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Análisissábado, 17 de enero de 2026

Mi gusto es… (o la otra mirada) / TITO

Cuando en la vida pública se alcanza un logro, sobran las voces para adjudicárselo y hacerlo propio, aún cuando no hayan intervenido en nada para lograrlo o no hayan aportado ni lo mínimo cuando se les pidió el apoyo.

Por el contrario, si ocurre una desgracia o hay una consecuencia de la desatención del estado para garantizar un derecho, en el zócalo de las responsabilidades no se aparece nadie o acaso nada más se hace presente la tropa del deslinde.

Nadie.

La Muralla está ubicada en una zona cerril a un ladito de la carretera internacional de ese país, y debido a que las calles son angostas, desde toda su vida ha sido necesario que los vecinos lleven sus desechos a los dos contenedores que se ubican a la entrada.

La inmundicia y el engusanamiento es el toque que suele prevalecer, gracias a los desperdicios acumulados en el lugar o los animales muertos que revientan a los días entre medio de bolsas con desperdicios o pañales enrollados y bichos que se disputan un festín inacabable.

Algunas de estas versiones han sido desmentidas por el resto de su familia quien, con toda razón, aunque sin decirlo así, se sienten revictimizadas por el trato mediático o de opiniones en las redes que no abonan a la verdad de lo sucedido sino al morbo. 

Esta pide respeto y asegura que la madre no es adicta a las drogas, que incluso ella pidió ayuda al DIF pero le dijeron: “Que no había una casa hogar a donde llevarlos”. 

La mamá de Tito, como se le identificaba familiarmente a Carlos Israel, sí labora, pero no gana lo suficiente. Su educación fue en una escuela especial y su salud mental está afectada por lo que no dimensiona lo ocurrido, afirman los vecinos.

A pesar de eso, hay otra nota más severa que no perdona a nadie:

 “Hoy no es solo una tragedia: es el reflejo de un sistema que volvió a fallar.

Le falló el DIF Guaymas, al que familiares aseguran haber acudido en repetidas ocasiones para pedir ayuda. Nadie escuchó. Nadie actuó. Nadie protegió.

Le fallaron sus padres. De acuerdo con testimonios, el menor vivía en condiciones de abandono, una situación que ya era conocida por las autoridades. Incluso, señalan que la propia madre acudió al DIF para decir que no podía hacerse cargo del niño. No hubo respuesta.

Le falló su colonia. Le falló la comunidad que vio, supo y no pudo —o no quiso— cambiar el destino de un niño que pedía auxilio en silencio.

Y le falló Guaymas, un municipio donde las alertas se ignoraron, donde la burocracia pesó más que la vida de un menor y donde hoy todos llegan tarde”.

Así pasa, a la hora de estar frente al paredón de fusilamiento somos implacables y todos queremos estar de este lado para jalar el gatillo, a fin de no ponerle el pecho al reparto de responsabilidades y asumir la que nos toca.

Sin embargo también estamos con los ojos vendados como el que está enfrente, para no ver la realidad que a diario nos apabulla. 

Diez años: los mismo que yo tenía en cuarto de primaria.

Diez: el número que traía Pelé, Diego Maradona, Lionel Messi, Zinedine Zidane y Ronaldinho en sus espaldas y tantos otros deportistas a quienes muchos niños, como pudo ser Tito, los quieren imitar en la calle o en el campo llanero del barrio o de la cuadra.

Diez, la calificación que pudo tener en su boleta este menor si la situación hubiera sido otra y entonces, galardonado, lleno de medallas o diplomas, todos y todas estuviéramos alrededor de él, como no estuvimos durante este tiempo.

No solo lloro de tristeza, lloro también de pura vergüenza. 

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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