El motor que no debía esperar
La cajuela, entonces, emitió un leve crujido. Y cuando se abrió apenas lo suficiente, la luz de la luna dejó ver la cara de ese muerto...
Alberto Serrato
A las nueve de la noche, cuando el taller ya olía más prostíbulo que a gasolina, llevaron el coche siniestrado.
Era un sedán antiguo, de esos que existían de puro milagro, estaba aplastado del frente, seguro se había estampado en medio de una borrachera o le había caído un meteorito, si hubiese sido carro actor en una serie de ciencia ficción.
–Tiene que funcionar mañana, para llevarlo a reparación de hojalatería. Más vale que le eches ganas, van a pagar muy bien.
El taller estaba en silencio, apenas acompañado por una radio que emitía un noticiero vespertino, Manuel se secó las manos con un trapo negro de grasa, caminó alrededor del
para ser metal. El mecánico respiró hondo, el aroma le llegó más fuerte, casi como si la cajuela fuera una boca que lanzaba ese horrible olor a dulce.
Era un cadáver.
No había duda. Era un hombre de unos cincuenta años, con la camisa rota, la piel amoratada y los ojos entreabiertos y amarillos, como si en su última mirada hubieran estado
inyectados de sangre. Tenía el cuello torcido como un trapo y los hombros dislocados. Manuel retrocedió un paso, quiso hablar, pero el aire se le atoró en la garganta.
— No arregles ese carro —dijo el muerto.
Manuel se congeló porque la voz no salía de su boca. Era un eco que resonaba en el aire. El
viejo se sentó como un muñeco de utilería de película de terror antigua.
— No lo arregles —repitió—. No debes despertarlo. Yo lo hice y mírame.
Manuel apretó los dientes. Su cuerpo quería correr, pero sus piernas no obedecían y un temblor lo dejó ahí pasmado viendo como conversaba con un muerto.
— ¿Pero, ¿qué es esto? — logró murmurar.
— No preguntes —respondió el muerto—. Solo aléjate. Ese motor no debe volver a encenderse. Lo que me mata a las personas sigue ahí adentro. Está esperando otro cuerpo.
Otra sangre. Otra vida.
La cajuela tembló ligeramente y el hombre siguió mirándolo.
Manuel tragó saliva. El cadáver volvió a mover la boca, pero esta vez no salió ningún sonido. Solo se quedó mirando como
un maniquí. Manuel estaba a punto de hablar y el muerto se dejó caer a su posición original, la piel perdió el poco color que había recuperado y la cajuela dejó de vibrar.
El mecánico cerró la tapa de golpe y se apoyó en ella, intentando recuperar el aliento.
– Debí imaginarlo. Quizá es la cerveza. –Eso se repitió una y otra vez, como un mantra para no volverse loco. Y decidió trabajar.
Encendió la lámpara del taller, tomó la llave número quince y se inclinó sobre el motor destrozado. Tenía que checar si era posible echarlo a volar, limpiar conexiones y reemplazar
varias mangueras. Cada golpe de herramienta resonaba en el taller como campana de una vieja iglesia y mientras Manuel trabajaba lleno de miedo, el coche parecía resucitar. Se
sentía casi como un animal herido que recuperaba fuerza.
Cuando Manuel se dio cuenta de que no había daños de fondo en el motor y colocó la última manguera, el motor emitió un sonido que no había escuchado jamás. No era un ronquido
mecánico, ni un arranque cansado, era un gruñido, un grito, un alarido, un idioma de algún demonio, como si algo intentara salir de una garganta enorme y después de conectar la marcha desde afuera el motor arrancó.
Las aspas del ventilador comenzaron a girar de inmediato. Estaban filosas y viejas, pero funcionales. Giraron, giraron, giraron y giraron hasta convertirse en un disco mortífero que se alzó sobre el capo, hasta convertirse en un arma mortífera y fuera de este mundo.
—Qué demonios… —susurró Manuel, dando un paso atrás.
El coche pareció moverse y jalarlo como si tuviera brazos. Las llantas rechinaron, pero el coche nunca arrancó. Manuel retrocedió, pero su camisa se atoró con un borde de metal
expuesto. Intentó zafarse, pero el coche lo succionó y las aspas lo alcanzaron.
Primero le destruyeron la tela de la camisa, luego el cuello y después la cabeza. Manuel gritó, pero su voz quedó ahogada por el rugido del motor y el chillido del metal cortándole
la cabeza como la sierra de una carnicería. Las aspas lo hicieron pedazos con la facilidad de quien tritura un trozo de carne blanda. La sangre salpicó el cofre, el suelo y las paredes, y el motor siguió rugiendo como una bestia satisfecha.
Hubo un silencio total. El coche se apagó solo. Las luces del taller dejaron de parpadear.
Todo quedó inmóvil. El coche parecía sonreír bajo un maquillaje de sangre. La cajuela, entonces, emitió un leve crujido. Y cuando se abrió apenas lo suficiente, la luz de la luna dejó ver la cara de ese muerto sonriendo.


























