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Estimado lector: El año 2025 cerró como un periodo de transición profunda para el mundo. No fue un año de rupturas espectaculares, sino de ajustes constantes y silenciosos. La economía global logró sostenerse pese a presiones inflacionarias, conflictos prolongados y cadenas de suministro aún frágiles. Socialmente, las sociedades mostraron cansancio, pero también mayor conciencia sobre la necesidad de cambios estructurales. Políticamente, se reafirmó una verdad incómoda: la estabilidad ya no es un estado permanente, sino un equilibrio frágil que debe construirse todos los días.
En el plano internacional, 2025 confirmó la consolidación de un mundo multipolar. Las grandes potencias avanzaron con cautela, priorizando sus intereses internos, mientras que los países emergentes enfrentaron volatilidad financiera, endeudamiento y presiones externas. Los conflictos armados sin solución inmediata, la crisis climática y la disputa por recursos estratégicos marcaron la agenda global. La diplomacia avanzó, pero lentamente, y la desconfianza entre bloques siguió condicionando decisiones clave.
Por regiones, el cierre de 2025 mostró realidades contrastantes. América del Norte mantuvo dinamismo económico, aunque con tensiones políticas internas. Europa avanzó con crecimiento moderado, presionada por costos energéticos y desafíos sociales. Asia continuó siendo el motor productivo global, aunque enfrentó desaceleraciones puntuales. América Latina cerró con estabilidad frágil, marcada por desigualdad y ajustes fiscales, mientras África siguió luchando entre oportunidades demográficas y limitaciones estructurales.
En México, el cierre de 2025 reflejó contrastes evidentes. La economía mostró resiliencia gracias a las exportaciones, la industria y el consumo interno, aunque la inflación y la desigualdad continuaron afectando a amplios sectores. Socialmente, creció la exigencia de mejores servicios públicos, seguridad y oportunidades reales. En lo político, fue un año de evaluación ciudadana, donde aumentó la demanda de rendición de cuentas y disminuyó la tolerancia a discursos sin resultados concretos.
A nivel regional, el norte del país vivió un año de presiones particulares. La actividad industrial mantuvo dinamismo, pero se vio acompañada por retos en infraestructura, agua y movilidad laboral. El crecimiento fue desigual entre regiones, evidenciando la necesidad de planeación territorial y coordinación efectiva entre gobiernos. El cierre de 2025 dejó claro que el desarrollo regional no puede sostenerse sin visión de largo plazo.
En el estado de Durango, 2025 fue un año de avances moderados y expectativas contenidas. Se mantuvo cierta estabilidad económica, aunque persistieron desafíos en la generación de empleo mejor remunerado y en la atracción de inversiones estratégicas. Socialmente, las demandas en salud, educación y seguridad siguieron siendo prioritarias. Políticamente, el año cerró con una ciudadanía más atenta, crítica y exigente frente a sus autoridades.
En la capital del estado de Durango, el balance de 2025 fue particularmente revelador. Hubo avances en orden urbano y servicios básicos, pero también quedaron en evidencia problemas de crecimiento, movilidad y oportunidades para jóvenes. La vida social mostró resiliencia comunitaria, mientras que en lo político se consolidó una participación ciudadana más informada y vigilante, consciente de que el desarrollo local comienza en lo cotidiano.
Así, 2025 no cerró con certezas absolutas, sino con lecciones claras. El mundo, México y Durango entran a 2026 entendiendo que los retos no se resolverán con promesas, sino con trabajo constante, decisiones responsables y participación social activa. El año que terminó dejó preguntas; el que inicia exige respuestas. ¡Hasta la próxima!