Tras el vómito escolar fue suspendida una semana y en casa inició el verdadero infierno.
Al alejarse por la calle, la madre sintió por primera vez algo parecido al alivio. El aire fresco la hizo sentirse viva y lejana al olor del encierro. Miró por encima del hombro y no vio a la pequeña asomarse por la ventana. Fue la última vez que vio a su hija.
La niña se detuvo frente al espejo del recibidor. Su reflejo sonrió primero. —Ahora sí —dijo la voz ronca—, a trabajar, Lucía, ahora somos uno mismo.
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Nadie creyó a la maestra, ni a la madre. Hasta que Lucía empezó a sonreírle a su reflejo y este respondió primero / Ilustración generada con IA bajo la dirección de Alberto Serrato. Esta imagen no representa un hecho real
La maestra estaba explicando las fracciones matemáticas cuando Lucía de apenas ocho años, levantó la mano. Llevaba uniforme bien puesto y trenzas apretadas, inocente para cualquier persona. —Dime, Lucía —dijo la maestra sin mayor interés. La niña se puso de pie despacio y sonrió dejando de lado ese aspecto benévolo. —La sangre se divide mejor cuando está tibia, maestra, fría se pega a las uñas. Hubo silencio y solo dos niños rieron nerviosos. La maestra se quedó con el plumón a la mitad del pizarrón y exclamó en tono duro: —Lucía, eso no tiene gracia. —La niña inclinó la cabeza y dijo: —No es chiste. Es que usted la esconde muy mal debajo de la cama cuando se toca en sus días. La maestra se puso blanca. Lucía volvió a sentarse como si hubiera preguntado la hora. En la última fila, un niño salió corriendo como si hubiese visto algo detrás de Lucía y la maestra dio por terminada la clase. Los días siguientes fueron peores.
Lucía interrumpía las clases con palabras que no usaba en casa, insultos densos y palabras pervertidas y fuera de contexto escolar. Hacía dibujos en la parte de atrás de las hojas: personas colgadas de árboles, ojos huecos, perros abiertos del vientre. Escribía nombres de compañeros acompañados de sentencias sacadas de los peores libros gore. Una vez se metió dos dedos a la garganta y vomitó sus cuadernos en la clase de geografía.
Ese día la citaron con la directora. —La niña ha estado diciendo obscenidades frente al grupo, burlándose de cosas privadas del personal y ahora se vomitó a propósito en sus cuadernos. La madre no reconoció a su hija en esos trazos agresivos, esas figuras de cuerpos doblados y en esas malas acciones. —Lucía —susurró—, ¿de dónde sacas esto? La niña, sentada afuera, miraba por la ventana. Uno de los dibujos estaba exactamente en la misma posición que ella. —No sé —dijo después, encogiéndose de hombros—. Solo me las pasan.
La madre la castigó de inmediato y cuando la niña subió para iniciar labores de aseo, las luces parpadearon. Los focos del pasillo zumbaron más de la cuenta. No era la primera vez que chispeaban, pero esa vez en cada parpadeo hubo una carcajada siniestra y gutural. La madre creyó haberlo imaginado y se quedó en silencio hirviendo agua en la estufa. La flama se alargó y pareció estar viva como si fuese un genio dudando en salir del quemador de la estufa.
Lucía estaba en la escalera mirando y manipulando la flama a distancia con un ademán idéntico al de un mago de la televisión. —Lucía. La niña no reaccionó. —No quiero ir a la escuela —dijo—. Dicen que lo que digo es feo, mejor me quedo en casa. —Lo que dices está mal —dijo la madre—. No puedes hablar así de la maestra, ni de nadie, además no puedes estar vomitando a propósito, es asqueroso. La niña alzó ambos brazos y de la estufa nació una flama tan grande como el inicio de una explosión.
