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La ola conservadora que se expande en distintas partes del mundo no excluye a América Latina. En los últimos meses, la región ha experimentado el fortalecimiento de la derecha con distintos triunfos. Ecuador con la reelección del empresario pro-Trump Daniel Noboa, Bolivia con el salto del centrista Rodrigo Paz, Perú con la accidentada designación del conservador José Jerí como presidente, así como Argentina con la victoria parlamentaria para el ultraderechista-anarcocapitalista Javier Milei. A esta tendencia dentro del espectro político, buscan sumarse Chile y Honduras que sostuvieron elecciones presidenciales el 16 y 30 de noviembre, respectivamente, donde los candidatos conservadores registraron un categórico respaldo por la población, siendo la izquierda la gran perdedora. Esta situación no es menor ante el tambaleo diplomático que se ha producido entre Estados Unidos y otros países latinoamericanos como México, Brasil, Colombia o Venezuela en materia comercial, al igual que de seguridad, desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Por lo que la gradual fortaleza que ha ganado el conservadurismo al este del subcontinente puede extenderse a actores vecinos con el fin de ser mejor vistos por Washington.
Primeramente, vale la pena analizar los resultados electorales en Chile y Honduras. Si bien en el primer caso la candidata del oficialismo Jeannette Jara quedó en primer lugar, esta registró una preferencia tan baja que no sólo la obligará a participar en una segunda vuelta, sino que la diferencia porcentual con su opositor es muy estrecha. De acuerdo con el Servicio Electoral (Servel), existen 15.7 millones de personas habilitadas para votar, de las cuales participaron 13.4 millones, es decir, más del 85%. Con el 99% del escrutinio realizado, el Partido Comunista obtuvo el 26.85% de los votos, mientras que el Partido Republicano, con José Antonio Kast como candidato, el 23.92%. Los demás sufragios quedaron repartidos entre los 6 candidatos restantes. Por lo que con base en la tendencia observada, se prevé que el 14 de diciembre los votantes, sobre todo aquellos hombres jóvenes que participarán por primera vez, se decanten por el ultraderechista debido a su preocupación por el incremento en el costo de vida. Provocando que el Cono Sur se convierta paulatinamente en un bloque regional que muestra una preferencia por el tradicionalismo, así como por un modelo económico corporativista.
En esta misma línea, el ambiente electoral de Honduras se vio definido tanto por la derrota de la izquierda como por las irregularidades de la derecha. Luego de la expectativa producida por las encuestadoras que preveían el triunfo del oficialismo con Rixi Moncada como candidata, las elecciones terminaron siendo una disputa conservadora. De acuerdo con el Consejo Nacional Electoral (CNE), la población votante es de 6.5 millones de hondureños, de los cuales sólo participaron 3.7 millones, es decir, poco menos del 57%, registrando un abstencionismo del 43%. El oficialista Partido Libertad y Refundación cayó hasta el tercer lugar con apenas 19.61% de los votos, mientras que el conservador Partido Nacional (PN), al igual que el centrista Partido Liberal (PL), registró el 39% de los sufragios. Dicho empate “técnico” propició un clima de incertidumbre, así como denuncias del candidato Salvador Nasralla sobre una posible manipulación a favor de su oponente Nasry “Tito” Asfura, favorito de la Casa Blanca. El recuento ha tardado días y, hasta ahora, la votación la encabeza este último. Aunque el CNE llamó a la serenidad, esta situación puede alterar la confianza en la esfera política al interior y exterior.
Como consecuencia, el panorama político que presentan Chile y Honduras, sumados a los ejemplos de los otros países mencionados anteriormente, revela las preferencias políticas que algunos en América Latina son probables a presentar en las elecciones que se vayan celebrando en los próximos años. Especialmente si en Estados Unidos se sigue fortaleciendo la derecha ultranacionalista y corporativista. Por ello, los comicios de medio término que se llevarán a cabo en noviembre de 2026 son clave ya que, si el Partido Republicano vuelve a acaparar ambas Cámaras, se prevé que la tendencia electoral de los países latinoamericanos sea influenciada. En un contexto internacional donde Washington busca recuperar el liderazgo mundial, los gobiernos de la región prefieren encontrar un terreno en común mediante la ideología, así como en las concesiones de recursos naturales que le pueden ofrecer con el fin de no ser sujetos a aranceles. Es explicable, entonces, que los votantes se vean motivados a favorecer candidatos de derecha al ser la economía su mayor preocupación.
Asimismo, aunque dicha visión deja a la soberanía y autodeterminación de los países en desventaja frente a los intereses del extranjero, si la política exterior de Estados Unidos continúa siendo agresiva, es posible que aquellos en su esfera de influencia busquen alinearse. Si bien el comercio entre China y Latinoamérica ha crecido, siendo en muchos de los casos el mayor socio comercial como en Chile, resulta de interés nacional no encender las alarmas a la potencia norteamericana. Esto sobre todo en el marco de un discurso intervencionista por parte de su mandatario aludiendo a la presencia del crimen organizado en la región. De ahí que desde el año pasado se hayan comenzado a ver cada vez más perfiles políticos con una agenda conservadora. También cabe mencionar que, aunque las derechas son diferentes en cada uno de los países, en este momento existe un punto de encuentro: agradar al presidente Donald Trump para la mejora de la relación comercial en medio de una economía global altamente volátil por la formación de un nuevo internacionalismo. La derecha nunca ha sido la mejor opción, pero la dependencia que tienen los países del Sur Global al Norte hace posible que perfiles conservadores lleguen al poder si el Centro es suficientemente coercitivo con las periferias.