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Análisisdomingo, 1 de noviembre de 2020

Nuestros fieles difuntos

Orar por los vivos y por los difuntos es una obra de misericordia. De la misma manera que ayudaríamos en vida a sus cuerpos enfermos, así, después de muertos, debemos apiadarnos de ellos rezando por el descanso eterno de sus almas.

Según nuestra fe católica podemos ofrecer oraciones, sacrificios, misas e incluso ganar y aplicar la indulgencia olenaria por los muertos, para que sus almas sean purificadas de sus pecados y puedan gozar de la presencia divina.

El 2 de noviembre es el día en que nuestros cementerios y, sobre todo, nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos.

También se sugiere aprovechar este Día de Muertos para orar por las almas de los difuntos que ya nadie recuerda. Como cristianos, estamos llamados a testimoniar la fe en Cristo resucitado, primicia de una entera humanidad llamada a la vida que no termina.

La muerte es, sin duda, alguna la realidad más dolorosa, más misteriosa y, a la vez, más insoslayable de la condición humana. Como afirmara un célebre filósofo del siglo XX, “el hombre es un ser para la muerte”.

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