Mi vecino es un nahual
La calle parece igual, pero alguien observa desde la azotea con ojos que no son del todo humanos
Alberto Serrato
Mi vecino es un nahual. Antes de poder decirlo con esta seguridad lo sospeché durante semanas, tal vez desde mucho antes, cuando todavía tenía a mi gato Salomón y la rutina de la cuadra era más repetitiva que el Canal 5 de la televisión abierta.
Era negro, con un mechón blanco bajo el mentón. Dormía hecho un anillo tibio contra mis costillas, y me despertaba empujándome con la cabeza para que abriera la ventana cada vez que me quedaba dormido a media escritura de cualquier relato de horror.
El día que desapareció, la calle estaba llena de neblina y horror. Era jueves.
Cuando volví de echar vistazo en la soledad de las calles, Salomón seguía ausente. Llamé su nombre con esa vergüenza que me entra cuando siento que los vecinos podrían oír el amor que se me escapa por la boca, ese tono minúsculo y ridículo que uso al hablarle:
––Salomón, ven, mi amor, ya, ven.
Bajé. Salí de nueva cuenta. Toqué el timbre de la casa del viejo porque en ese momento pensé que Salomón podía haberse colado con los demás gatos. Tocar el timbre de un vecino religioso te obliga a una postura decorosa y un tono de voz fingido:
––“Buenas noches, don Cuco, disculpe la molestia”.
—¿Se le perdió su gatito, mijo? —me preguntó. No demostré incomodidad ante su forma de hablarme.
—Sí, señor, mi gato, el negro con un mechoncito blanco aquí —me toqué la garganta.
—Por aquí no lo he visto. Si entra, yo mismo se lo llevo —me dijo, y por un segundo sentí una burla grande. Detrás del viejo dejó verse una sombra que desapareció al topar con la pared de adobe.
No grité porque había algo que me pedía quedarme. Es la parte enferma de mí, la que escribe en secreto para sí misma.
En los días que siguieron, no pude dejar de espiar… Esto es largo, lo dejamos para el siguiente domingo.
Me convertí en un zombi por estar viendo todos los días las mutaciones de don Cuco.
—Dios nos guarda, mijo —me decía—. Pero hay que saber guardarse uno también y saber hasta dónde llegan nuestros ojos.
Yo asentía. “Sí, don Cuco”. Me tocaba el pecho por reflejo y me entraba un escalofrío que no nacía de la fe, sino del recuerdo de sus facciones horribles y su columna lista para cambiar a las formas de un gato mal hecho.
—Édgar.
Sentí que el nombre me pesaba en los hombros. Me encorvé. La azotea pareció un precipicio. Es muy raro oír tu nombre desde una boca ajena. Y lo más raro es sentir que esa boca ajena es de un animal.
Volví a mi cuarto y cerré la puerta con llave. Esa noche, más que miedo, tuve una sensación de sentencia, como si mi hora estuviera marcada. No me atreví a llamar a la policía y de haberlo hecho, hubiese sido lo mismo.
—¿Encontraste a tu animalito? —me dijo. Y lo dijo con tal ternura que casi me quebró.
—No, don Cuco —logré decir.
—A veces se van. A veces vuelven. A veces no vuelven, pero se quedan cerca —comentó, mirando hacia su patio.
—¿Cerca cómo?
—Como sombra.
Empecé a anotar lo que había visto: la sal, el círculo, el cuchillo, el movimiento de la columna, los rezos. El nombre dicho en la oscuridad con mi gato sacrificado al aire.
Él se acercó un poco más a mí. La luz de la calle lo dejó ver como una figura de cartón. Tenía ojos de viejo cansado. Tenía, también, una mirada profunda y conocida: era la de mi gato Salomón.
—No es pecado cambiar de piel —dijo—. Pecado es no hacerlo cuando tienes el don.
—¿Usted...? —me atreví.
—¿Yo qué, pendejo? —sonrió.
—Usted es mi gato —dije, y él lanzó un maullido que crujió como una rama.
No quiero que esto termine con una persecución, con gritos ni con sangre. Tampoco con moraleja. Quiero dejar dicho que ese hombre se convertía en mi gato, mas no sé si mi pobre mascota ha muerto o ese maldito la usa para encarnar en la forma de mi buen amigo Salomón.





