Su madre pegó un grito, después un llanto y corrió hasta la sala con los ojos tan abiertos como dos pozos sin un fondo a tocar. —Él dice que te asustas muy fácil —susurró Lucía, se dio la media vuelta y se fue a su cuarto. Las noches se volvieron un sitio hostil. Lucía caminaba en su cuarto cuando el reloj marcaba las 3:00 am arrastrando los pies, susurrando maldiciones y obscenidades. La madre fingía dormir, pero en realidad oraba a un Dios que poco a poco la abandonaba. —Sé cuándo no duermes, perra, no me quieras engañar por ser una niña.
Ese fue el pan de cada día para la pobre mujer durante el castigo escolar: platos movidos, cubiertos que tintineaban solos. La madre bajaba y todo estaba en orden, a excepción de su mente cada día más desorganizada y confundida. Una ocasión encontró las sillas apoyadas contra la mesa con las patas hacia arriba, como insectos muertos, apiladas en forma de cruz invertida.
En otra encontró a la niña parada frente al refrigerador abierto, pegándose contra la esquina del congelador, reventándose la frente. —¿Qué haces, Luz? —Tengo hambre. Quiero tragar sangre —decía mientras sonreía con los dientes rojos y babeantes. La madre la abrazó sin temerle y buscó explicaciones. Google, foros, “conducta rara en niños”. Intentó con psicólogo, psiquiatra, maestros, amigos. Nada fue suficiente. Cada vez que pensaba en llevarla con alguien, habló con el padre de Lucía y sugirió en tono de burla y más borracho que su puto padre, que la llevaran con un sacerdote y se dejarán de joderlo, porque estaba en una fiesta importante. Colgó el teléfono y dejó en manos del mal a su hija y a la pobre mujer.
Los tres días de suspensión escolar se sintieron más que tres años. La casa apestaba a una vibra maligna distinta y la niña parecía un animal salvaje. Las plantas del pasillo se secaron como si hubiesen sido rociadas por pesticida. La televisión se encendía sola y toda la comida se pudría en un día. Una tarde, la madre alzó la voz. —¡Ya basta! ¡No voy a permitir más esto! Lucía estaba sentada a la mesa, moviendo un vaso vacío con un dedo. Se quedó quieta. —¿Le estás hablando a quién? —preguntó la niña que por un momento pareció un cadáver. —A ti. —Entonces dime bien —dijo una voz más grave, más gastada que la de una niña de ocho años. La madre se persignó y cerró los ojos. Los cubiertos vibraron.
El grifo empezó a gotear petróleo y ella corrió al baño para sentirse protegida. Del otro lado de la puerta, la niña apoyó la mejilla. —Si sigues llorando, así como una puta llorona, lo vas a hacer más fuerte —susurró—. Le gusta la gente débil. La mujer se quedó dormida y cuando despertó el sol entraba por la ventana de la regadera y la niña estaba dormida en la sala como si nada hubiese pasado.
El teléfono celular sonó, era la directora de la escuela: —Señora, necesitamos que venga a firmar unos papeles. La conducta de Lucía es un riesgo y decidimos que por ahora no podemos permitir su regreso. La madre maldijo a la directora y colgó; colocó el celular en un charco acumulado en la regadera y miró alrededor. Estaba atrapada y no solo en un baño sino en una maldición sin salida.
Miró a Lucía en la sala. Estaba viendo el televisor con la inocencia de siempre, por un momento todo pareció normal y quiso correr a abrazarla, pero se detuvo en la entrada del baño. —Voy a salir un momento —dijo, con la voz temblorosa. Lucía solo inclinó la cabeza como un muñeco sin batería. —No me dejes sola. La madre tragó saliva. —Son veinte minutos. —Si me dejas sola —dijo la niña con calma—, cuando vuelvas ya no voy a ser yo. La mujer la miró, cansada, rota, con algo parecido a rabia. —Lucía, ya por favor. —La niña cerró los ojos.
Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas limpias e inocentes. —Mamá, tengo miedo —dijo con su voz más pura—. No quiero que se quede conmigo. La madre casi se rinde, pero necesitaba salir de casa en ese instante. —No va a pasar nada. Vuelvo rápido. No le abras a nadie. La niña la vio salir.