Dicen que los fantasmas son demonios malignos, pero no sé si este demonio nos salvó de morir calcinados o solo me arrastró a una maldición más larga y dolorosa.
“No duerman en el cuarto del pasillo”.
Me tumbé en la cama. Apagué el televisor aún montado sobre unas cajas llenas de ropa y antes de dormir, el celular vibró otra vez: —Yo vivía aquí. Escribí: —¿Cómo te llamas? —Alma. Tengo 10.
Volvió a vibrar el celular. —No les digas todavía, guárdame el secreto, no morirán calcinados.
Hizo una pausa, por si queríamos preguntar algo más. No lo hicimos. Al irse, me guiñó un ojo. No supe si era complicidad o amenaza.
Yo te salvé, ahora te toca salvarme a mí, si no lo haces te encontraré…
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El miedo y la superstición se entrelazan con el misterio de un incendio pasado / Ilustración generada con IA bajo la dirección de Alberto Serrato. Esta imagen no representa un hecho real
Llegamos un martes 13. Hoy entiendo por qué no era buen día para una mudanza. El casero nos entregó las llaves con la mirada clavada en el piso, como si allí hubiera un insecto importante. Mamá firmó sin leer por segunda vez; papá dijo que por fin dormiría sin escuchar los camiones que pasaban a las cinco de la mañana por la avenida 20 de noviembre; yo pensaba con cierta ilusión en la ventana nueva que me habían prometido para ver el Cerro de los Remedios.
Llegamos en el Volkswagen de mi papá y detrás se dejaba ver la camioneta de tres toneladas con la palabra “Mudanzas” en el cofre. El carro exhaló y las puertas golpearon con un eco. Nos bajamos en medio de un atardecer rojizo con nubes cargadas de agua. Todos miramos la casa con cierta ilusión, pero en el fondo era un terror que nadie quería expresar.
Al entrar, un olor a cloro paseó en nuestras narices, pero por debajo, olía a algo lleno de maldad que no conocíamos; era un olor viejo, pegado a los marcos de las puertas, a la tarja, al apagador del pasillo. Si te quedabas un momento, sin mover el aire, podías escuchar la palabra que nadie de la familia que en esa casa vivió quiso decir antes de morir: Incendio.
—Se pintó todo —aseguró el agente de ventas, enseñando los dientes chuecos—. Y se cambió el bóiler. Todo al cien. Solamente por favor, no sobrecarguen contactos, aunque los niveles de voltaje trabajan normales. Papá apretó el contrato de renta como si fuera un valioso pergamino. Traía todavía el uniforme de la farmacia donde trabajaba, con la pluma azul en la bolsa del pecho con la que tachaba las recetas médicas. —¿Por qué tan barata la renta? —preguntó mamá, suave. El casero se puso nervioso, tragó saliva y se acomodó el nudo de la corbata, para luego abrir la boca: —Durango es generoso, como mi jefe, además de… pues ya sabe, remates de temporada y se quedó callado. Nunca fue sincero ni dijo nada sobre la familia muerta quince años atrás en un incendio y qué bueno, porque tampoco lo necesitábamos.
Esa noche, mientras acomodábamos platos y los muebles en la cocina, una mosca grande que parecía un abejorro se estrelló tres veces contra la ventana, luego cayó a mis pies con un siseo moribundo. Saqué el celular del bolsillo para tomarle una foto: la mosca era brillante como si fuera de metal. Después entró una llamada: era un mensaje de número desconocido.
Miré el mensaje con los ojos tan abiertos como si me hubieran clavado un cuchillo en el brazo. Lo borré. No quería asustar ni dar explicaciones antes de la cena. Ya en la cena, papá habló de ilusiones, de planes y de crecimiento familiar. Se paró de la mesa, echó un vistazo a toda la cocina, abrió el horno “solo para ver”, lo cerró, tocó el botón del encendido, no pasó nada. Dijo que revisaría las conexiones de gas. Mamá envolvió las tortillas en un trapo y las metió al refrigerador. Yo me fui al cuarto para disfrutar mi ventana con vista al cerro. La calle parecía más oscura que el armario de ese cuarto y el reflejo dejaba ver mi rostro deformado y difuso.
