Culturadomingo, 9 de febrero de 2025
Un anciano arrollado me visita
No sé si su alma se quedó ahí atascada, si viene a visitarme o desea pedir ayuda, pero no me da miedo...
Alberto Serrato

La mirada que se da entre una persona y otra a punto de morir, crea un vínculo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Yo creía que eso era una mentira, pero desde que ese hombre murió frente a mí, no para de hacer presencia en esa esquina donde un camión lo dejó partido en dos.
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Ese día de la desgracia, yo iba caminando justo la entrada principal del parque Guadiana, esa mi rutina para tomar el camión cuando salgo de mi trabajo, soy enfermera del IMSS y mi hora de salida es a las ocho de la noche, dependiendo de las necesidades en el hospital. Esa ocasión era igual a todas, el aroma al parque, las luces de los puestos aledaños, el ir y venir de los carros, los jóvenes saliendo de sus escuelas, todo era una sensación de monotonía y no había un mal presentimiento o una idea de que algo malo pudiera pasar, porque cuando las desgracias ocurren la mente se encuentra distraída y ajena a esos pensamientos de muerte, así sucedió.
Crucé la calle luego de que el semáforo estuviera a mi favor, dos carros me hicieron retroceder un poco porque se pasaron la luz amarilla. Se pitaron uno al otro como si se estorbaran mutuamente, no me sorprendí pues en estos tiempos la imprudencia pareciera ser el actuar preferido del ser humano. El sonido de ambos coches sonó como un rugido, luego como un rumor y después se perdió con los carros en espera al nuevo cambio del semáforo.
Llegué a la parada del bus, miré en todas direcciones, bobeando sin sentido, pensé en la cena, después en mis hijos, luego me quedé observando a lo lejos la fila de coches esperando avanzar. Resaltaba un autobús de la ruta amarilla entre los demás carros. Sus luces eran grotescas, tenía franjas led por todos lados y de haber aparecido en un relato de ciencia ficción, hubiese sido un bus adaptado para un viaje en el tiempo. Verlo me arrancó una risa que se convirtió en una mueca de horror tan solo un minuto después. El semáforo pasó a verde, los carros aceleraron, el camión soltó un resoplido del cambio de velocidades, avanzó sin pericia hacia la parada donde me encontraba junto a un hombre mayor al que yo le había dado el pase para que abordara primero, pues con penas subiría la escalerilla de abordaje. El viejo me dedicó una sonrisa, bajó de la banqueta, sacó su móvil y trató de desbloquearlo. No sé si el haberse bajado de la banqueta, haber tomado el móvil, o haber salir un minuto antes de donde se encontraba o el conjunto de todas las acciones fue su error, quizá no había otro camino para él más que eso, o tal vez sí.
Una música regional resonó en el interior del bus, pude ver siluetas sentadas y de pie en espera para bajar, también vi un rostro distraído al volante. Era un rostro de bigote y poca preocupación, pues jamás advirtió el peligro que conllevaba acercarse tanto a la banqueta de la parada, pues el destino y la mala suerte del anciano estaban a punto de presentarse ante mis ojos. El hombre sin haber podido desbloquear su móvil, fue tragado por el neumático delantero, un gruñido de horror entró por mis oídos, después algo parecido a un balón ponchado sonó de modo sofocado, el anciano de pronto pareció ser una bolsa atascada entre las llantas del bus. Un chillido de balatas se fundió con el grito de otra mujer que se horrorizó al ver tal escena, luego ya no hubo más ruidos, todo pareció detenerse. El cuerpo del abuelo quedó reventado y partido en dos partes desiguales. Unas pringas de sangre saltaron a mi uniforme, mi ética profesional, me llevó de inmediato a intentar asistir, aunque era demasiado tarde porque sus intestinos estaban fuera de su cuerpo y ya no había mucho por hacer, más que crear ese vínculo entre los dos mundos.

El pobre anciano y yo, alcanzamos a cruzar una última mirada. De su parte presentí una solicitud urgente y de haber podido hablar, estoy segura de que me hubiera implorado avisarles de la mejor manera posible sobre su horrible muerte a sus seres queridos, quizá también me hubiera pedido evitar fotografías de su cadáver para los medios de comunicación, pues no quería que sus nietos lo vieran en redes sociales, pero ¿qué forma sería la mejor de avisarle a su familia tan terrible desgracia? Sentí defraudarlo porque estoy segura de que no hay forma linda para dar tal noticia, la parte médica no suele usar los romanticismos y quizá ni la empatía ante esas fatalidades, además los medios de comunicación son voraces y solo buscan la nota. Me agaché para consolarlo un poco en sus últimos flashazos de vida, su mirada se hizo vacía y con una capa gris que no era otra cosa más que la muerte. Cerré sus ojos, sus signos vitales se apagaron y en ese momento me di cuenta de estar rodeada por cientos de personas morbosas, no quise ser parte de eso y me retiré caminando antes de que me pidieran ser testigo, al fin y al cabo, había muchos presentes en la escena. Caminé una hora, con un sentimiento de tristeza que hasta el día de hoy me desborda y siempre me desbordará.
Todos los días desde el cuarto piso del IMSS, cuando me tocan guardias nocturnas, me asomo por la ventana a la misma hora que ocurrió el accidente y veo la mancha de sangre donde quedó partido en dos y siempre, un anciano fantasmagórico me saluda desde lo lejos y cuando quiero tomar una fotografía para demostrar el suceso, algún bus se atraviesa y luego la silueta desaparece. No sé si su alma se quedó ahí atascada, si viene a visitarme o desea pedir ayuda, no me da miedo, porque es nuestro vínculo entre los dos mundos y no puedo hacer otra cosa más que pedir a Dios por su descanso eterno.