaba, las relaciones hechas por sus padres eran más que suficientes.

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