El espíritu del payaso urbano de Durango
De la cabeza le caían dos mechones gruesos de cabello sobre el rostro, tenía maquillaje deslavado y corrido hasta el cuello. En sus ojos no podía verse una expresión porque no los tenía
Alberto Serrato
Era viernes 13 del mes pasado y Víctor regresaba de hacer unos pagos mensuales. Estaba harto de los recargos de agua, de luz y ni se diga de los de las tiendas departamentales donde había comprado sus electrodomésticos luego de su divorcio, ocurrido en el verano del año pasado. Cruzó la calle Gómez Palacio sobre la acera de la calle Constitución.
Hoy Víctor sigue frente a los grupos universitarios, pero su rendimiento como docente ha bajado por los suelos, pues todas las noches tiene que beber como un desenfrenado y drogarse hasta las narices para seguir en la idea abrazadora de que ese payaso solo fue una alucinación.
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