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Culturadomingo, 26 de octubre de 2025

La muerta que volvió a la vida

Nunca mires la fotografía de un muerto, porque no sabes si tienes el don de regresarlo a esta vida y tampoco sabes si tiene la intención de hacerte daño

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Alberto Serrato

Dicen que los muertos no regresan de las tumbas y quizá eso es muy cierto, pero también lo es el pensar en entidades que poseen la débil energía de los que ya no están para atormentar a los vivos. No sé si eso sea por gusto, por reglas de la naturaleza o por una guerra entre el bien y el mal.

El sol de otoño bañaba gran parte del parque donde Julián se la pasaba jugando después de terminar sus tareas de cuarto grado. Esa tarde se había quedado en los columpios aledaños a su fraccionamiento y lo había hecho en soledad porque su amigo Gerardo había sido castigado debido a las malas bromas hechas en la escuela.

Era 30 de octubre y ya podía respirar el olor a Halloween y sobre todo a su mente llegaba otro aroma que desde más pequeño aún, le preocupaba más: el aroma del día de muertos.

Nunca se había imaginado en realidad cómo luciría un muerto hasta que sus propios ojos lo llevaron a la locura, porque te imaginarás este relato folclórico y lleno de tradición, pero lo que ocurrió te dejará sin ganas de recordar a los muertos e incluso sentirás un deseo de matar la tradición.

Julián caminó por la acera conducente a su casa. Vivía en una colonia no muy vieja, pero sí con los tintes que dibujan las formas de vida en México y tintes me refiero a estructuras sólidas y tonos coloridos en las casas. Unas lilas, otras amarillas, unas muy verdes y otras cuantas sin color y solo recubiertas de cemento.

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Hubo una que a pesar de ya haber visto con anterioridad nunca le había llamado la atención, quizá porque un año atrás no lo dejaban salir solo al parque y porque días antes no estaba montado en el pórtico un altar casi tan triste como el día del entierro de ese difunto homenajeado.

Frente a la fotografía había una vela montada sobre un plato de peltre que se derretía sobre sí misma. Cada gota parecía respirar. Julián se quedó mirando el fuego como si aquel parpadeo de luz le hablara. La llama se movía extraño, no por el viento —porque el aire estaba inmóvil— sino porque alguien le estaba soplando.

El niño sintió una corriente fría, un aire pesado que olía a flores marchitas y tierra recién removida. Las luces de la calle parpadearon y el entorno perdió color.

Todo parecía suspendido en una neblina espesa. Y entonces lo oyó. Un susurro casi imperceptible, como una voz húmeda llamando su nombre.

—Julián... El niño dio un paso atrás, pero el cuerpo no le obedeció.

—Julián... —repitió la voz, ahora más cerca, más tibia.

—Me viste... ahora no puedo volver sola.

No todos los muertos esperan ser recordados. Algunos, simplemente esperan que los mires.

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