Es día 7…
risas, lágrimas, fiebres, orgasmos e interminables horas de lectura
Reicelda Piña
Las miniaturas se insubordinan y se niegan a entrar en las cajas, las persigo por todos lados donde se esconden y algunas terminan divertidas detrás de los cuadros retadores con su larga existencia y sus magníficos colores.
Las guitarras sonríen, porque ellas sí saben su triunfal destino y guardan presurosas en sus estuches, para mejor momento, las notas que todavía no han sido compuestas.
Las altivas rosas del jardín han dado la espalda, ellas seguirán siendo siempre bellas, adornando la ventana, aunque no importa quién las mire a partir de ahora; y las comprendo, ellas son así, como la pequeña rosa del Principito.
Los recuerdos están todos fraccionados, cada uno se ha metido en una maleta distinta y tal vez algún día se reencuentren para hablar de su pasado.
El ciprés. El ciprés es otra cosa, solemne y estilizado como siempre, se sabe necesario en la esquina del antes verde jardín como digno representante de la lejana Toscana, rodeado de las encendidas bugambilias; no reclama nada, nada hay que reclamar.
¡Cuántas veces escuchó hablar que en la vida siempre hay que cerrar ciclos! Pues bien, los ciclos al final del día se obscurecen, se humedecen, se estiran, se aplastan, se pisan, se aman, se odia, pero, eso sí, siempre se acaban.
No es el caso de volvernos a ver, esta vez es para siempre.























