La liturgia del domingo de ramos se divide en dos partes, la primera, en una procesión con ramos, la segunda, con la lectura de la pasión.
lo que le venía encima sudó sangre de angustia; pero sus palabras expresan la grandeza de su ser: «Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Acompañemos a Jesús toda esta semana santa… Exsurge, levántate, toma tu cruz y síguelo.
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Iniciamos la Semana Santa con la procesión que rememora la entrada de Jesús en Jerusalén, donde fue recibido con alabanzas, gritos de júbilo, agitación de palmas y ramos de olivo. Iniciemos la Semana Santa también nosotros acompañando a Jesús. Bienvenidos a Exsurge, una reflexión de nuestra humanidad… desde Dios.
En la primera parte, el Evangelio de san Lucas nos describe esta entrada triunfal como la entronización de un rey en la capital de su reinado, pero le imprime un matiz sutil que nos invita a meditar en el modo en que Jesús ha de ejercer su gobierno. La muchedumbre gritaba: «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!». Se trata ciertamente de la entrada de un rey, que entra victorioso, entre la algarabía de sus seguidores; un rey que ha de traer «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Y aquí esta el matiz del evangelista. Estas palabras nos recuerdan a otras muy semejantes que los ángeles pronunciaron cuando anunciaron a los pastores el nacimiento del Mesías, «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres» (Lc 2,14). En ambas citas se habla de «gloria en las alturas», sin embargo, mientras que al inicio de la vida de Jesús los ángeles decían «paz en la tierra», ahora la muchedumbre aclama «paz en el cielo». El reinado que Jesús viene a inaugurar con su entrada en Jerusalén no es un gobierno terrenal, al estilo de los reyes poderosos de la tierra, que muchas veces se logra a través de insurrecciones y violencia, sino que viene a acercarnos a la patria celestial, donde Él se erige como gobernador supremo. Es un reinado que trasciende las categorías terrenales para elevarse a las celestiales y concedernos sus dones: paz, justicia, amor. Por eso, la entrada de Jesús en Jerusalén más que ser un acto terreno de júbilo, es una aclamación a Dios que, con el Misterio Pascual de Cristo, viene a inaugurar los tiempos nuevos, tiempos de redención universal. Justamente por eso aunque «los discípulos se callaran, las piedras gritarían». También nosotros acompañamos a Jesús, rey humilde y sencillo, montado en un burro, en esta subida hacia Jerusalén, no solo con nuestras aclamaciones de júbilo, tan tradicionales ya en la liturgia como lo son ¡Hosanna! (ayúdanos) o ¡Aleluya! (alaben a Dios), sino haciendo también nosotros una subida interior hacia el reconocimiento del reinado celestial de Jesús, homenajeándolo no solo con la agitación de nuestras palmas, sino con la reverencia jubilosa de nuestro corazón.
En la segunda parte, Liturgia de la Palabra nos traslada ahora a otro tono celebrativo: pasamos de los gritos jubilosos a la reverencia contemplativa de los sufrimientos redentores del Mesías. Y es que la liturgia nos lleva a lo que aconteció días después, su pasión y muerte.
Como en las obras musicales clásicas, nos movemos hoy entre lo alegre y lo sufrido, entre la gloria y los desprecios, entre lo grandioso y lo terrible. No cambiamos de partitura, es una misma obra en diferente ritmo. La vida misma se compone de estos elementos: se mueve entre lo sublime y lo ínfimo. Nos trasladamos de la alabanza con ramos al sufrimiento en la cruz. Ambos elementos están unidos y no hemos de desligarlos del acto salvífico, pues el mismo rey que entra jubiloso en Jerusalén está ahora agonizante clavado en una cruz a las afueras de Jerusalén. Y es que Jesús se hace hombre, y en consecuencia asume la condena divina que pesa en la humanidad por el pecado de Adán. Aún así, como Cristo no tenía pecado, asume intencionada, libre y espontáneamente, y no como castigo personal, la muerte que debe sufrir físicamente en su «existencia para la muerte». Como hombre es ante Dios «siervo».
Como portador de la naturaleza pecadora está «destinado a la muerte de los malditos»; como Hijo eterno, se mantiene libre en su entrega (cf. Jn 10,18). La existencia entera de Jesús fue cruz interiormente ya desde el principio, por eso, desde ahora [Domingo de Ramos] celebramos este acontecimiento doloroso que en sí mismo no tiene la última palabra, pero que es paso a la escritura de esta última palabra: la resurrección. Nos movemos, pues, en el relato central que oscila entre la gloria humana [aclamaciones con ramos] a la gloria celeste [aclamaciones al que ha de resucitar].
Y es aquí donde se sitúa el relato de la pasión según san Lucas, con sus propios matices: es menos duro que el de Marcos y Mateo. Aparecen personajes que se apiadan de Jesús, como las mujeres de Jerusalén o el «buen ladrón»; su grito antes de expirar no es el desgarrado «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado», sino el sereno «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Jesús recibe un reconocimiento póstumo de la boca del centurión, «verdaderamente éste era un hombre justo» y de la muchedumbre que volvía a sus casas lamentando lo que habían hecho con él. En fin, si bien a distancia «los conocidos y las mujeres» habían seguido los acontecimientos, no le habían dejado absolutamente solo. El momento quizás más duro fue el de la oración del huerto de Getsemaní, ante la inminencia de
Pero el significado último y profundo del relato evangélico no se encuentra en si Jesús fue más o menos golpeado o burlado, si derramó más o menos sangre, sino en que Jesucristo se encuentra reconciliando al mundo con Dios, sin pedirle cuenta de sus pecados (cf. 2Co 5,19s). La suciedad del pecado está siendo lavada con la pureza de la sangre del que es siempre puro. La suciedad del mundo es realmente absorbida, anulada, transformada mediante el dolor del amor infinito. El bien —en el hombre Jesús está el bien infinito— es siempre más grande que toda la masa del mal, por más que ésta sea terrible. Así, el misterio de la cruz no está simplemente ante nosotros, sino que nos afecta y da a nuestra vida un nuevo valor, somos redimidos, con su entrega somos salvados, el poder de su santidad supera toda nuestra insuficiencia.
La cruz es solidaridad: brazos extendidos que quieren abarcarlo todo. De esta manera, el sufrimiento vicario de Cristo no es exclusivo, sino inclusivo, su gesto incluyente solo puede ser un gesto que hace sufrir con él. Nosotros, en cuanto que somos cuerpo de Cristo, debemos sentirnos crucificados con Jesús. Cristo «muere mi muerte de pecado», mientras que en esta muerte yo alcanzo, más allá de mi mismo, la vida del amor de Dios. «No vivo yo, sino que Cristo viven en mí» (Ga 2,19-20), lo cual quiere decir «con Cristo estoy crucificado… Esta vida en la
carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. No anulo lagracia de Dios». Hacerse cristiano significa subirse a la cruz. Que llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal (2Co 4,10ss).
Por eso, esta celebración del Domingo de Ramos ha de ser una meditación de nuestra propia vida, en la que, dejando el júbilo de las cosas pasajeras y terrenales en las que a veces batimos palmas, nos subamos a la cruz de nuestra vida cotidiana en la que ofrecemos nuestros brazos abiertos a la ayuda de los demás, ofreciendo vida, y vida en abundancia. Hagámonos uno con Jesús que entra glorioso a Jerusalén y sale de esa misma ciudad cargando con su cruz, pero lo hace para la salvación del mundo. Sepamos también nosotros que no hemos venido para que nos sirvan, sino para servir y dar nuestra vida en rescate por muchos (cf. Mc 10,45).