Sentí ganas de orinarme. Mi mano estaba temblando y lo dejé boca abajo en el buró. La noche escupió terror desde la calle y la casa lanzó los sonidos que hacen las casas embrujadas de película: los tubos, el viento en el techo, el roce de una rama en la barda. No supe hasta qué hora quedé dormida, pero el cansancio me tumbó. No soñé nada, solo me quedé perdida.
Por la mañana, cuando abrí los ojos, tuve la sensación de estar en la vieja casa del centro, pero cuando desperté bien, recordé la mudanza y a mi papá lleno de ilusiones. Bajé a la cocina para hacerme un cereal. Los pisos crujían como gemidos de un anciano y ese olor extraño predominaba y poco a poco se convertía en otro rancio y putrefacto.
Me senté en el comedor y me fijé por casualidad en uno de los muros de la cocina. La pintura recién aplicada por la inmobiliaria, estaba descarapelada, parecía un mapa en tercera dimensión. Los relieves me tentaron y metí la uña para estirar uno. La costra se abrió y debajo asomó una veta oscura, parecían restos de hollín atrapado en las capas de pared. Era la revelación de aquel horrible incendio.
Guardé el teléfono como el secreto de ese remitente misterioso. Mis papás bajaron a desayunar. En el noticiero dijeron que se venía una tarde de viento. Ellos vieron mi cara de preocupación, pero les dije que solo era el cambio de casa. Ese viento se convirtió en tormenta y después del desayuno y de bañarnos nos acostamos los tres a ver películas. Duramos cuarenta minutos viendo “El Titanic” hasta que el timbre interrumpió el momento familiar. Mi mamá se levantó para ver quién era. Los dos la seguimos.
—Les traigo unas gelatinas como bienvenida, soy la señora Rodríguez, vivo a unas cuantas casas y vi el camión de la mudanza, pensé que sería buena idea traerles el presente. —Muchas gracias, señora Rodríguez. —La basura pasa los lunes, los miércoles y los sábados. Aquí es buen vecindario, las casas son cómodas… ah, y una cosa, no prendan el bóiler sin abrir antes la ventana. Los espacios son cerrados y no falta…
Todos nos sentimos incómodos con la visita de la mujer, ya no vimos cómo Rose flotaba en una tabla mientras Jack se moría congelado. Mi mamá tomó una siesta en su cuarto, yo me quedé en la cocina jugando con mi Tablet y papá se sentó frente a un espejo, viendo sus ojeras como si no hubiese dormido en años. Luego se puso a arreglar detalles de la casa para aminorar el cansancio mental.
—El bóiler ya quedó —dijo—. Nomas no le suban todo cuando se bañen y hay que abrir ventanas, como dijo la vieja esa. Llegó la noche, nos fuimos a dormir y a las cuatro de la madrugada, algo cerca del bóiler hizo un clic. No le tomé tanta importancia y casi cuando me quedaba dormida, el celular vibró de nuevo en mi estómago. —No prendan ese bóiler, báñense con agua fría… ya me voy porque él escucha mejor cuando todos se duermen y me puede atrapar.
Tragué saliva y ya no pude dormir. Me levanté a tomar agua. La descarapelada en la cocina era más grande, coloqué una silla para verla más de cerca y cuando me di la vuelta, papá estaba sentado en el borde del sillón del comedor, con los ojos abiertos y llenos de insomnio. —¿No puedes dormir? —pregunté. —El cuerpo se acostumbra al ruido de la farmacia —dijo, sin verme—. Cuando no hay ruido, el cerebro hace lo suyo y cuando hay silencio también. Le di un beso en la mejilla y regresé a mi cuarto con la sensación de que el autor de los mensajes en WhatsApp me observaba.
Cuando desperté, había un link en mi bandeja de mensajes. Lo abrí y me mandó a una nota periodística antigua: “Niña muere calcinada en explosión de vivienda cerca del cerro de los remedios”. —¿Fuiste la niña de la noticia? ¿Sí estás muerta? —Escribí varias cosas y las borré. Al final, solo puse: —Lo siento. Me respondieron con otra cosa. —No duerman en el cuarto del pasillo. El fuego empieza hoy. Lárguense de ahí. Ya no soporté el miedo y le conté a mamá. Ese día ella se aferró a sacarnos de la casa, porque también había visto cosas que nunca ha querido contarnos. Nos fuimos con mi abuelita. Nuestras cosas siguen ahí en esa casa, mi papá no quiere recogerlas porque cree que ya están tocadas por una maldición y hasta hoy me siguen llegando mensajes que dicen: