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Culturadomingo, 1 de febrero de 2026

El congelador

Don Julián era un hombre flaco, encorvado, con una sonrisa amable, pero chueca y amarilla, caía bien, pero de ser un personaje, sería el vampiro de alguna película

Alberto Serrato

Los niños lo querían y eso es lo inquietante de este relato.

Don Julián puso uno de esos carteles de búsqueda en la vitrina de su tienda, uniéndose al dolor de la familia.

Luego desapareció otra niña. Después otro. Siempre niños pequeños. Siempre del mismo sector. Siempre sin ruido. La colonia entró en pánico, porque se hizo el rumor de que una banda de secuestradores del sur andaba en la ciudad.

Patrullas rondaban por las noches. Los padres ya no dejaban salir solos a sus hijos. Las misceláneas cerraban temprano. Todas… menos la de don Julián.

Él seguía abriendo a las seis y cada mañana parecía un poco más joven.

—¿Por qué cerró el congelador, don Julián? —preguntó.

El hombre lo miró un segundo de más.

—Ya no sirve como antes, ahora deja escapar mucho el frío, —respondió con una sonrisa normal y sin nerviosismo—.

Emiliano dibujó una sonrisa, sin entender y fue la última vez que alguien lo vio.

Esa noche, don Julián no durmió. No porque no pudiera, sino porque no quiso.

Apoyó la frente contra el metal.

De cada uno de ellos salían filamentos de hielo, hilos de energía que se extendían hacia el pecho de don Julián cuando abría el congelador. No eran helados, sino invadidos de energía, de risas, de miedos, de juegos y de sueños sin terminar.

Eso era lo que él se alimentaba. Energía vital de los niños.

No un demonio, ni una voz proveniente de otros planos… Fue más bien una sensación, una comprensión instantánea: la energía no muere si se congela a tiempo… solo espera para mudarse de cuerpo.

Cuando abrió el congelador horas después de haber salido por ayuda su hijo flotaba en el congelador y toda la energía del niño mudó al cuerpo de Don Julián.

Pasaron los años y cuando dejó de sentir esa fuerza y esa energía de juventud, sintió necesitar más y después de su primera víctima, se convirtió en una adicción.

La policía después de tantas investigaciones torpes y fallidas, decidió revisar la miscelánea cuando el sexto niño desapareció. Dos agentes entraron una mañana, fingiendo comprar café.

—¿le importa una revisión de rutina? —dijeron, mirándolo a los ojos.

Don Julián no se resistió. Los dejó pasar al fondo sin reparo. El candado del congelador brilló bajo la linterna.

Ahora don Julián luce más joven y fuerte que nunca.

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