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Análisisdomingo, 11 de septiembre de 2016

Las parábolas de la misericordia

El capítulo 15 del evangelio de San Lucas es, sin duda, el centro de todo el escrito de este evangelista.

San Lucas resumió, sobre todo, en estas parábolas la conducta amorosa y siempre paciente del Padre Bueno.

Y sobre todo en este Año de la Misericordia es bueno recordar esta actitud de Dios: Es bueno saber que Él nos espera y nos ama a pesar de todo, es muy bueno recordar que no sólo nos perdona sino que se alegra de que volvamos a Él.

Con las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo perdido, Jesús nos invita a contemplar el inmenso amor que Dios tiene por nosotros y su ternura y misericordia para con los que pecan o se pierden.

Dios es un Padre que respeta nuestras decisiones, aun cuando ellas nos alejen de Él y aun cuando nuestras decisiones nos lleven a rebajarnos o degradarnos como personas.

Y Él siempre nos espera, nos respeta, aguarda el momento en que decidamos volver.

Y cuando lo hacemos, hace fiesta, se alegra, olvida todo y hace “borrón y cuenta nueva”, nos devuelve la dignidad de hijos, nos restituye nuestro valor.

Así es la Misericordia de Dios: Nos levanta, nos hace de nuevo, nos devuelve la dignidad de hijos. La Misericordia de Dios es la suma del amor incondicional y el perdón gratuito de Dios que nos hace volver a la Casa y regresar a ser hijos amados de Dios.

La Misericordia es la aceptación de Dios por nosotros independientemente de mis errores, mis pecados y alejamientos.

Cada día, cada momento es una oportunidad de valorar esa actitud de Dios y volver a Él.

¿Soy el hijo que cumple con su Padre por miedo o por amor?

Todos en algún momento nos hemos perdido, nos hemos alejado del redil de las ovejas, todos nos hemos alejado de la casa del Padre.

Todos tenemos algo del hijo pródigo, todos nos hemos alejado alguna vez, todos hemos malgastado los bienes, todos hemos caído hasta “cuidar cerdos” y morir de hambre.

Pero, también deberíamos, como el hijo pródigo, recapacitar, reflexionar y decidirnos a volver.

Todos deberíamos revisar en qué actitudes o acciones estoy siendo hijo pródigo. Todos estamos invitados a regresar a los brazos amorosos de Dios Padre.

Quizá nos hemos sentido, en algún momento, “con más derechos”, quizá nos ha ganado la tentación de pensar que como nunca me he apartado de Dios, como nunca me he salido del redil, soy mejor hijo que los demás.

Pero, también, debemos recordar que ese es un pecado más grande: el no tener compasión y misericordia, el creerme bueno, la soberbia de sentirme superior.

Pidamos a Dios vivir siempre en su casa. Pidamos nunca alejarnos del Padre.

Que tengan excelente semana.

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