El cuadro completo
Críticas de esa gran noche, era lo único que le faltaba...
Mayta
-Faltan invitados muchachos- les gritó Naty desde la sala donde se apresuraba a poner música de fondo, aún faltaban por llegar el hermano mediano y su novia en turno, los abuelos maternos y la pareja más importante y exigente de la gran noche: la de los abuelos paternos.
Son justamente ellos quienes los tienen allí reunidos.
-Hola mis nietos, hola Naty, ¿dónde está ella? -, volteaba a un lado y otro con cierto cuidado el anciano de poco cabello blanco pero bien peinado, asistido por su enfermera que un rato y otro también le acerca la mascarilla que le ayuda con el oxígeno.
-Acá, vamos don Guillermo-, Naty salió de la cocina apresurando el paso para saludar a los viejos. La ceja levantada de doña Altagracia dejó entrever ese recelo característico de quien tolera pero no con agrado.
-Hijos saluden a sus abuelos-, llamó doña Altagracia a sus hijos que se divertían en la cocina colocando copas en charolas, jugueteando como en aquellos días de infancia.
-¡Abuelos!- corrió Bere a saludar a los cuatro abuelos que les sobreviven.
–Mi gran pintor-, estrechó fuertemente don Guillermo al nieto mayor. –Mi artista del pincel-, nunca faltaban los elogios a Memo, lo que lo confirmaba como el descendiente directo del patriarca.
-Naty abre la puerta, llegó mi hijo-, ordenó doña Altagracia, que saludaba atentamente a don Guillermo como siempre. Entró Diego, el segundo hermano estrenando novia ooootra vez.
Enfilaron hacia esa pared del fondo completamente iluminada. Se formó un semicírculo de adultos con los pequeños nietos sentados en la alfombra hasta adelante.
-Naty, ve a la cocina, ten listas las copas y los canapés-, ordenó doña Altagracia.
El abuelo, el patriarca de la familia que incluye a los débiles abuelos maternos miró a todos de reojo. Alzó el bastón y ordenó: -Memo aquí-, de inmediato el nieto consentido, el autor de la obra corrió a un lado del anciano.
Mientras hablaba, pausado, serio, orgulloso, miraba a todos, a cada uno, hasta Naty asomó la carita desde la cocina al escuchar tanta solemnidad del caballero:
-Es un regalo la vida, es un regalo tenernos, estar presentes, sabernos parte de una familia- seguía. Entonces miró la carita curiosa de la cocina y llamó:
-Naty, acércate-, voltearon a la cocina los presentes, sonreían, al fin y al cabo como desde el principio, la mujer ahí ha estado también, entre todos.
-No es nada más que reunirnos y agradecer su presencia en mi existencia. Que sea esto perenne, que permanezca, como la obra que ahora nos mostrará mi nieto-. E hizo el ademán a Memo para que descubriera la obra.
-Abuelos, padres, hermanos, sobrinos, aquí está plasmada nuestra familia, para que no nos olvidemos, para sabernos familia- dijo Memo antes y retiró con cuidado las cortinas de rojo satín hacia los lados de la obra.
Las palmas de todos estaban listas para la lluvia de aplausos, los ojos de todos puestos en la obra para mirarse. ¿Cómo me habrá pintado? Seguro se preguntaban.
No salieron las palmas tan rápido como se hubiese esperado. Si se escuchó una voz tenue: -Ahí estoy-, casi ni se escucharon aplausos.
-Hermanito, Memo, ibas a pintar el cuadro de la familia, ¿no?-, dijo Bere en voz alta a su hermano.
-Memo me explicas hijo-, gritó su madre. Era lo menos que esperaba Memo.
-Así no va, así no- siguió gritando ella que se resistía a mirar a su esposo.
Hubo silencio en los adultos, salvo por los ruidos del jugueteo de los bebés.
-Bien- no hay nada qué explicar, está más que claro ahí. El cuadro lo dice todo, no le falta y no le sobra nada, dijo Memo.
Naty corrió a apagar las luces que iluminaban esa obra. -¡No! No lo hagas Naty, préndelas hermana-, dijo Memo.























