EPISCOPEO
La palabra de Dios nos instruye hoy acerca de la oración de súplica, haciendo hincapié en la perseverancia con que hemos de orar al Señor.
No tanto porque de esa forma le importunemos hasta obligarlo a concedernos lo que le pedimos –como parece desprenderse a primera vista de la parábola del juez y la viuda–, cuanto porque, orando sin desfallecer, le damos a entender nuestra entera confianza en Él.
Nos propone dos lecciones: una tomada del libro del Éxodo y la otra es la parábola de Jesús sobre el juez y la viuda.
La primera lección se desprende del relato de la batalla que los amalecitas (enemigos tradicionales de Israel) plantean a los hebreos; ésta fue la primera oposición armada que Israel hubo de afrontar en su marcha hacia la tierra prometida.
De igual sencillez y expresividad es la enseñanza de Jesús en la parábola que se ha dado en llamar del juez inicuo y la viuda.
Puede parecer que Dios da largas a nuestras peticiones, pero no es por falta de interés, sino para que afiancemos nuestra confianza en Él, buscando en primer lugar el Reino de Dios y su justicia (esto ha de ser lo primero) y dejando en sus manos nuestros asuntos propios.
















