El Hombre Mono
Dos gemelos vivieron una aterradora experiencia durante su niñez en un pueblo
Alberto Serrato
Este bizarro y corto relato ocurrió cuando Alex tenía alrededor de seis años. Hoy, con 29, aún recuerda aquel evento como si hubiese sucedido ayer y no quiere volver a ese sitio pues teme encontrarse a ese monstruo.
Después de pasar días tranquilos en Durango y divertirse como locos, brincaron a visitar a la hermana de su bisabuela conocida como la “Tía Jesusa”. Ella vivía con su esposo en una casa muy antigua, ubicada en un pequeño pueblo entre Durango y Zacatecas llamado El Calabazal, a unos quince minutos de Vicente Guerrero.
Aquel día, en medio de una persecución a la más vieja de las gallinas, Ulises se detuvo en seco. Se quedó petrificado. Sus oídos percibieron un zumbido de baja frecuencia y el sonido de su corazón a un ritmo lento y desigual. Sus ojos quedaron clavados en las pequeñas cabañas de adobe que había al final del terreno.
El miedo lo paralizó. La figura desapareció en la oscuridad de la ventana y, segundos después, reapareció de pie en la entrada de la cabaña.
Al llegar a la casa de la Tía Jesusa, Alex vio los cuadros de la viejecita. Todos estaban inertes y polvosos. Solo uno carecía de un elemento: el mono posado en medio de un paisaje colorido y aterrador.
Entre jadeos ambos contaron lo sucedido: “¡Vimos a un hombre-mono ahí atrás!”.
La reacción de la familia fue de risa. La tía, incluso, señaló el retrato del chimpancé en la pared, como si esa fuera la respuesta a la broma infantil y, para mala suerte de Alex, cuando todos miraron el cuadro, el mono estaba ahí como si nunca se hubiera ido del retrato.
Nadie salió a investigar, y la historia se diluyó en carcajadas. Con los años, el recuerdo nunca se apagó. Ahora, de adulto, Alex se pregunta qué habría hecho si ese ser apareciera nuevamente frente a él. Quizá reaccionaría con el mismo miedo o lo enfrentaría.




























