Paréntesis | 8M ocupa la ciudad
Raffaella Fontanot Ochoa captura la marcha del 8M como una transformación urbana y colectiva, un territorio compartido donde el miedo se transforma en fuerza colectiva
Por Raffaella Fontanot Ochoa / Colaboradora
Una joven está arrodillada en las escalinatas del Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora. Con un pincel improvisado y pintura morada termina de trazar una frase sobre el pavimento: “Somos el grito de las que ya no están.”
A su alrededor pasan otras chicas cargando carteles, alguien reparte plumones, otra acomoda un pañuelo verde en su mochila. El sol de marzo ilumina sus rostros y el espacio se llena poco a poco de voces, risas, consignas que se ensayan en voz baja. Antes de que la marcha comience, la escena ya está en movimiento.
En una ciudad acostumbrada al ruido constante de los carros —y a esa prisa diaria que nos empuja de un semáforo a otro, casi sin mirarnos ni pensar demasiado— resulta extraño ver el centro ocupado de otra manera. Cuerpos jóvenes que caminan, se detienen, conversan y pintan el suelo. Por unas horas, el ritmo automático de la ciudad cambia.
Cada 8 de marzo Hermosillo se transforma
Cerca de la hora convenida aparecen camisetas moradas, carteles hechos a mano, pañuelos verdes o violetas que se anudan al cuello o a la muñeca. En los puntos de reunión se comparten saludos entre amigas que no se veían desde la marcha del año anterior. Poco a poco el espacio público adquiere otro tono.
La marcha del 8M es, claro, una protesta. Pero también es algo más difícil de explicar: una forma colectiva de ocupar la ciudad con el cuerpo.
Caminar juntas por las calles del centro, detener el tráfico, llenar de voces avenidas que normalmente pertenecen al flujo de carros tiene algo de gesto político y algo de intervención cultural. Por unas horas la ciudad se vuelve escenario.
Cada cartel, cada consigna, cada canción que se entona colectivamente forma parte de esa escena compartida.
Pero si una mira con atención también descubre que la marcha está lejos de ser una declaración uniforme. No hay un solo feminismo caminando por esas calles.
A veces surgen desacuerdos o tensiones. Pero también esa diversidad es parte de lo que mantiene viva la marcha, y el feminismo en Sonora.
En los últimos años ha aparecido además un comentario que se repite con frecuencia: que el 8M se ha “glamourizado”, que muchas jóvenes van solo a tomarse fotos para Instagram.
Sin embargo, cuando una camina dentro de la marcha, la realidad se ve distinta.
Sí, hay fotos. Hay glitter, maquillaje violeta y carteles ingeniosos. Pero la risa y el gozo no le quita profundidad al acto de marchar. Para muchas jóvenes, compartir una imagen también es una manera de decir: aquí estamos.
Al mismo tiempo, en esa misma marcha caminan mujeres que cargan historias mucho más duras. Algunas llevan fotografías de hijas o hermanas asesinadas. Otras marchan por primera vez después de haber vivido violencia. Hay quienes utilizan ese espacio para denunciar y otras que lo viven como un momento de sanación colectiva.
Algo que he escuchado decir a varias activistas resume bien esa sensación: “al estar con tantas mujeres en pie de lucha, me siento en el espacio más seguro del mundo.”
En medio de la multitud, entre consignas y pasos compartidos, muchas encuentran por unas horas algo poco común en la vida cotidiana de la ciudad: la tranquilidad de saberse acompañadas.
¡Suscríbete a nuestro Newsletter y recibe las noticias directo a tu correo electrónico!
Pero también están las otras
Algo ocurre cuando muchas mujeres ocupan el espacio público al mismo tiempo .La ciudad cambia.
Lo más poderoso de ese día no está solo en lo que se grita en las consignas, sino en lo que se experimenta al caminar juntas: la sensación de que el miedo puede transformarse, que la calle puede ser habitada de otra manera y que, aunque sea por unas horas, Hermosillo se convierte en un lugar distinto.
¿Ya nos sigues en WhatsApp? Regístrate con un solo clic en nuestro canal?




























