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Culturadomingo, 21 de septiembre de 2025

Mi vecino es un nahual

La calle parece igual, pero alguien observa desde la azotea con ojos que no son del todo humanos

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Alberto Serrato

Mi vecino es un nahual. Antes de poder decirlo con esta seguridad lo sospeché durante semanas, tal vez desde mucho antes, cuando todavía tenía a mi gato Salomón y la rutina de la cuadra era más repetitiva que el Canal 5 de la televisión abierta.

Era negro, con un mechón blanco bajo el mentón. Dormía hecho un anillo tibio contra mis costillas, y me despertaba empujándome con la cabeza para que abriera la ventana cada vez que me quedaba dormido a media escritura de cualquier relato de horror.

El día que desapareció, la calle estaba llena de neblina y horror. Era jueves.

Cuando volví de echar vistazo en la soledad de las calles, Salomón seguía ausente. Llamé su nombre con esa vergüenza que me entra cuando siento que los vecinos podrían oír el amor que se me escapa por la boca, ese tono minúsculo y ridículo que uso al hablarle:

––Salomón, ven, mi amor, ya, ven.

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Bajé. Salí de nueva cuenta. Toqué el timbre de la casa del viejo porque en ese momento pensé que Salomón podía haberse colado con los demás gatos. Tocar el timbre de un vecino religioso te obliga a una postura decorosa y un tono de voz fingido:

––“Buenas noches, don Cuco, disculpe la molestia”.

El viejo apareció con su sonrisa desdentada y la mirada humilde debajo de las pestañas. Llevaba una camisa blanca con el cuello apretado y una cruz de madera clavándole el centro del pecho. Por detrás, se asomó una peste a humedad y a orines de gato, y a algo dulce parecido a inciensos.

—¿Se le perdió su gatito, mijo? —me preguntó. No demostré incomodidad ante su forma de hablarme.

—Sí, señor, mi gato, el negro con un mechoncito blanco aquí —me toqué la garganta.

—Por aquí no lo he visto. Si entra, yo mismo se lo llevo —me dijo, y por un segundo sentí una burla grande. Detrás del viejo dejó verse una sombra que desapareció al topar con la pared de adobe.

El primer ritual lo vi al segundo día de la ausencia de Salomón. Fue por accidente: yo subí a la azotea con la lámpara del celular para revisar si se había quedado encerrado en alguna losa, entre láminas y ollas de agua. Le puse atún a ver si regresaba, pero era inútil, no regresaba.

La azotea de mi casa se pega a la barda con la de don Cuco y entre los dos techos hay un hueco tejido por décadas de polvo y ramas. Me asomé sobre el borde, así, como quien mete la nariz en un misterio. Sentí el frío en la cara, como si la hubiese metido al congelador y miré de nuevo a su patio trasero.

No grité porque había algo que me pedía quedarme. Es la parte enferma de mí, la que escribe en secreto para sí misma.

—En tu nombre que no digo, en tu sangre que no nombro, en tu cuerpo que es puente y en tu sombra que cubre, yo me enderezo —dijo en un tono que no era el de un rezandero de novena, era un tono aprendido en otro lado, en algún lugar donde la gente hace pactos con ellos mismos para dejar de ser por un rato.

El viejo, o lo que era ahora, levantó la cabeza. Hizo un movimiento breve, casi una inclinación de saludo, y los gatos se apartaron. Después, se levantó. Caminó alrededor del círculo con una lentitud respetuosa y salió del patio, sin tocar la sal. Yo no supe si retroceder o mirar más. Elegí mirar más, pero solo pude ver oscuridad.

En los días que siguieron, no pude dejar de espiar… Esto es largo, lo dejamos para el siguiente domingo.

Me convertí en un zombi por estar viendo todos los días las mutaciones de don Cuco.

—Dios nos guarda, mijo —me decía—. Pero hay que saber guardarse uno también y saber hasta dónde llegan nuestros ojos.

Yo asentía. “Sí, don Cuco”. Me tocaba el pecho por reflejo y me entraba un escalofrío que no nacía de la fe, sino del recuerdo de sus facciones horribles y su columna lista para cambiar a las formas de un gato mal hecho.

Esa noche, sin embargo, lo escuché. No fue en la mesa, ni en el cajón. Fue en la azotea. El cascabel sonó con esa ternura que era de él. Me subí descalzo con los nervios de punta. Crucé la azotea a tientas, con el corazón alborotado como un pájaro atrapado en una caja de madera.

No lo había dicho nunca. No con esa cadencia de quien ya te tiene guardado en un sitio. Sí, nos habíamos encontrado en la calle, me había dicho “mijo” mil veces, pero mi nombre, ese nombre que uso para firmar recibos y para responder lista en la papelería, lo dijo él. Lo dijo sin apretar la boca.

—Édgar.

Sentí que el nombre me pesaba en los hombros. Me encorvé. La azotea pareció un precipicio. Es muy raro oír tu nombre desde una boca ajena. Y lo más raro es sentir que esa boca ajena es de un animal.

Volví a mi cuarto y cerré la puerta con llave. Esa noche, más que miedo, tuve una sensación de sentencia, como si mi hora estuviera marcada. No me atreví a llamar a la policía y de haberlo hecho, hubiese sido lo mismo.

—¿Encontraste a tu animalito? —me dijo. Y lo dijo con tal ternura que casi me quebró.

—No, don Cuco —logré decir.

—A veces se van. A veces vuelven. A veces no vuelven, pero se quedan cerca —comentó, mirando hacia su patio.

—¿Cerca cómo?

—Como sombra.

El resto del día me sentí enfermo. No supe qué hacer con las horas. Y sin embargo de nuevo subí a la azotea. Llevé una libreta. Si no iba a rescatar a Salomón, al menos iba a escribir porque las letras también son una manera de decir “estoy aquí” para cuando ya no se esté.

Empecé a anotar lo que había visto: la sal, el círculo, el cuchillo, el movimiento de la columna, los rezos. El nombre dicho en la oscuridad con mi gato sacrificado al aire.

—Édgar —volvió a decir, pero esta vez, lo sentí adentro de mi oreja. Levanté la cabeza. Y él estaba ahí, al otro lado del muro, en la azotea de su casa, parado, humano del todo, con la cruz colgándole y el rosario enredado en la mano. No sé cómo subió. No sé desde cuándo me miraba. Sonrió sin enseñar dientes.

—Hay que saber guardar a los suyos, Édgar —dijo y con la otra mano hizo un gesto. No supe si me llamaba o me despedía. Los gatos empezaron a pelearse y desgarrarse entre ellos, dejando ahí una carnicería llena de pelo. Yo no me moví. Apreté a San Benito y cuando quise hablar, no salió nada de la garganta.

Él se acercó un poco más a mí. La luz de la calle lo dejó ver como una figura de cartón. Tenía ojos de viejo cansado. Tenía, también, una mirada profunda y conocida: era la de mi gato Salomón.

—No es pecado cambiar de piel —dijo—. Pecado es no hacerlo cuando tienes el don.

—¿Usted...? —me atreví.

—¿Yo qué, pendejo? —sonrió.

—Usted es mi gato —dije, y él lanzó un maullido que crujió como una rama.

No quiero que esto termine con una persecución, con gritos ni con sangre. Tampoco con moraleja. Quiero dejar dicho que ese hombre se convertía en mi gato, mas no sé si mi pobre mascota ha muerto o ese maldito la usa para encarnar en la forma de mi buen amigo Salomón.

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