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Culturadomingo, 8 de febrero de 2026

El que olvida

Un simple parpadeo le robó una hora entera de vida y al despertar tenía manchas oscuras en el cuello

Alberto Serrato

Se llamaba Alberto, tenía treinta y nueve años y escribía sus actividades como un anciano con demencia senil que teme perderse dentro de su propia casa.

Cerró su MacBook con las manos temblando. No se lo contó a nadie. Prefería pensar que aún tenía tiempo para mejorar la situación, pero el tiempo también empezó a fallarle de la misma manera que su memoria.

Una mañana despertó a las siete en punto. Miró el reloj. Parpadeó. Y de pronto eran las ocho con doce. No recordaba haberse levantado. No recordaba moverse. Solo un vacío oscuro entre dos instantes divididos por un solo parpadeo: por un segundo.

Mala memoria, mala percepción del tiempo y ahora venía la cereza del pastel: pesadillas.

Su vida venía traduciéndose a seis letras: MIERDA. Empezó a perder palabras. No olvidarlas. Perderlas como si ese mismo archivo mental siguiera depurándose solo bajo el influjo de un virus informático.

A lo lejos, una mujer gritaba. Corrió sin entender por qué.

Esa mañana leyó una nota breve en redes: una joven había sido encontrada inconsciente cerca del canal. Presentaba pérdida severa de sangre. Su estado era crítico; no decían posibles causas, solo detalles ambiguos.

Las pesadillas y declive continuaron; veía inviernos imposibles, guerras sin nombre, epidemias, pestes, inundaciones. Recordaba ciudades destruidas siglos atrás. Podía describir rituales que jamás había estudiado y hablaba lenguas que nunca había escuchado en su vida.

Comprendió lo impensable: no estaba perdiendo la memoria. Se la estaban sustituyendo.

Se alimentan de memoria humana para reconstruirse. Usan personas vivas como cáscaras. No entran de golpe. Desgastan. Borran. Implantan. Cuando el proceso termina, el cuerpo ya no pertenece a su dueño… pertenece al pasado y la mente vieja se vomita en el presente.

Ahora lo que vive dentro de Alberto busca historia. Busca memoria y busca alimentarse cuando ese cuerpo deje de servirle.

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